Octubre 5 del 2003
Vigésimo Séptimo
Domingo Ordinario

Hoy veremos estimados militantes de la A.C.M. la unidad permanente del matrimonio, es tan importante que Jesús habla claramente de ella.

A Jesús le preguntan sobre este tema tan candente para ponerlo a prueba.

Pero Jesús huye de las disputas entre las escuelas de su tiempo y enfoca la solución desde su raíz, en la intención originaria del Creador.

Del carácter de alianza que posee el matrimonio, y no del mero contrato, deriva la fidelidad conyugal que Jesús proclama: una fidelidad sostenida y alentada por el amor y no por la ley. Si es verdad que en algún momento se ha admitido el divorcio en las leyes civiles, el Señor afirma que no es ése el espíritu de Dios; ni en la mente de Dios al crear al hombre y a la mujer ni en el espíritu evangélico.

Lo que Dios ha instituido, no es lícito que el hombre lo modifique. El matrimonio, para los creyentes, es indisoluble por su propia naturaleza y por el símbolo sacramental que expresa (de unión del hombre con Dios; y de Cristo con su Iglesia, como dice San Pablo).

Algunos, incluso cristianos, no han llegado a comprender lo que significa "Matrimonio Sacramento":

Han llegado a pensar que las Autoridades Civiles son una clase de Padres o tutores modernos, benévolos y comprensivos, que entienden las dificultades de la vida, y ha establecido desde su Sabiduría una ley de divorcio. La Iglesia sería la madrastra vieja, dura y áspera, que se aferra a la ley sin importarle el sufrimiento de la pareja.

El matrimonio ha de ser mirado bajo la perspectiva del amor mutuo y no desde una ley que lo regula según criterios sociales.

Bajo la mirada del proyecto de Dios creador y del mensaje evangélico de Jesucristo, el matrimonio es un "regalo" a la pareja y un "sacramento" para el mundo. Por eso ha de ser permanente y estable todos los días de la vida: en la salud y en la enfermedad , en las alegrías y en las tristezas hasta la muerte.

Otra cosa muy distinta es la actitud que debemos tener con aquellos matrimonios que han sido rotos o separados.

Apoyados también en la doctrina evangélica, no cabe otra postura que la de comprensión y ayuda.

Los católicos no podemos rechazar ni marginar a esas parejas, víctimas muchas veces de situaciones enormemente dolorosas, que están sufriendo o han sufrido una de las experiencias más amargas que pueden darse : la destrucción de un amor que realmente existió.


¡Dios nuestro Señor los colme de bendiciones!
"La Paz de Cristo en el Reino de Cristo"

Pbro. Guadalupe Rodríguez Martínez
VICE - ASISTENTE NACIONAL DE LA ACM