Caritas in veritate
Martes 7 de julio de 2009
Carta Encíclica
CARITAS IN VERITATE
del Sumo Pontífice Benedicto XVI
a los Obispos
a los presbÍteros y diáconos
a las personas consagradas
a todos los fieles laicos
y a todos los hombres de buena
voluntad
sobre el desarrollo humano integral
en la caridad y en la verdad
INTRODUCCIÓN
1. La caridad en
la verdad, de la que Jesucristo se
ha hecho testigo con su vida
terrenal y, sobre todo, con su
muerte y resurrección, es la
principal fuerza impulsora del
auténtico desarrollo de cada persona
y de toda la humanidad. El amor
—«caritas»— es una fuerza
extraordinaria, que mueve a las
personas a comprometerse con
valentía y generosidad en el campo
de la justicia y de la paz. Es una
fuerza que tiene su origen en Dios,
Amor eterno y Verdad absoluta. Cada
uno encuentra su propio bien
asumiendo el proyecto que Dios tiene
sobre él, para realizarlo
plenamente: en efecto, encuentra en
dicho proyecto su verdad y,
aceptando esta verdad, se hace libre
(cf. Jn 8,22). Por tanto, defender
la verdad, proponerla con humildad y
convicción y testimoniarla en la
vida son formas exigentes e
insustituibles de caridad. Ésta
«goza con la verdad» (1 Co 13,6).
Todos los hombres perciben el
impulso interior de amar de manera
auténtica; amor y verdad nunca los
abandonan completamente, porque son
la vocación que Dios ha puesto en el
corazón y en la mente de cada ser
humano. Jesucristo purifica y libera
de nuestras limitaciones humanas la
búsqueda del amor y la verdad, y nos
desvela plenamente la iniciativa de
amor y el proyecto de vida verdadera
que Dios ha preparado para nosotros.
En Cristo, la caridad en la verdad
se convierte en el Rostro de su
Persona, en una vocación a amar a
nuestros hermanos en la verdad de su
proyecto. En efecto, Él mismo es la
Verdad (cf. Jn 14,6).
2. La caridad es
la vía maestra de la doctrina social
de la Iglesia. Todas las
responsabilidades y compromisos
trazados por esta doctrina provienen
de la caridad que, según la
enseñanza de Jesús, es la síntesis
de toda la Ley (cf. Mt 22,36-40).
Ella da verdadera sustancia a la
relación personal con Dios y con el
prójimo; no es sólo el principio de
las micro-relaciones, como en las
amistades, la familia, el pequeño
grupo, sino también de las
macro-relaciones, como las
relaciones sociales, económicas y
políticas. Para la Iglesia
—aleccionada por el Evangelio—, la
caridad es todo porque, como enseña
San Juan (cf. 1 Jn 4,8.16) y como he
recordado en mi primera Carta
encíclica «Dios es caridad» (Deus
caritas est): todo proviene de la
caridad de Dios, todo adquiere forma
por ella, y a ella tiende todo. La
caridad es el don más grande que
Dios ha dado a los hombres, es su
promesa y nuestra esperanza.
Soy consciente de
las desviaciones y la pérdida de
sentido que ha sufrido y sufre la
caridad, con el consiguiente riesgo
de ser mal entendida, o excluida de
la ética vivida y, en cualquier
caso, de impedir su correcta
valoración. En el ámbito social,
jurídico, cultural, político y
económico, es decir, en los
contextos más expuestos a dicho
peligro, se afirma fácilmente su
irrelevancia para interpretar y
orientar las responsabilidades
morales. De aquí la necesidad de
unir no sólo la caridad con la
verdad, en el sentido señalado por
San Pablo de la «veritas in
caritate» (Ef 4,15), sino también en
el sentido, inverso y
complementario, de «caritas in
veritate». Se ha de buscar,
encontrar y expresar la verdad en la
«economía» de la caridad, pero, a su
vez, se ha de entender, valorar y
practicar la caridad a la luz de la
verdad. De este modo, no sólo
prestaremos un servicio a la
caridad, iluminada por la verdad,
sino que contribuiremos a dar fuerza
a la verdad, mostrando su capacidad
de autentificar y persuadir en la
concreción de la vida social. Y esto
no es algo de poca importancia hoy,
en un contexto social y cultural,
que con frecuencia relativiza la
verdad, bien desentendiéndose de
ella, bien rechazándola.
3. Por esta
estrecha relación con la verdad, se
puede reconocer a la caridad como
expresión auténtica de humanidad y
como elemento de importancia
fundamental en las relaciones
humanas, también las de carácter
público. Sólo en la verdad
resplandece la caridad y puede ser
vivida auténticamente. La verdad es
luz que da sentido y valor a la
caridad. Esta luz es simultáneamente
la de la razón y la de la fe, por
medio de la cual la inteligencia
llega a la verdad natural y
sobrenatural de la caridad,
percibiendo su significado de
entrega, acogida y comunión. Sin
verdad, la caridad cae en mero
sentimentalismo. El amor se
convierte en un envoltorio vacío que
se rellena arbitrariamente. Éste es
el riesgo fatal del amor en una
cultura sin verdad. Es presa fácil
de las emociones y las opiniones
contingentes de los sujetos, una
palabra de la que se abusa y que se
distorsiona, terminando por
significar lo contrario. La verdad
libera a la caridad de la estrechez
de una emotividad que la priva de
contenidos relacionales y sociales,
así como de un fideísmo que mutila
su horizonte humano y universal. En
la verdad, la caridad refleja la
dimensión personal y al mismo tiempo
pública de la fe en el Dios bíblico,
que es a la vez «Agapé» y «Lógos»:
Caridad y Verdad, Amor y Palabra.
