|
|
Evangelio según San Juan 17,20-26.
No ruego solamente por ellos, sino también por los que,
gracias a su palabra, creerán en mí.
Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti,
que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo
crea que tú me enviaste.
Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno,
como nosotros somos uno
-yo en ellos y tú en mí- para que sean perfectamente uno y
el mundo conozca que tú me has enviado, y que yo los amé
cómo tú me amaste.
Padre, quiero que los que tú me diste estén conmigo donde yo
esté, para que contemplen la gloria que me has dado, porque
ya me amabas antes de la creación del mundo.
Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te conocí,
y ellos reconocieron que tú me enviaste.
Les di a conocer tu Nombre, y se lo seguiré dando a conocer,
para que el amor con que tú me amaste esté en ellos, y yo
también esté en ellos".
CRECIMIENTO Y CREATIVIDAD
Los evangelios nos ofrecen diversas claves para entender
cómo comenzaron su andadura histórica las primeras
comunidades cristianas sin la presencia de Jesús al frente
de sus seguidores. Tal vez, no fue todo tan sencillo como a
veces lo imaginamos. ¿Cómo entendieron y vivieron su
relación con él, una vez desaparecido de la tierra?
Mateo no dice una palabra de su ascensión al cielo. Termina
su evangelio con una escena de despedida en una montaña de
Galilea en la que Jesús les hace esta solemne promesa:
«Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin
del mundo». Los discípulos no han de sentir su ausencia.
Jesús estará siempre con ellos. Pero ¿cómo?
Lucas ofrece una visión diferente. En la escena final de su
evangelio, Jesús «se separa de ellos subiendo hacia el
cielo». Los discípulos tienen que aceptar con todo realismo
la separación: Jesús vive ya en el misterio de Dios. Pero
sube al Padre «bendiciendo» a los suyos. Sus seguidores
comienzan su andadura protegidos por aquella bendición con
la que Jesús curaba a los enfermos, perdonaba a los
pecadores y acariciaba a los pequeños.
El evangelista Juan pone en boca de Jesús unas palabras que
proponen otra clave. Al despedirse de los suyos, Jesús les
dice: «Yo me voy al Padre y vosotros estáis tristes... Sin
embargo, os conviene que yo me vaya para que recibáis el
Espíritu Santo». La tristeza de los discípulos es
explicable. Desean la seguridad que les da tener a Jesús
siempre junto a ellos. Es la tentación de vivir de manera
infantil bajo la protección del Maestro.
La respuesta de Jesús muestra una sabia pedagogía. Su
ausencia hará crecer la madurez de sus seguidores. Les deja
la impronta de su Espíritu. Será él quien, en su ausencia,
promoverá el crecimiento responsable y adulto de los suyos.
Es bueno recordarlo en unos tiempos en que parece crecer
entre nosotros el miedo a la creatividad, la tentación del
inmovilismo o la nostalgia por un cristianismo pensado para
otros tiempos y otra cultura.
Los cristianos hemos caído más de una vez a lo largo de la
historia en la tentación de vivir el seguimiento a Jesús de
manera infantil. La fiesta de la Ascensión del Señor nos
recuerda que, terminada la presencia histórica de Jesús,
vivimos "el tiempo del Espíritu", tiempo de creatividad y de
crecimiento responsable. El Espíritu no proporciona a los
seguidores de Jesús "recetas eternas". Nos da luz y aliento
para ir buscando caminos siempre nuevos para reproducir hoy
su actuación. Así nos conduce hacia la verdad completa de
Jesús.
José Antonio Pagola
|
|
Evangelio según San Juan 14,23-29.
Jesús le respondió: "El que me ama será fiel a mi palabra, y
mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él. El que
no me ama no es fiel a mis palabras. La palabra que ustedes
oyeron no es mía, sino del Padre que me envió. Yo les digo
estas cosas mientras permanezco con ustedes. Pero el
Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi
Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he
dicho. Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da
el mundo. ¡ No se inquieten ni teman ! Me han oído decir:
'Me voy y volveré a ustedes'. Si me amaran, se alegrarían de
que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que
yo. Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se
cumpla, ustedes crean.
La paz en la Iglesia
En el evangelio de Juan podemos leer un conjunto de
discursos en los que Jesús se va despidiendo de sus
discípulos. Los comentaristas lo llaman "El Discurso de
despedida". En él se respira una atmósfera muy especial: los
discípulos tienen miedo a quedarse sin su Maestro; Jesús,
por su parte, les insiste en que, a pesar de su partida,
nunca sentirán su ausencia.
