Evangelio del 18 de julio
Evangelio
según San Lucas 10,38-42.
Mientras
iban caminando, Jesús entró en un pueblo, y una mujer que se llamaba Marta lo
recibió en su casa.
Tenía una hermana llamada María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su
Palabra.
Marta, que estaba muy ocupada con los quehaceres de la casa, dijo a Jesús:
“Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que
me ayude”.
Pero el Señor le respondió: “Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas
cosas,
y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria. María eligió la
mejor parte, que no le será quitada”.
NECESARIO Y URGENTE
Mientras
el grupo de discípulos sigue su camino, Jesús entra solo en una aldea y se
dirige a una casa donde encuentra a dos hermanas a las que quiere mucho. La
presencia de su amigo Jesús va a provocar en las mujeres dos reacciones muy
diferentes.
María,
seguramente la hermana más joven, lo deja todo y se queda «sentada a los pies
del Señor». Su única preocupación es escucharle. El evangelista la describe con
los rasgos que caracterizan al verdadero discípulo: a los pies del Maestro,
atenta a su voz, acogiendo su Palabra y alimentándose de su enseñanza.
La
reacción de Marta es diferente. Desde que ha llegado Jesús, no hace sino
desvivirse por acogerlo y atenderlo debidamente. Lucas la describe agobiada por
múltiples ocupaciones. Desbordada por la situación y dolida con su hermana,
expone su queja a Jesús: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado
sola con el servicio? Dile que me eche una mano».
Jesús no
pierde la paz. Responde a Marta con un cariño grande, repitiendo despacio su
nombre; luego, le hace ver que también a él le preocupa su agobio, pero ha de
saber que escucharle a él es tan esencial y necesario que a ningún discípulo se
le ha de dejar sin su Palabra «Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con
tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor y no se la
quitarán».
Jesús no
critica el servicio de Marta. ¿Cómo lo va a hacer si él mismo está enseñando a
todos con su ejemplo a vivir acogiendo, sirviendo y ayudando a los demás? Lo que
critica es su modo de trabajar de manera nerviosa, bajo la presión de demasiadas
ocupaciones.
Jesús no
contrapone la vida activa y la contemplativa, ni la escucha fiel de su Palabra y
el compromiso de vivir prácticamente su estilo de entrega a los demás. Alerta
más bien del peligro de vivir absorbidos por un exceso de actividad, en
agitación interior permanente, apagando en nosotros el Espíritu, contagiando
nerviosismo y agobio más que paz y amor.
Apremiados
por la disminución de fuerzas, nos estamos habituando a pedir a los cristianos
más generosos toda clase de compromisos dentro y fuera de la Iglesia. Si, al
mismo tiempo, no les ofrecemos espacios y momentos para conocer a Jesús,
escuchar su Palabra y alimentarse de su Evangelio, corremos el riesgo de hacer
crecer en la Iglesia la agitación y el nerviosismo, pero no su Espíritu y su
paz. Nos podemos encontrar con unas comunidades animadas por funcionarios
agobiados, pero no por testigos que irradian el aliento y vida de su Maestro.
José Antonio Pagola
Evangelio del 4 de julio
Evangelio
según San Lucas 10,1-12.17-20.
Después de
esto, el Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que
lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir.
Y les dijo: “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen
al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.
¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos.
No lleven dinero, ni alforja, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por
el camino.
Al entrar en una casa, digan primero: ‘¡Que descienda la paz sobre esta casa!’.
Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo
contrario, volverá a ustedes.
Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que
trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa.
En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan;
curen a sus enfermos y digan a la gente: ‘El Reino de Dios está cerca de
ustedes’.
Pero en todas las ciudades donde entren y no los reciban, salgan a las plazas y
digan:
‘¡Hasta el polvo de esta ciudad que se ha adherido a nuestros pies, lo sacudimos
sobre ustedes! Sepan, sin embargo, que el Reino de Dios está cerca’.
Les aseguro que en aquel Día, Sodoma será tratada menos rigurosamente que esa
ciudad.
Los setenta y dos volvieron y le dijeron llenos de gozo: “Señor, hasta los
demonios se nos someten en tu Nombre”.