4. Puesto que
está llena de verdad, la caridad
puede ser comprendida por el hombre
en toda su riqueza de valores,
compartida y comunicada. En efecto,
la verdad es «lógos» que crea
«diálogos» y, por tanto,
comunicación y comunión. La verdad,
rescatando a los hombres de las
opiniones y de las sensaciones
subjetivas, les permite llegar más
allá de las determinaciones
culturales e históricas y apreciar
el valor y la sustancia de las
cosas. La verdad abre y une el
intelecto de los seres humanos en el
lógos del amor: éste es el anuncio y
el testimonio cristiano de la
caridad. En el contexto social y
cultural actual, en el que está
difundida la tendencia a relativizar
lo verdadero, vivir la caridad en la
verdad lleva a comprender que la
adhesión a los valores del
cristianismo no es sólo un elemento
útil, sino indispensable para la
construcción de una buena sociedad y
un verdadero desarrollo humano
integral. Un cristianismo de caridad
sin verdad se puede confundir
fácilmente con una reserva de buenos
sentimientos, provechosos para la
convivencia social, pero marginales.
De este modo, en el mundo no habría
un verdadero y propio lugar para
Dios. Sin la verdad, la caridad es
relegada a un ámbito de relaciones
reducido y privado. Queda excluida
de los proyectos y procesos para
construir un desarrollo humano de
alcance universal, en el diálogo
entre saberes y operatividad.
5. La caridad es
amor recibido y ofrecido. Es
«gracia» (cháris). Su origen es el
amor que brota del Padre por el
Hijo, en el Espíritu Santo. Es amor
que desde el Hijo desciende sobre
nosotros. Es amor creador, por el
que nosotros somos; es amor
redentor, por el cual somos
recreados. Es el Amor revelado,
puesto en práctica por Cristo (cf.
Jn 13,1) y «derramado en nuestros
corazones por el Espíritu Santo» (Rm
5,5). Los hombres, destinatarios del
amor de Dios, se convierten en
sujetos de caridad, llamados a
hacerse ellos mismos instrumentos de
la gracia para difundir la caridad
de Dios y para tejer redes de
caridad.
La doctrina
social de la Iglesia responde a esta
dinámica de caridad recibida y
ofrecida. Es «caritas in veritate in
re sociali», anuncio de la verdad
del amor de Cristo en la sociedad.
Dicha doctrina es servicio de la
caridad, pero en la verdad. La
verdad preserva y expresa la fuerza
liberadora de la caridad en los
acontecimientos siempre nuevos de la
historia. Es al mismo tiempo verdad
de la fe y de la razón, en la
distinción y la sinergia a la vez de
los dos ámbitos cognitivos. El
desarrollo, el bienestar social, una
solución adecuada de los graves
problemas socioeconómicos que
afligen a la humanidad, necesitan
esta verdad. Y necesitan aún más que
se estime y dé testimonio de esta
verdad. Sin verdad, sin confianza y
amor por lo verdadero, no hay
conciencia y responsabilidad social,
y la actuación social se deja a
merced de intereses privados y de
lógicas de poder, con efectos
disgregadores sobre la sociedad,
tanto más en una sociedad en vías de
globalización, en momentos difíciles
como los actuales.
6. «Caritas in
veritate» es el principio sobre el
que gira la doctrina social de la
Iglesia, un principio que adquiere
forma operativa en criterios
orientadores de la acción moral.
Deseo volver a recordar
particularmente dos de ellos,
requeridos de manera especial por el
compromiso para el desarrollo en una
sociedad en vías de globalización:
la justicia y el bien común.
Ante todo, la
justicia. Ubi societas, ibi ius:
toda sociedad elabora un sistema
propio de justicia. La caridad va
más allá de la justicia, porque amar
es dar, ofrecer de lo «mío» al otro;
pero nunca carece de justicia, la
cual lleva a dar al otro lo que es
«suyo», lo que le corresponde en
virtud de su ser y de su obrar. No
puedo «dar» al otro de lo mío sin
haberle dado en primer lugar lo que
en justicia le corresponde. Quien
ama con caridad a los demás, es ante
todo justo con ellos. No basta decir
que la justicia no es extraña a la
caridad, que no es una vía
alternativa o paralela a la caridad:
la justicia es «inseparable de la
caridad»,[1] intrínseca a ella. La
justicia es la primera vía de la
caridad o, como dijo Pablo VI, su
«medida mínima»,[2] parte integrante
de ese amor «con obras y según la
verdad» (1 Jn 3,18), al que nos
exhorta el apóstol Juan. Por un
lado, la caridad exige la justicia,
el reconocimiento y el respeto de
los legítimos derechos de las
personas y los pueblos. Se ocupa de
la construcción de la «ciudad del
hombre» según el derecho y la
justicia. Por otro, la caridad
supera la justicia y la completa
siguiendo la lógica de la entrega y
el perdón.[3] La «ciudad del hombre»
no se promueve sólo con relaciones
de derechos y deberes sino, antes y
más aún, con relaciones de
gratuidad, de misericordia y de
comunión. La caridad manifiesta
siempre el amor de Dios también en
las relaciones humanas, otorgando
valor teologal y salvífico a todo
compromiso por la justicia en el
mundo.