Hasta cinco veces les repite que podrán contar con «el
Espíritu Santo». Él los defenderá, pues los mantendrá fieles
a su mensaje y a su proyecto. Por eso lo llama «Espíritu de
la verdad». En un momento determinado, Jesús les explica
mejor cuál será su quehacer: «El Defensor, el Espíritu
Santo... será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando
todo lo que os he dicho». Este Espíritu será la memoria viva
de Jesús.
El horizonte que ofrece a sus discípulos es grandioso. De
Jesús nacerá un gran movimiento espiritual de discípulos y
discípulas que le seguirán defendidos por el Espíritu Santo.
Se mantendrán en su verdad, pues ese Espíritu les irá
enseñando todo lo que Jesús les ha ido comunicando por los
caminos de Galilea. Él los defenderá en el futuro de la
turbación y de la cobardía.
Jesús desea que capten bien lo que significará para ellos el
Espíritu de la verdad y Defensor de su comunidad: «Os estoy
dejando la paz; os estoy dando la paz». No sólo les desea la
paz. Les regala su paz. Si viven guiados por el Espíritu,
recordando y guardando sus palabras, conocerán la paz.
No es una paz cualquiera. Es su paz. Por eso les dice: «No
os la doy yo como la da el mundo». La paz de Jesús no se
construye con estrategias inspiradas en la mentira o en la
injusticia, sino actuando con el Espíritu de la verdad. Han
de reafirmarse en él: «Que no tiemble vuestro corazón ni se
acobarde».
En estos tiempos difíciles de desprestigio y turbación que
estamos sufriendo en la Iglesia, sería un grave error
pretender ahora defender nuestra credibilidad y autoridad
moral actuando sin el Espíritu de la verdad prometido por
Jesús. El miedo seguirá penetrando en el cristianismo si
buscamos asentar nuestra seguridad y nuestra paz alejándonos
del camino trazado por él.
Cuando en la Iglesia se pierde la paz, no es posible
recuperarla de cualquier manera ni sirve cualquier
estrategia. Con el corazón lleno de resentimiento y ceguera
no es posible introducir la paz de Jesús. Es necesario
convertirnos humildemente a su verdad, movilizar todas
nuestras fuerzas para desandar caminos equivocados, y
dejarnos guiar por el Espíritu que animó la vida entera de
Jesús.
José Antonio Pagola
|
Inicio DSC Espiritualidad Evangelio
al 2 de mayo
|
Evangelio según San Juan 13,31-33.34-35.
Después que Judas salió, Jesús dijo: "Ahora el Hijo del
hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en él.
Si Dios ha sido glorificado en él, también lo glorificará en
sí mismo, y lo hará muy pronto.
Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes. Ustedes
me buscarán, pero yo les digo ahora lo mismo que dije a los
judíos: 'A donde yo voy, ustedes no pueden venir'.
Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros.
Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a
los otros.
En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en
el amor que se tengan los unos a los otros".
NO PERDER LA IDENTIDAD
Jesús se está despidiendo de sus discípulos. Dentro de muy
poco, ya no lo tendrán con ellos. Jesús les habla con
ternura especial: «Hijitos míos, me queda poco de estar con
vosotros». La comunidad es pequeña y frágil. Acaba de nacer.
Los discípulos son como niños pequeños. ¿Qué será de ellos
si se quedan sin el Maestro?
Jesús les hace un regalo: «Os doy un mandato nuevo: que os
améis unos a otros como yo os he amado». Si se quieren
mutuamente con el amor con que Jesús los ha querido, no
dejarán de sentirlo vivo en medio de ellos. El amor que han
recibido de Jesús seguirá difundiéndose entre los suyos.
Por eso, Jesús añade: «La señal por la que conocerán todos
que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros». Lo
que permitirá descubrir que una comunidad que se dice
cristiana es realmente de Jesús, no será la confesión de una
doctrina, ni la observancia de unos ritos, ni el
cumplimiento de una disciplina, sino el amor vivido con el
espíritu de Jesús. En ese amor está su identidad.
Vivimos en una sociedad donde se ha ido imponiendo la
"cultura del intercambio". Las personas se intercambian
objetos, servicios y prestaciones. Con frecuencia, se
intercambian además sentimientos, cuerpos y hasta amistad.
Eric Fromm llegó a decir que "el amor es un fenómeno
marginal en la sociedad contemporánea". La gente capaz de
amar es una excepción.
Probablemente sea un análisis excesivamente pesimista, pero
lo cierto es que, para vivir hoy el amor cristiano, es
necesario resistirse a la atmósfera que envuelve a la
sociedad actual. No es posible vivir un amor inspirado por
Jesús sin distanciarse del estilo de relaciones e
intercambios interesados que predomina con frecuencia entre
nosotros.