El les dijo: “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo.
Les he dado poder para caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer
todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos.
No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más
bien de que sus nombres estén escritos en el cielo”.
PORTADORES DEL EVANGELIO
Lucas
recoge en su evangelio un importante discurso de Jesús, dirigido no a los Doce
sino a otro grupo numeroso de discípulos a los que envía para que colaboren con
él en su proyecto del reino de Dios. Las palabras de Jesús constituyen una
especie de carta fundacional donde sus seguidores han de alimentar su tarea
evangelizadora. Subrayo algunas líneas maestras.
«Poneos en
camino». Aunque lo olvidamos una y otra vez, la Iglesia está marcada por el
envío de Jesús. Por eso es peligroso concebirla como una institución fundada
para cuidar y desarrollar su propia religión. Responde mejor al deseo original
de Jesús la imagen de un movimiento profético que camina por la historia según
la lógica del envío: saliendo de sí misma, pensando en los demás, sirviendo al
mundo la Buena Noticia de Dios. “La Iglesia no está ahí para ella misma, sino
para la humanidad” (Benedicto XVI).
Por eso es
hoy tan peligrosa la tentación de replegarnos sobre nuestros propios intereses,
nuestro pasado, nuestras adquisiciones doctrinales, nuestras prácticas y
costumbres. Más todavía, si lo hacemos endureciendo nuestra relación con el
mundo. ¿Qué es una Iglesia rígida, anquilosada, encerrada en sí misma, sin
profetas de Jesús ni portadores del Evangelio.
«Cuando
entréis en un pueblo… curad a los enfermos y decid: está cerca de vosotros el
reino de Dios». Ésta es la gran noticia: Dios está cerca de nosotros animándonos
a hacer más humana la vida. Pero no basta afirmar una verdad para que sea
atractiva y deseable. Es necesario revisar nuestra actuación: ¿qué es lo que
puede llevar hoy a las personas hacia el Evangelio? ¿cómo pueden captar a Dios
como algo nuevo y bueno?
Seguramente, nos falta amor al mundo actual y no sabemos llegar al corazón del
hombre y la mujer de hoy. No basta predicar sermones desde el altar. Hemos de
aprender a escuchar más, acoger, curar la vida de los que sufren… Sólo así
encontraremos palabras humildes y buenas que acerquen a ese Jesús cuya ternura
insondable nos pone en contacto con Dios, el Padre Bueno de todos,
«Cuando
entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa». La Buena Noticia de Jesús
se comunica con respeto total, desde una actitud amistosa y fraterna,
contagiando paz. Es un error pretender imponerla desde la superioridad, la
amenaza o el resentimiento. Es antievangélico tratar sin amor a las personas
sólo porque no aceptan nuestro mensaje. Pero, ¿cómo lo aceptarán si no se
sienten comprendidos por quienes nos presentamos en nombre de Jesús?
José
Antonio Pagola
Evangelio del 27 de junio
Evangelio
según San Lucas 9,51-62.
Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación al cielo, Jesús se
encaminó decididamente hacia Jerusalén
y envió mensajeros delante de él. Ellos partieron y entraron en un pueblo de
Samaría para prepararle alojamiento.
Pero no lo recibieron porque se dirigía a Jerusalén.
Cuando sus discípulos Santiago y Juan vieron esto, le dijeron: “Señor, ¿quieres
que mandemos caer fuego del cielo para consumirlos?”.
Pero él se dio vuelta y los reprendió.
Y se fueron a otro pueblo.
Mientras iban caminando, alguien le dijo a Jesús: “¡Te seguiré adonde vayas!”.
Jesús le respondió: “Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus
nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”.
Y dijo a otro: “Sígueme”. El respondió: “Permíteme que vaya primero a enterrar a
mi padre”.
Pero Jesús le respondió: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a
anunciar el Reino de Dios”.
Otro le dijo: “Te seguiré, Señor, pero permíteme antes despedirme de los míos”.
Jesús le respondió: “El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no
sirve para el Reino de Dios”.