7. Hay que tener
también en gran consideración el
bien común. Amar a alguien es querer
su bien y trabajar eficazmente por
él. Junto al bien individual, hay un
bien relacionado con el vivir social
de las personas: el bien común. Es
el bien de ese «todos nosotros»,
formado por individuos, familias y
grupos intermedios que se unen en
comunidad social.[4] No es un bien
que se busca por sí mismo, sino para
las personas que forman parte de la
comunidad social, y que sólo en ella
pueden conseguir su bien realmente y
de modo más eficaz. Desear el bien
común y esforzarse por él es
exigencia de justicia y caridad.
Trabajar por el bien común es
cuidar, por un lado, y utilizar, por
otro, ese conjunto de instituciones
que estructuran jurídica, civil,
política y culturalmente la vida
social, que se configura así como
pólis, como ciudad. Se ama al
prójimo tanto más eficazmente,
cuanto más se trabaja por un bien
común que responda también a sus
necesidades reales. Todo cristiano
está llamado a esta caridad, según
su vocación y sus posibilidades de
incidir en la pólis. Ésta es la vía
institucional —también política,
podríamos decir— de la caridad, no
menos cualificada e incisiva de lo
que pueda ser la caridad que
encuentra directamente al prójimo
fuera de las mediaciones
institucionales de la pólis. El
compromiso por el bien común, cuando
está inspirado por la caridad, tiene
una valencia superior al compromiso
meramente secular y político. Como
todo compromiso en favor de la
justicia, forma parte de ese
testimonio de la caridad divina que,
actuando en el tiempo, prepara lo
eterno. La acción del hombre sobre
la tierra, cuando está inspirada y
sustentada por la caridad,
contribuye a la edificación de esa
ciudad de Dios universal hacia la
cual avanza la historia de la
familia humana. En una sociedad en
vías de globalización, el bien común
y el esfuerzo por él, han de abarcar
necesariamente a toda la familia
humana, es decir, a la comunidad de
los pueblos y naciones,[5] dando así
forma de unidad y de paz a la ciudad
del hombre, y haciéndola en cierta
medida una anticipación que
prefigura la ciudad de Dios sin
barreras.
8. Al publicar en
1967 la Encíclica Populorum
progressio, mi venerado predecesor
Pablo VI ha iluminado el gran tema
del desarrollo de los pueblos con el
esplendor de la verdad y la luz
suave de la caridad de Cristo. Ha
afirmado que el anuncio de Cristo es
el primero y principal factor de
desarrollo[6] y nos ha dejado la
consigna de caminar por la vía del
desarrollo con todo nuestro corazón
y con toda nuestra inteligencia,[7]
es decir, con el ardor de la caridad
y la sabiduría de la verdad. La
verdad originaria del amor de Dios,
que se nos ha dado gratuitamente, es
lo que abre nuestra vida al don y
hace posible esperar en un
«desarrollo de todo el hombre y de
todos los hombres»,[8] en el
tránsito «de condiciones menos
humanas a condiciones más
humanas»,[9] que se obtiene
venciendo las dificultades que
inevitablemente se encuentran a lo
largo del camino.
A más de cuarenta
años de la publicación de la
Encíclica, deseo rendir homenaje y
honrar la memoria del gran Pontífice
Pablo VI, retomando sus enseñanzas
sobre el desarrollo humano integral
y siguiendo la ruta que han trazado,
para actualizarlas en nuestros días.
Este proceso de actualización
comenzó con la Encíclica Sollicitudo
rei socialis, con la que el Siervo
de Dios Juan Pablo II quiso
conmemorar la publicación de la
Populorum progressio con ocasión de
su vigésimo aniversario. Hasta
entonces, una conmemoración similar
fue dedicada sólo a la Rerum
novarum. Pasados otros veinte años
más, manifiesto mi convicción de que
la Populorum progressio merece ser
considerada como «la Rerum novarum
de la época contemporánea», que
ilumina el camino de la humanidad en
vías de unificación.
9. El amor en la
verdad —caritas in veritate— es un
gran desafío para la Iglesia en un
mundo en progresiva y expansiva
globalización. El riesgo de nuestro
tiempo es que la interdependencia de
hecho entre los hombres y los
pueblos no se corresponda con la
interacción ética de la conciencia y
el intelecto, de la que pueda
resultar un desarrollo realmente
humano. Sólo con la caridad,
iluminada por la luz de la razón y
de la fe, es posible conseguir
objetivos de desarrollo con un
carácter más humano y humanizador.