Si la Iglesia "se está diluyendo" en medio de la sociedad
contemporánea no es sólo por la crisis profunda de las
instituciones religiosas. En el caso del cristianismo es,
también, porque muchas veces no es fácil ver en nuestras
comunidades discípulos y discípulas de Jesús que se
distingan por su capacidad de amar como amaba él. Nos falta
el distintivo cristiano.
Los cristianos hemos hablado mucho del amor. Sin embargo, no
siempre hemos acertado o nos hemos atrevido a darle su
verdadero contenido a partir del espíritu y de las actitudes
concretas de Jesús. Nos falta aprender que él vivió el amor
como un comportamiento activo y creador que lo llevaba a una
actitud de servicio y de lucha contra todo lo que
deshumaniza y hace sufrir el ser humano.
José Antonio Pagola |
|

Evangelio según San Juan
20,1-9.
El primer día de la semana, de
madrugada, cuando todavía estaba
oscuro, María Magdalena fue al
sepulcro y vio que la piedra había
sido sacada. Corrió al encuentro de
Simón Pedro y del otro discípulo al
que Jesús amaba, y les dijo: "Se han
llevado del sepulcro al Señor y no
sabemos dónde lo han puesto".
Pedro y
el otro discípulo salieron y fueron
al sepulcro. Corrían los dos juntos,
pero el otro discípulo corrió más
rápidamente que Pedro y llegó
antes. Asomándose al sepulcro, vio
las vendas en el suelo, aunque no
entró.
Después llegó Simón Pedro, que lo
seguía, y entró en el sepulcro: vio
las vendas en el suelo,
y también el sudario que había
cubierto su cabeza; este no estaba
con las vendas, sino enrollado en un
lugar aparte.
Luego entró el otro discípulo, que
había llegado antes al sepulcro: él
también vio y creyó. Todavía no
habían comprendido que, según la
Escritura, él debía resucitar de
entre los muertos.
¿DÓNDE
BUSCAR AL QUE VIVE?
La fe en Jesús, resucitado por el
Padre, no brotó de manera natural y
espontánea en el corazón de los
discípulos. Antes de encontrarse con
él, lleno de vida, los evangelistas
hablan de su desorientación, su
búsqueda en torno al sepulcro, sus
interrogantes e incertidumbres.
María
de Magdala es el mejor prototipo de
lo que acontece probablemente en
todos. Según el relato de Juan,
busca al crucificado en medio de
tinieblas, «cuando aún estaba
oscuro». Como es natural, lo busca
«en el sepulcro». Todavía no sabe
que la muerte ha sido vencida. Por
eso, el vacío del sepulcro la deja
desconcertada. Sin Jesús, se siente
perdida.
Los
otros evangelistas recogen otra
tradición que describe la búsqueda
de todo el grupo de mujeres. No
pueden olvidar al Maestro que las ha
acogido como discípulas: su amor las
lleva hasta el sepulcro. No
encuentran allí a Jesús, pero
escuchan el mensaje que les indica
hacia dónde han de orientar su
búsqueda: «¿Por qué buscáis entre
los muertos al que vive? No está
aquí. Ha resucitado».
La fe
en Cristo resucitado no nace tampoco
hoy en nosotros de forma espontánea,
sólo porque lo hemos escuchado desde
niños a catequistas y predicadores.
Para abrirnos a la fe en la
resurrección de Jesús, hemos de
hacer nuestro propio recorrido. Es
decisivo no olvidar a Jesús, amarlo
con pasión y buscarlo con todas
nuestras fuerzas, pero no en el
mundo de los muertos. Al que vive
hay que buscarlo donde hay vida.
Si
queremos encontrarnos con Cristo
resucitado, lleno de vida y de
fuerza creadora, lo hemos de buscar,
no en una religión muerta, reducida
al cumplimiento y la observancia
externa de leyes y normas, sino allí
donde se vive según el Espíritu de
Jesús, acogido con fe, con amor y
con responsabilidad por sus
seguidores.
Lo
hemos de buscar, no entre cristianos
divididos y enfrentados en luchas
estériles, vacías de amor a Jesús y
de pasión por el Evangelio, sino
allí donde vamos construyendo
comunidades que ponen a Cristo en su
centro porque, saben que «donde
están reunidos dos o tres en su
nombre, allí está Él».
Al que vive no
lo encontraremos en una fe estancada
y rutinaria, gastada por toda clase
de tópicos y fórmulas vacías de
experiencia, sino buscando una
calidad nueva en nuestra relación
con él y en nuestra identificación
con su proyecto. Un Jesús apagado e
inerte, que no enamora ni seduce,
que no toca los corazones ni
contagia su libertad, es un "Jesús
muerto". No es el Cristo vivo,
resucitado por el Padre. No es el
que vive y hace vivir.
José Antonio Pagola
|
|