SIN INSTALARSE NI MIRAR ATRÁS
Seguir a
Jesús es el corazón de la vida cristiana. Lo esencial. Nada hay más importante o
decisivo. Precisamente por eso, Lucas describe tres pequeñas escenas para que
las comunidades que lean su evangelio, tomen conciencia de que, a los ojos de
Jesús, nada puede haber más urgente e inaplazable.
Jesús
emplea imágenes duras y escandalosas. Se ve que quiere sacudir las conciencias.
No busca más seguidores, sino seguidores más comprometidos, que le sigan sin
reservas, renunciando a falsas seguridades y asumiendo las rupturas necesarias.
Sus palabras plantean en el fondo una sola cuestión: ¿qué relación queremos
establecer con él quienes nos decimos seguidores suyos?
Primera
escena. Uno de los que le acompañan se siente tan atraído por Jesús que, antes
de que lo llame, él mismo toma la iniciativa: «Te seguiré adonde vayas». Jesús
le hace tomar conciencia de lo que está diciendo: «Las zorras tienen
madrigueras, y los pájaros nido», pero él «no tiene dónde reclinar su cabeza».
Seguir a
Jesús es toda una aventura. Él no ofrece a los suyos seguridad o bienestar. No
ayuda a ganar dinero o adquirir poder. Seguir a Jesús es “vivir de camino”, sin
instalarnos en el bienestar y sin buscar un falso refugio en la religión. Una
Iglesia menos poderosa y más vulnerable no es una desgracia. Es lo mejor que nos
puede suceder para purificar nuestra fe y confiar más en Jesús.
Segunda
escena. Otro está dispuesto a seguirle, pero le pide cumplir primero con la
obligación sagrada de «enterrar a su padre». A ningún judío puede extrañar, pues
se trata de una de las obligaciones religiosas más importantes. La respuesta de
Jesús es desconcertante: «Deja que los muertos entierren a sus muertos: tú vete
a anunciar el reino de Dios».
Abrir
caminos al reino de Dios trabajando por una vida más humana es siempre la tarea
más urgente. Nada ha de retrasar nuestra decisión. Nadie nos ha de retener o
frenar. Los “muertos”, que no viven al servicio del reino de la vida, ya se
dedicarán a otras obligaciones religiosas menos apremiantes que el reino de Dios
y su justicia.
Tercera
escena. A un tercero que quiere despedir a su familia antes de seguirlo, Jesús
le dice: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino
de Dios». No es posible seguir a Jesús mirando hacia atrás. No es posible abrir
caminos al reino de Dios quedándonos en el pasado. Trabajar en el proyecto del
Padre pide dedicación total, confianza en el futuro de Dios y audacia para
caminar tras los pasos de Jesús.
José
Antonio Pagola
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Evangelio del 20 de junio
Evangelio según San Lucas 9,18-24.
Un día en que Jesús oraba a solas y sus discípulos estaban con él, les
preguntó: “¿Quién dice la gente que soy yo?”.
Ellos le respondieron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros,
Elías; y otros, alguno de los antiguos profetas que ha resucitado”.
“Pero ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy yo?”. Pedro, tomando
la palabra, respondió: “Tú eres el Mesías de Dios”.
Y él les ordenó terminantemente que no lo dijeran a nadie.
“El Hijo del hombre, les dijo, debe sufrir mucho, ser rechazado por los
ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y
resucitar al tercer día”.
Después dijo a todos: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a
sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga.
Porque el que quiera salvar su vida, la perderá y el que pierda su vida
por mí, la salvará.
¿CREEMOS EN JESÚS?
Las primeras generaciones cristianas conservaron el recuerdo de este
episodio evangélico como un relato de importancia vital para los
seguidores de Jesús. Su intuición era certera. Sabían que la Iglesia de
Jesús debería escuchar una y otra vez la pregunta que un día hizo Jesús
a sus discípulos en las cercanías de Cesarea de Filipo: «Vosotros, quién
decís que soy yo?»
Si
en las comunidades cristianas dejamos apagar nuestra fe en Jesús,
perderemos nuestra identidad. No acertaremos a vivir con audacia
creadora la misión que Jesús nos confió; no nos atreveremos a
enfrentarnos al momento actual, abiertos a la novedad de su Espíritu;
nos asfixiaremos en nuestra mediocridad.