El compartir los bienes y recursos,
de lo que proviene el auténtico
desarrollo, no se asegura sólo con
el progreso técnico y con meras
relaciones de conveniencia, sino con
la fuerza del amor que vence al mal
con el bien (cf. Rm 12,21) y abre la
conciencia del ser humano a
relaciones recíprocas de libertad y
de responsabilidad.
La Iglesia no
tiene soluciones técnicas que
ofrecer [10] y no pretende «de
ninguna manera mezclarse en la
política de los Estados».[11] No
obstante, tiene una misión de verdad
que cumplir en todo tiempo y
circunstancia en favor de una
sociedad a medida del hombre, de su
dignidad y de su vocación. Sin
verdad se cae en una visión
empirista y escéptica de la vida,
incapaz de elevarse sobre la praxis,
porque no está interesada en tomar
en consideración los valores —a
veces ni siquiera el significado—
con los cuales juzgarla y
orientarla. La fidelidad al hombre
exige la fidelidad a la verdad, que
es la única garantía de libertad
(cf. Jn 8,32) y de la posibilidad de
un desarrollo humano integral. Por
eso la Iglesia la busca, la anuncia
incansablemente y la reconoce allí
donde se manifieste. Para la
Iglesia, esta misión de verdad es
irrenunciable. Su doctrina social es
una dimensión singular de este
anuncio: está al servicio de la
verdad que libera. Abierta a la
verdad, de cualquier saber que
provenga, la doctrina social de la
Iglesia la acoge, recompone en
unidad los fragmentos en que a
menudo la encuentra, y se hace su
portadora en la vida concreta
siempre nueva de la sociedad de los
hombres y los pueblos. [12]
CAPÍTULO PRIMERO
EL MENSAJE DE LA POPULORUM
PROGRESSIO
10. A más de
cuarenta años de su publicación, la
relectura de la Populorum progressio
insta a permanecer fieles a su
mensaje de caridad y de verdad,
considerándolo en el ámbito del
magisterio específico de Pablo VI y,
más en general, dentro de la
tradición de la doctrina social de
la Iglesia. Se han de valorar
después los diversos términos en que
hoy, a diferencia de entonces, se
plantea el problema del desarrollo.
El punto de vista correcto, por
tanto, es el de la Tradición de la
fe apostólica,[13] patrimonio
antiguo y nuevo, fuera del cual la
Populorum progressio sería un
documento sin raíces y las
cuestiones sobre el desarrollo se
reducirían únicamente a datos
sociológicos.
11. La
publicación de la Populorum
progressio tuvo lugar poco después
de la conclusión del Concilio
Ecuménico Vaticano II. La misma
Encíclica señala en los primeros
párrafos su íntima relación con el
Concilio.[14] Veinte años después,
Juan Pablo II subrayó en la
Sollicitudo rei socialis la fecunda
relación de aquella Encíclica con el
Concilio y, en particular, con la
Constitución pastoral Gaudium et
spes.[15] También yo deseo recordar
aquí la importancia del Concilio
Vaticano II para la Encíclica de
Pablo VI y para todo el Magisterio
social de los Sumos Pontífices que
le han sucedido. El Concilio
profundizó en lo que pertenece desde
siempre a la verdad de la fe, es
decir, que la Iglesia, estando al
servicio de Dios, está al servicio
del mundo en términos de amor y
verdad. Pablo VI partía precisamente
de esta visión para decirnos dos
grandes verdades. La primera es que
toda la Iglesia, en todo su ser y
obrar, cuando anuncia, celebra y
actúa en la caridad, tiende a
promover el desarrollo integral del
hombre. Tiene un papel público que
no se agota en sus actividades de
asistencia o educación, sino que
manifiesta toda su propia capacidad
de servicio a la promoción del
hombre y la fraternidad universal
cuando puede contar con un régimen
de libertad. Dicha libertad se ve
impedida en muchos casos por
prohibiciones y persecuciones, o
también limitada cuando se reduce la
presencia pública de la Iglesia
solamente a sus actividades
caritativas. La segunda verdad es
que el auténtico desarrollo del
hombre concierne de manera unitaria
a la totalidad de la persona en
todas sus dimensiones.[16] Sin la
perspectiva de una vida eterna, el
progreso humano en este mundo se
queda sin aliento. Encerrado dentro
de la historia, queda expuesto al
riesgo de reducirse sólo al
incremento del tener; así, la
humanidad pierde la valentía de
estar disponible para los bienes más
altos, para las iniciativas grandes
y desinteresadas que la caridad
universal exige. El hombre no se
desarrolla únicamente con sus
propias fuerzas, así como no se le
puede dar sin más el desarrollo
desde fuera. A lo largo de la
historia, se ha creído con
frecuencia que la creación de
instituciones bastaba para
garantizar a la humanidad el
ejercicio del derecho al desarrollo.
Desafortunadamente, se ha depositado
una confianza excesiva en dichas
instituciones, casi como si ellas
pudieran conseguir el objetivo
deseado de manera automática. En
realidad, las instituciones por sí
solas no bastan, porque el
desarrollo humano integral es ante
todo vocación y, por tanto, comporta
que se asuman libre y solidariamente
responsabilidades por parte de
todos. Este desarrollo exige,
además, una visión trascendente de
la persona, necesita a Dios: sin Él,
o se niega el desarrollo, o se le
deja únicamente en manos del hombre,
que cede a la presunción de la
auto-salvación y termina por
promover un desarrollo
deshumanizado. Por lo demás, sólo el
encuentro con Dios permite no «ver
siempre en el prójimo solamente al
otro»,[17] sino reconocer en él la
imagen divina, llegando así a
descubrir verdaderamente al otro y a
madurar un amor que «es ocuparse del
otro y preocuparse por el otro».[18]
12. La relación
entre la Populorum progressio y el
Concilio Vaticano II no representa
un fisura entre el Magisterio social
de Pablo VI y el de los Pontífices
que lo precedieron, puesto que el
Concilio profundiza dicho magisterio
en la continuidad de la vida de la
Iglesia.[19] En este sentido,
algunas subdivisiones abstractas de
la doctrina social de la Iglesia,
que aplican a las enseñanzas
sociales pontificias categorías
extrañas a ella, no contribuyen a
clarificarla. No hay dos tipos de
doctrina social, una preconciliar y
otra postconciliar, diferentes entre
sí, sino una única enseñanza,
coherente y al mismo tiempo siempre
nueva.[20] Es justo señalar las
peculiaridades de una u otra
Encíclica, de la enseñanza de uno u
otro Pontífice, pero sin perder
nunca de vista la coherencia de todo
el corpus doctrinal en su
conjunto.[21] Coherencia no
significa un sistema cerrado, sino
más bien la fidelidad dinámica a una
luz recibida. La doctrina social de
la Iglesia ilumina con una luz que
no cambia los problemas siempre
nuevos que van surgiendo.[22] Eso
salvaguarda tanto el carácter
permanente como histórico de este
«patrimonio» doctrinal[23] que, con
sus características específicas,
forma parte de la Tradición siempre
viva de la Iglesia.[24] La doctrina
social está construida sobre el
fundamento transmitido por los
Apóstoles a los Padres de la Iglesia
y acogido y profundizado después por
los grandes Doctores cristianos.
Esta doctrina se remite en
definitiva al hombre nuevo, al
«último Adán, Espíritu que da vida»
(1 Co 15,45), y que es principio de
la caridad que «no pasa nunca» (1 Co
13,8). Ha sido atestiguada por los
Santos y por cuantos han dado la
vida por Cristo Salvador en el campo
de la justicia y la paz. En ella se
expresa la tarea profética de los
Sumos Pontífices de guiar
apostólicamente la Iglesia de Cristo
y de discernir las nuevas exigencias
de la evangelización. Por estas
razones, la Populorum progressio,
insertada en la gran corriente de la
Tradición, puede hablarnos todavía
hoy a nosotros.
13. Además de su
íntima unión con toda la doctrina
social de la Iglesia, la Populorum
progressio enlaza estrechamente con
el conjunto de todo el magisterio de
Pablo VI y, en particular, con su
magisterio social. Sus enseñanzas
sociales fueron de gran relevancia:
reafirmó la importancia
imprescindible del Evangelio para la
construcción de la sociedad según
libertad y justicia, en la
perspectiva ideal e histórica de una
civilización animada por el amor.
Pablo VI entendió claramente que la
cuestión social se había hecho
mundial [25] y captó la relación
recíproca entre el impulso hacia la
unificación de la humanidad y el
ideal cristiano de una única familia
de los pueblos, solidaria en la
común hermandad. Indicó en el
desarrollo, humana y cristianamente
entendido, el corazón del mensaje
social cristiano y propuso la
caridad cristiana como principal
fuerza al servicio del desarrollo.
Movido por el deseo de hacer
plenamente visible al hombre
contemporáneo el amor de Cristo,
Pablo VI afrontó con firmeza
cuestiones éticas importantes, sin
ceder a las debilidades culturales
de su tiempo.
14. Con la Carta
apostólica Octogesima adveniens, de
1971, Pablo VI trató luego el tema
del sentido de la política y el
peligro que representaban las
visiones utópicas e ideológicas que
comprometían su cualidad ética y
humana. Son argumentos estrechamente
unidos con el desarrollo.
Lamentablemente, las ideologías
negativas surgen continuamente.
Pablo VI ya puso en guardia sobre la
ideología tecnocrática,[26] hoy
particularmente arraigada,
consciente del gran riesgo de
confiar todo el proceso del
desarrollo sólo a la técnica, porque
de este modo quedaría sin
orientación. En sí misma
considerada, la técnica es
ambivalente. Si de un lado hay
actualmente quien es propenso a
confiar completamente a ella el
proceso de desarrollo, de otro, se
advierte el surgir de ideologías que
niegan in toto la utilidad misma del
desarrollo, considerándolo
radicalmente antihumano y que sólo
comporta degradación. Así, se acaba
a veces por condenar, no sólo el
modo erróneo e injusto en que los
hombres orientan el progreso, sino
también los descubrimientos
científicos mismos que, por el
contrario, son una oportunidad de
crecimiento para todos si se usan
bien. La idea de un mundo sin
desarrollo expresa desconfianza en
el hombre y en Dios. Por tanto, es
un grave error despreciar las
capacidades humanas de controlar las
desviaciones del desarrollo o
ignorar incluso que el hombre tiende
constitutivamente a «ser más».