No
son tiempos fáciles los nuestros. Si no volvemos a Jesús con más verdad
y fidelidad, la desorientación nos irá paralizando; nuestras grandes
palabras seguirán perdiendo credibilidad. Jesús es la clave, el
fundamento y la fuente de todo lo que somos, decimos y hacemos. ¿Quién
es hoy Jesús para los cristianos?
Nosotros confesamos, como Pedro, que Jesús es el “Mesías de Dios”, el
Enviado del Padre. Es cierto: Dios ha amado tanto al mundo que nos ha
regalado a Jesús. ¿Sabemos los cristianos acoger, cuidar, disfrutar y
celebrar este gran regalo de Dios? ¿Es Jesús el centro de nuestras
celebraciones, encuentros y reuniones?
Lo
confesamos también “Hijo de Dios”. Él nos puede enseñar a conocer mejor
a Dios, a confiar más en su bondad de Padre, a escuchar con más fe su
llamada a construir un mundo más fraterno y justo para todos. ¿Estamos
descubriendo en nuestras comunidades el verdadero rostro de Dios
encarnado en Jesús? ¿Sabemos anunciarlo y comunicarlo como una gran
noticia para todos?
Llamamos a Jesús “Salvador” porque tiene fuerza para humanizar nuestras
vidas, liberar nuestras personas y encaminar la historia humana hacia su
verdadera y definitiva salvación. ¿Es ésta la esperanza que se respira
entre nosotros? ¿Es ésta la paz que se contagia desde nuestras
comunidades?
Confesamos a Jesús como nuestro único “Señor”. No queremos tener otros
señores ni someternos a ídolos falsos. Pero, ¿ocupa Jesús realmente el
centro de nuestras vidas? ¿le damos primacía absoluta en nuestras
comunidades? ¿lo ponemos por encima de todo y de todos? ¿Somos de Jesús?
¿Es él quien nos anima y hace vivir?
La
gran tarea de los cristianos es hoy aunar fuerzas y abrir caminos para
reafirmar mucho más la centralidad de Jesús en su Iglesia. Todo lo demás
viene después.
José Antonio Pagola
EVANGELIO DEL 13 DE JUNIO
No apartar a nadie de Jesús
Evangelio según San Lucas
7,36-50.8,1-3.
Un
fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús entró en la casa y se sentó
a la mesa. Entonces una mujer pecadora que vivía en la ciudad, al
enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó
con un frasco de perfume. Y colocándose detrás de él, se puso a llorar a
sus pies y comenzó a bañarlos con sus lágrimas; los secaba con sus
cabellos, los cubría de besos y los ungía con perfume.
Al
ver esto, el fariseo que lo había invitado pensó: “Si este hombre fuera
profeta, sabría quién es la mujer que lo toca y lo que ella es: ¡una
pecadora!”.
Pero Jesús le dijo: “Simón, tengo algo que decirte”. “Di, Maestro!”,
respondió él. “Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía
quinientos denarios, el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar,
perdonó a ambos la deuda. ¿Cuál de los dos lo amará más?”.
Simón contestó: “Pienso que aquel a quien perdonó más”. Jesús le dijo:
“Has juzgado bien”. Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: “¿Ves a
esta mujer? Entré en tu casa y tú no derramaste agua sobre mis pies; en
cambio, ella los bañó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. Tú
no me besaste; ella, en cambio, desde que entré, no cesó de besar mis
pies. Tú no ungiste mi cabeza; ella derramó perfume sobre mis pies. Por
eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido
perdonados porque ha demostrado mucho amor. Pero aquel a quien se le
perdona poco, demuestra poco amor”. Después dijo a la mujer: “Tus
pecados te son perdonados”.
Los invitados pensaron: “¿Quién es este hombre, que llega hasta perdonar
los pecados?”. Pero Jesús dijo a la mujer: “Tu fe te ha salvado, vete en
paz”. Después, Jesús recorría las ciudades y los pueblos, predicando y
anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y
también algunas mujeres que habían sido curadas de malos espíritus y
enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete
demonios; Juana, esposa de Cusa, intendente de Herodes, Susana y muchas
otras, que los ayudaban con sus bienes.