Considerar ideológicamente como
absoluto el progreso técnico y soñar
con la utopía de una humanidad que
retorna a su estado de naturaleza
originario, son dos modos opuestos
para eximir al progreso de su
valoración moral y, por tanto, de
nuestra responsabilidad.
15. Otros dos
documentos de Pablo VI, aunque no
tan estrechamente relacionados con
la doctrina social —la Encíclica
Humanae vitae, del 25 de julio de
1968, y la Exhortación apostólica
Evangelii nuntiandi, del 8 de
diciembre de 1975— son muy
importantes para delinear el sentido
plenamente humano del desarrollo
propuesto por la Iglesia. Por tanto,
es oportuno leer también estos
textos en relación con la Populorum
progressio.
La Encíclica
Humanae vitae subraya el sentido
unitivo y procreador a la vez de la
sexualidad, poniendo así como
fundamento de la sociedad la pareja
de los esposos, hombre y mujer, que
se acogen recíprocamente en la
distinción y en la
complementariedad; una pareja, pues,
abierta a la vida.[27] No se trata
de una moral meramente individual:
la Humanae vitae señala los fuertes
vínculos entre ética de la vida y
ética social, inaugurando una
temática del magisterio que ha ido
tomando cuerpo poco a poco en varios
documentos y, por último, en la
Encíclica Evangelium vitae de Juan
Pablo II.[28] La Iglesia propone con
fuerza esta relación entre ética de
la vida y ética social, consciente
de que «no puede tener bases
sólidas, una sociedad que —mientras
afirma valores como la dignidad de
la persona, la justicia y la paz— se
contradice radicalmente aceptando y
tolerando las más variadas formas de
menosprecio y violación de la vida
humana, sobre todo si es débil y
marginada».[29]
La Exhortación
apostólica Evangelii nuntiandi
guarda una relación muy estrecha con
el desarrollo, en cuanto «la
evangelización —escribe Pablo VI— no
sería completa si no tuviera en
cuenta la interpelación recíproca
que en el curso de los tiempos se
establece entre el Evangelio y la
vida concreta, personal y social del
hombre».[30] «Entre evangelización y
promoción humana (desarrollo,
liberación) existen efectivamente
lazos muy fuertes »: [31] partiendo
de esta convicción, Pablo VI aclaró
la relación entre el anuncio de
Cristo y la promoción de la persona
en la sociedad. El testimonio de la
caridad de Cristo mediante obras de
justicia, paz y desarrollo forma
parte de la evangelización, porque a
Jesucristo, que nos ama, le interesa
todo el hombre. Sobre estas
importantes enseñanzas se funda el
aspecto misionero [32] de la
doctrina social de la Iglesia, como
un elemento esencial de
evangelización.[33] Es anuncio y
testimonio de la fe. Es instrumento
y fuente imprescindible para
educarse en ella.
16. En la
Populorum progressio, Pablo VI nos
ha querido decir, ante todo, que el
progreso, en su fuente y en su
esencia, es una vocación: «En los
designios de Dios, cada hombre está
llamado a promover su propio
progreso, porque la vida de todo
hombre es una vocación».[34] Esto es
precisamente lo que legitima la
intervención de la Iglesia en la
problemática del desarrollo. Si éste
afectase sólo a los aspectos
técnicos de la vida del hombre, y no
al sentido de su caminar en la
historia junto con sus otros
hermanos, ni al descubrimiento de la
meta de este camino, la Iglesia no
tendría por qué hablar de él. Pablo
VI, como ya León XIII en la Rerum
novarum,[35] era consciente de
cumplir un deber propio de su
ministerio al proyectar la luz del
Evangelio sobre las cuestiones
sociales de su tiempo.[36]
Decir que el
desarrollo es vocación equivale a
reconocer, por un lado, que éste
nace de una llamada trascendente y,
por otro, que es incapaz de darse su
significado último por sí mismo. Con
buenos motivos, la palabra
«vocación» aparece de nuevo en otro
pasaje de la Encíclica, donde se
afirma: «No hay, pues, más que un
humanismo verdadero que se abre al
Absoluto en el reconocimiento de una
vocación que da la idea verdadera de
la vida humana».[37] Esta visión del
progreso es el corazón de la
Populorum progressio y motiva todas
las reflexiones de Pablo VI sobre la
libertad, la verdad y la caridad en
el desarrollo. Es también la razón
principal por lo que aquella
Encíclica todavía es actual en
nuestros días.
17. La vocación
es una llamada que requiere una
respuesta libre y responsable. El
desarrollo humano integral supone la
libertad responsable de la persona y
los pueblos: ninguna estructura
puede garantizar dicho desarrollo
desde fuera y por encima de la
responsabilidad humana. Los
«mesianismos prometedores, pero
forjados de ilusiones»[38] basan
siempre sus propias propuestas en la
negación de la dimensión
trascendente del desarrollo, seguros
de tenerlo todo a su disposición.