No apartar a nadie de Jesús
Según el relato de Lucas, un fariseo llamado Simón está muy interesado
en invitar a Jesús a su mesa. Probablemente, quiere aprovechar la comida
para debatir algunas cuestiones con aquel galileo que está adquiriendo
fama de profeta entre la gente. Jesús acepta la invitación: a todos ha
de llegar la Buena Noticia de Dios.
Durante el banquete sucede algo que Simón no ha previsto. Una prostituta
de la localidad interrumpe la sobremesa, se echa a los pies de Jesús y
rompe a llorar. No sabe cómo agradecerle el amor que muestra hacia
quienes, como ella, viven marcadas por el desprecio general. Ante la
sorpresa de todos, besa una y otra vez los pies de Jesús y los unge con
un perfume precioso.
Simón contempla la escena horrorizado. ¡Una mujer pecadora tocando a
Jesús en su propia casa! No lo puede soportar: aquel hombre es un
inconsciente, no un profeta de Dios. A aquella mujer impura habría que
apartar rápidamente de Jesús.
Sin embargo, Jesús se deja tocar y querer por la mujer. Ella le necesita
más que nadie. Con ternura especial le ofrece el perdón de Dios, luego
le invita a descubrir dentro de su corazón una fe humilde que la está
salvando. Jesús sólo le desea que viva en paz: «Tus pecados te son
perdonados… Tu fe te ha salvado. Vete en paz».
Todos los evangelios destacan la acogida y comprensión de Jesús a los
sectores más excluidos por casi todos de la bendición de Dios:
prostitutas, recaudadores, leprosos… Su mensaje es escandaloso: los
despreciados por los hombres más religiosos tienen un lugar privilegiado
en el corazón de Dios. La razón es sólo una: son los más necesitados de
acogida, dignidad y amor.
Algún día tendremos que revisar, a la luz de este comportamiento de
Jesús, cuál es nuestra actitud en las comunidades cristianas ante
ciertos colectivos como las mujeres que viven de la prostitución o los
homosexuales y lesbianas cuyos problemas, sufrimientos y luchas
preferimos casi siempre ignorar y silenciar en el seno de la Iglesia
como si para nosotros no existieran.
No
son pocas las preguntas que nos podemos hacer: ¿dónde pueden encontrar
entre nosotros una acogida parecida a la de Jesús? ¿a quién le pueden
escuchar una palabra que les hable de Dios como hablaba él? ¿qué ayuda
pueden encontrar entre nosotros para vivir su condición sexual desde una
actitud responsable y creyente? ¿con quiénes pueden compartir su fe en
Jesús con paz y dignidad? ¿quién es capaz de intuir el amor insondable
de Dios a los olvidados por todas las religiones?
José Antonio Pagola
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Evangelio según San Lucas 7,11-17.
En seguida, Jesús se dirigió a una ciudad llamada Naím,
acompañado de sus discípulos y de una gran multitud. Justamente
cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, llevaban a enterrar
al hijo único de una mujer viuda, y mucha gente del lugar la
acompañaba. Al verla, el Señor se conmovió y le dijo: "No
llores".
Después se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se
detuvieron y Jesús dijo: "Joven, yo te lo ordeno, levántate". El
muerto se incorporó y empezó a hablar. Y Jesús se lo entregó a
su madre. Todos quedaron sobrecogidos de temor y alababan a
Dios, diciendo: "Un gran profeta ha aparecido en medio de
nosotros y Dios ha visitado a su Pueblo". El rumor de lo que
Jesús acababa de hacer se difundió por toda la Judea y en toda
la región vecina.
Hacer memoria de Jesús
Al narrar la última Cena de Jesús con sus discípulos, las
primeras generaciones cristianas recordaban el deseo expresado
de manera solemne por su Maestro: «Haced esto en memoria mía».
Así lo recogen el evangelista Lucas y Pablo, el evangelizador de
los gentiles.
Desde su origen, la Cena del Señor ha sido celebrada por los
cristianos para hacer memoria de Jesús, actualizar su presencia
viva en medio de nosotros y alimentar nuestra fe en él, en su
mensaje y en su vida entregada por nosotros hasta la muerte.
Recordemos cuatro momentos significativos en la estructura
actual de la misa. Los hemos de vivir desde dentro y en
comunidad.
La escucha del Evangelio. Hacemos memoria de Jesús cuando
escuchamos en los evangelios el relato de su vida y su mensaje.
Los evangelios han sido escritos, precisamente, para guardar el
recuerdo de Jesús alimentando así la fe y el seguimiento de sus
discípulos.
Del relato evangélico no aprendemos doctrina sino, sobre todo,
la manera de ser y de actuar de Jesús, que ha de inspirar y
modelar nuestra vida. Por eso, lo hemos de escuchar en actitud
de discípulos que quieren aprender a pensar, sentir, amar y
vivir como él.
La memoria de la Cena. Hacemos memoria de la acción salvadora de
Jesús escuchando con fe sus palabras: "Esto es mi cuerpo. Vedme
en estos trozos de pan entregándome por vosotros hasta la
muerte... Éste es el cáliz de mi sangre. La he derramado para el
perdón de vuestros pecados. Así me recordaréis siempre. Os he
amado hasta el extremo".
En este momento confesamos nuestra fe en Jesucristo haciendo una
síntesis del misterio de nuestra salvación: "Anunciamos tu
muerte, proclamamos tu resurrección. Ven, Señor Jesús". Nos
sentimos salvados por Cristo nuestro Señor.
La oración de Jesús. Antes de comulgar, pronunciamos la oración
que nos enseñó Jesús. Primero, nos identificamos con los tres
grandes deseos que llevaba en su corazón: el respeto absoluto a
Dios, la venida de su reino de justicia y el cumplimiento de su
voluntad de Padre. Luego, con sus cuatro peticiones al Padre:
pan para todos, perdón y misericordia, superación de la
tentación y liberación de todo mal.
La comunión con Jesús. Nos acercamos como pobres, con la mano
tendida; tomamos el Pan de la vida; comulgamos haciendo un acto
de fe; acogemos en silencio a Jesús en nuestro corazón y en
nuestra vida: "Señor, quiero comulgar contigo, seguir tus pasos,
vivir animado con tu espíritu y colaborar en tu proyecto de
hacer un mundo más humano".
José Antonio Pagola |
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Evangelio según San Juan 16,12-15.
Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las
pueden comprender ahora.
Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en
toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo
que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo.
El me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a
ustedes.
Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: 'Recibirá de
lo mío y se lo anunciará a ustedes'.
ABRIRNOS AL MISTERIO DE DIOS
A lo largo de los siglos, los teólogos han realizado un gran
esfuerzo por acercarse al misterio de Dios formulando con
diferentes construcciones conceptuales las relaciones que
vinculan y diferencian a las personas divinas en el seno de la
Trinidad. Esfuerzo, sin duda, legítimo, nacido del amor y el
deseo de Dios.
Jesús, sin embargo, no sigue ese camino. Desde su propia
experiencia de Dios, invita a sus seguidores a relacionarse de
manera confiada con Dios Padre, a seguir fielmente sus pasos de
Hijo de Dios encarnado, y a dejarnos guiar y alentar por el
Espíritu Santo. Nos enseña así a abrirnos al misterio santo de
Dios.
Antes que nada, Jesús invita a sus seguidores a vivir como hijos
e hijas de un Dios cercano, bueno y entrañable, al que todos
podemos invocar como Padre querido. Lo que caracteriza a este
Padre no es su poder y su fuerza, sino su bondad y su compasión
infinita. Nadie está solo. Todos tenemos un Dios Padre que nos
comprende, nos quiere y nos perdona como nadie.
Jesús nos descubre que este Padre tiene un proyecto nacido de su
corazón: construir con todos sus hijos e hijas un mundo más
humano y fraterno, más justo y solidario. Jesús lo llama "reino
de Dios" e invita a todos a entrar en ese proyecto del Padre
buscando una vida más justa y digna para todos empezando por sus
hijos más pobres, indefensos y necesitados.