Esta falsa seguridad se convierte en
debilidad, porque comporta el
sometimiento del hombre, reducido a
un medio para el desarrollo,
mientras que la humildad de quien
acoge una vocación se transforma en
verdadera autonomía, porque hace
libre a la persona. Pablo VI no
tiene duda de que hay obstáculos y
condicionamientos que frenan el
desarrollo, pero tiene también la
certeza de que «cada uno permanece
siempre, sean los que sean los
influjos que sobre él se ejercen, el
artífice principal de su éxito o de
su fracaso».[39] Esta libertad se
refiere al desarrollo que tenemos
ante nosotros pero, al mismo tiempo,
también a las situaciones de
subdesarrollo, que no son fruto de
la casualidad o de una necesidad
histórica, sino que dependen de la
responsabilidad humana. Por eso,
«los pueblos hambrientos interpelan
hoy, con acento dramático, a los
pueblos opulentos».[40] También esto
es vocación, en cuanto llamada de
hombres libres a hombres libres para
asumir una responsabilidad común.
Pablo VI percibía netamente la
importancia de las estructuras
económicas y de las instituciones,
pero se daba cuenta con igual
claridad de que la naturaleza de
éstas era ser instrumentos de la
libertad humana. Sólo si es libre,
el desarrollo puede ser
integralmente humano; sólo en un
régimen de libertad responsable
puede crecer de manera adecuada.
18. Además de la
libertad, el desarrollo humano
integral como vocación exige también
que se respete la verdad. La
vocación al progreso impulsa a los
hombres a «hacer, conocer y tener
más para ser más».[41] Pero la
cuestión es: ¿qué significa «ser
más»? A esta pregunta, Pablo VI
responde indicando lo que comporta
esencialmente el «auténtico
desarrollo»: «debe ser integral, es
decir, promover a todos los hombres
y a todo el hombre».[42] En la
concurrencia entre las diferentes
visiones del hombre que, más aún que
en la sociedad de Pablo VI, se
proponen también en la de hoy, la
visión cristiana tiene la
peculiaridad de afirmar y justificar
el valor incondicional de la persona
humana y el sentido de su
crecimiento. La vocación cristiana
al desarrollo ayuda a buscar la
promoción de todos los hombres y de
todo el hombre. Pablo VI escribe:
«Lo que cuenta para nosotros es el
hombre, cada hombre, cada agrupación
de hombres, hasta la humanidad
entera».[43] La fe cristiana se
ocupa del desarrollo, no apoyándose
en privilegios o posiciones de
poder, ni tampoco en los méritos de
los cristianos, que ciertamente se
han dado y también hoy se dan, junto
con sus naturales limitaciones,[44]
sino sólo en Cristo, al cual debe
remitirse toda vocación auténtica al
desarrollo humano integral. El
Evangelio es un elemento fundamental
del desarrollo porque, en él,
Cristo, «en la misma revelación del
misterio del Padre y de su amor,
manifiesta plenamente el hombre al
propio hombre».[45] Con las
enseñanzas de su Señor, la Iglesia
escruta los signos de los tiempos,
los interpreta y ofrece al mundo «lo
que ella posee como propio: una
visión global del hombre y de la
humanidad».[46] Precisamente porque
Dios pronuncia el «sí» más grande al
hombre,[47] el hombre no puede dejar
de abrirse a la vocación divina para
realizar el propio desarrollo. La
verdad del desarrollo consiste en su
totalidad: si no es de todo el
hombre y de todos los hombres, no es
el verdadero desarrollo. Éste es el
mensaje central de la Populorum
progressio, válido hoy y siempre. El
desarrollo humano integral en el
plano natural, al ser respuesta a
una vocación de Dios creador,[48]
requiere su autentificación en «un
humanismo trascendental, que da [al
hombre] su mayor plenitud; ésta es
la finalidad suprema del desarrollo
personal».[49] Por tanto, la
vocación cristiana a dicho
desarrollo abarca tanto el plano
natural como el sobrenatural; éste
es el motivo por el que, «cuando
Dios queda eclipsado, nuestra
capacidad de reconocer el orden
natural, la finalidad y el “bien”,
empieza a disiparse».[50]
19. Finalmente,
la visión del desarrollo como
vocación comporta que su centro sea
la caridad. En la Encíclica
Populorum progressio, Pablo VI
señaló que las causas del
subdesarrollo no son principalmente
de orden material. Nos invitó a
buscarlas en otras dimensiones del
hombre. Ante todo, en la voluntad,
que con frecuencia se desentiende
de los deberes de la solidaridad.
Después, en el pensamiento, que no
siempre sabe orientar adecuadamente
el deseo. Por eso, para alcanzar el
desarrollo hacen falta «pensadores
de reflexión profunda que busquen un
humanismo nuevo, el cual permita al
hombre moderno hallarse a sí
mismo».[51] Pero eso no es todo. El
subdesarrollo tiene una causa más
importante aún que la falta de
pensamiento: es «la falta de
fraternidad entre los hombres y
entre los pueblos».[52] Esta
fraternidad, ¿podrán lograrla alguna
vez los hombres por sí solos? La
sociedad cada vez más globalizada
nos hace más cercanos, pero no más
hermanos. La razón, por sí sola, es
capaz de aceptar la igualdad entre
los hombres y de establecer una
convivencia cívica entre ellos, pero
no consigue fundar la hermandad.