Al mismo tiempo, Jesús invita a sus seguidores a que confíen
también en él: "No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios;
creed también en mí". Él es el Hijo de Dios, imagen viva de su
Padre. Sus palabras y sus gestos nos descubren cómo nos quiere
el Padre de todos. Por eso, invita a todos a seguirlo. El nos
enseñará a vivir con confianza y docilidad al servicio del
proyecto del Padre.
Con su grupo de seguidores, Jesús quiere formar una familia
nueva donde todos busquen "cumplir la voluntad del Padre". Ésta
es la herencia que quiere dejar en la tierra: un movimiento de
hermanos y hermanas al servicio de los más pequeños y
desvalidos. Esa familia será símbolo y germen del nuevo mundo
querido por el Padre.
Para esto necesitan acoger al Espíritu que alienta al Padre y a
su Hijo Jesús: "Vosotros recibiréis la fuerza del Espíritu Santo
que vendrá sobre vosotros y así seréis mis testigos". Éste
Espíritu es el amor de Dios, el aliento que comparten el Padre y
su Hijo Jesús, la fuerza, el impulso y la energía vital que hará
de los seguidores de Jesús sus testigos y colaboradores al
servicio del gran proyecto de la Trinidad santa.
Jose Antonio Pagola |
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Evangelio según San Juan 20,19-23.
Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando
cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los
discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en
medio de ellos, les dijo: "¡La paz esté con ustedes!".
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los
discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con ustedes! Como el
Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes".
Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: "Reciban el
Espíritu Santo.
Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen,
y serán retenidos a los que ustedes se los retengan".
INVOCACIÓN
Ven Espíritu Creador e infunde en nosotros la fuerza y el
aliento de Jesús. Sin tu impulso y tu gracia, no acertaremos a
creer en él; no nos atreveremos a seguir sus pasos; la Iglesia
no se renovará; nuestra esperanza se apagará. ¡Ven y contágianos
el aliento vital de Jesús!
Ven Espíritu Santo y recuérdanos las palabras buenas que decía
Jesús. Sin tu luz y tu testimonio sobre él, iremos olvidando el
rostro bueno de Dios; el Evangelio se convertirá en letra
muerta; la Iglesia no podrá anunciar ninguna noticia buena. ¡Ven
y enséñanos a escuchar sólo a Jesús!
Ven Espíritu de la Verdad y haznos caminar en la verdad de
Jesús. Sin tu luz y tu guía, nunca nos liberaremos de nuestros
errores y mentiras; nada nuevo y verdadero nacerá entre
nosotros; seremos como ciegos que pretenden guiar a otros
ciegos. ¡Ven y conviértenos en discípulos y testigos de Jesús!
Ven Espíritu del Padre y enséñanos a gritar a Dios "Abba" como
lo hacía Jesús. Sin tu calor y tu alegría, viviremos como
huérfanos que han perdido a su Padre; invocaremos a Dios con los
labios, pero no con el corazón; nuestras plegarias serán
palabras vacías. ¡Ven y enséñanos a orar con las palabras y el
corazón de Jesús!
Ven Espíritu Bueno y conviértenos al proyecto del "reino de
Dios" inaugurado por Jesús. Sin tu fuerza renovadora, nadie
convertirá nuestro corazón cansado; no tendremos audacia para
construir un mundo más humano, según los deseos de Dios; en tu
Iglesia los últimos nunca serán los primeros; y nosotros
seguiremos adormecidos en nuestra religión burguesa. ¡Ven y
haznos colaboradores del proyecto de Jesús!
Ven Espíritu de Amor y enséñanos a amarnos unos a otros con el
amor con que Jesús amaba. Sin tu presencia viva entre nosotros,
la comunión de la Iglesia se resquebrajará; la jerarquía y el
pueblo se irán distanciando siempre más; crecerán las
divisiones, se apagará el diálogo y aumentará la intolerancia.
¡Ven y aviva en nuestro corazón y nuestras manos el amor
fraterno que nos hace parecernos a Jesús!
Ven Espíritu Liberador y recuérdanos que para ser libres nos
liberó Cristo y no para dejarnos oprimir de nuevo por la
esclavitud. Sin tu fuerza y tu verdad, nuestro seguimiento
gozoso a Jesús se convertirá en moral de esclavos; no
conoceremos el amor que da vida, sino nuestros egoísmos que la
matan; se apagará en nosotros la libertad que hace crecer a los
hijos e hijas de Dios y seremos, una y otra vez, víctimas de
miedos, cobardías y fanatismos. ¡Ven Espíritu Santo y
contágianos la libertad de Jesús!
José Antonio Pagola
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Evangelio según San Juan 17,20-26.
No ruego solamente por ellos, sino también por los que, gracias
a su palabra, creerán en mí.
Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que
también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que
tú me enviaste.
Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno,
como nosotros somos uno
-yo en ellos y tú en mí- para que sean perfectamente uno y el
mundo conozca que tú me has enviado, y que yo los amé cómo tú me
amaste.
Padre, quiero que los que tú me diste estén conmigo donde yo
esté, para que contemplen la gloria que me has dado, porque ya
me amabas antes de la creación del mundo.
Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te conocí, y
ellos reconocieron que tú me enviaste.
Les di a conocer tu Nombre, y se lo seguiré dando a conocer,
para que el amor con que tú me amaste esté en ellos, y yo
también esté en ellos".
CRECIMIENTO Y CREATIVIDAD
Los evangelios nos ofrecen diversas claves para entender cómo
comenzaron su andadura histórica las primeras comunidades
cristianas sin la presencia de Jesús al frente de sus
seguidores. Tal vez, no fue todo tan sencillo como a veces lo
imaginamos. ¿Cómo entendieron y vivieron su relación con él, una
vez desaparecido de la tierra?
Mateo no dice una palabra de su ascensión al cielo. Termina su
evangelio con una escena de despedida en una montaña de Galilea
en la que Jesús les hace esta solemne promesa: «Sabed que yo
estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Los
discípulos no han de sentir su ausencia. Jesús estará siempre
con ellos. Pero ¿cómo?
Lucas ofrece una visión diferente. En la escena final de su
evangelio, Jesús «se separa de ellos subiendo hacia el cielo».
Los discípulos tienen que aceptar con todo realismo la
separación: Jesús vive ya en el misterio de Dios. Pero sube al
Padre «bendiciendo» a los suyos. Sus seguidores comienzan su
andadura protegidos por aquella bendición con la que Jesús
curaba a los enfermos, perdonaba a los pecadores y acariciaba a
los pequeños.
El evangelista Juan pone en boca de Jesús unas palabras que
proponen otra clave. Al despedirse de los suyos, Jesús les dice:
«Yo me voy al Padre y vosotros estáis tristes... Sin embargo, os
conviene que yo me vaya para que recibáis el Espíritu Santo». La
tristeza de los discípulos es explicable. Desean la seguridad
que les da tener a Jesús siempre junto a ellos. Es la tentación
de vivir de manera infantil bajo la protección del Maestro.
La respuesta de Jesús muestra una sabia pedagogía. Su ausencia
hará crecer la madurez de sus seguidores. Les deja la impronta
de su Espíritu. Será él quien, en su ausencia, promoverá el
crecimiento responsable y adulto de los suyos. Es bueno
recordarlo en unos tiempos en que parece crecer entre nosotros
el miedo a la creatividad, la tentación del inmovilismo o la
nostalgia por un cristianismo pensado para otros tiempos y otra
cultura.
Los cristianos hemos caído más de una vez a lo largo de la
historia en la tentación de vivir el seguimiento a Jesús de
manera infantil. La fiesta de la Ascensión del Señor nos
recuerda que, terminada la presencia histórica de Jesús, vivimos
"el tiempo del Espíritu", tiempo de creatividad y de crecimiento
responsable. El Espíritu no proporciona a los seguidores de
Jesús "recetas eternas". Nos da luz y aliento para ir buscando
caminos siempre nuevos para reproducir hoy su actuación. Así nos
conduce hacia la verdad completa de Jesús.
José Antonio Pagola
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