Ésta nace de una vocación
transcendente de Dios Padre, el
primero que nos ha amado, y que nos
ha enseñado mediante el Hijo lo que
es la caridad fraterna. Pablo VI,
presentando los diversos niveles del
proceso de desarrollo del hombre,
puso en lo más alto, después de
haber mencionado la fe, «la unidad
de la caridad de Cristo, que nos
llama a todos a participar, como
hijos, en la vida del Dios vivo,
Padre de todos los hombres».[53]
20. Estas
perspectivas abiertas por la
Populorum progressio siguen siendo
fundamentales para dar vida y
orientación a nuestro compromiso por
el desarrollo de los pueblos.
Además, la Populorum progressio
subraya reiteradamente la urgencia
de las reformas[54] y pide que, ante
los grandes problemas de la
injusticia en el desarrollo de los
pueblos, se actúe con valor y sin
demora. Esta urgencia viene impuesta
también por la caridad en la verdad.
Es la caridad de Cristo la que nos
impulsa: «caritas Christi urget nos»
(2 Co 5,14). Esta urgencia no se
debe sólo al estado de cosas, no se
deriva solamente de la avalancha de
los acontecimientos y problemas,
sino de lo que está en juego: la
necesidad de alcanzar una auténtica
fraternidad. Lograr esta meta es tan
importante que exige tomarla en
consideración para comprenderla a
fondo y movilizarse «concretamente
con el corazón», con el fin de hacer
cambiar los procesos económicos y
sociales actuales hacia metas
plenamente humanas.
CAPÍTULO SEGUNDO
EL DESARROLLO HUMANO EN NUESTRO
TIEMPO
21. Pablo VI
tenía una visión articulada del
desarrollo. Con el término
«desarrollo » quiso indicar ante
todo el objetivo de que los pueblos
salieran del hambre, la miseria, las
enfermedades endémicas y el
analfabetismo. Desde el punto de
vista económico, eso significaba su
participación activa y en
condiciones de igualdad en el
proceso económico internacional;
desde el punto de vista social, su
evolución hacia sociedades
solidarias y con buen nivel de
formación; desde el punto de vista
político, la consolidación de
regímenes democráticos capaces de
asegurar libertad y paz. Después de
tantos años, al ver con preocupación
el desarrollo y la perspectiva de
las crisis que se suceden en estos
tiempos, nos preguntamos hasta qué
punto se han cumplido las
expectativas de Pablo VI siguiendo
el modelo de desarrollo que se ha
adoptado en las últimas décadas. Por
tanto, reconocemos que estaba
fundada la preocupación de la
Iglesia por la capacidad del hombre
meramente tecnológico para fijar
objetivos realistas y poder
gestionar constante y adecuadamente
los instrumentos disponibles. La
ganancia es útil si, como medio, se
orienta a un fin que le dé un
sentido, tanto en el modo de
adquirirla como de utilizarla. El
objetivo exclusivo del beneficio,
cuando es obtenido mal y sin el bien
común como fin último, corre el
riesgo de destruir riqueza y crear
pobreza. El desarrollo económico que
Pablo VI deseaba era el que
produjera un crecimiento real,
extensible a todos y concretamente
sostenible. Es verdad que el
desarrollo ha sido y sigue siendo un
factor positivo que ha sacado de la
miseria a miles de millones de
personas y que, últimamente, ha dado
a muchos países la posibilidad de
participar efectivamente en la
política internacional. Sin embargo,
se ha de reconocer que el desarrollo
económico mismo ha estado, y lo está
aún, aquejado por desviaciones y
problemas dramáticos, que la crisis
actual ha puesto todavía más de
manifiesto. Ésta nos pone
improrrogablemente ante decisiones
que afectan cada vez más al destino
mismo del hombre, el cual, por lo
demás, no puede prescindir de su
naturaleza. Las fuerzas técnicas que
se mueven, las interrelaciones
planetarias, los efectos perniciosos
sobre la economía real de una
actividad financiera mal utilizada y
en buena parte especulativa, los
imponentes flujos migratorios,
frecuentemente provocados y después
no gestionados adecuadamente, o la
explotación sin reglas de los
recursos de la tierra, nos induce
hoy a reflexionar sobre las medidas
necesarias para solucionar problemas
que no sólo son nuevos respecto a
los afrontados por el Papa Pablo VI,
sino también, y sobre todo, que
tienen un efecto decisivo para el
bien presente y futuro de la
humanidad. Los aspectos de la crisis
y sus soluciones, así como la
posibilidad de un futuro nuevo
desarrollo, están cada vez más
interrelacionados, se implican
recíprocamente, requieren nuevos
esfuerzos de comprensión unitaria y
una nueva síntesis humanista. Nos
preocupa justamente la complejidad y
gravedad de la situación económica
actual, pero hemos de asumir con
realismo, confianza y esperanza las
nuevas responsabilidades que nos
reclama la situación de un mundo que
necesita una profunda renovación
cultural y el redescubrimiento de
valores de fondo sobre los cuales
construir un futuro mejor. La crisis
nos obliga a revisar nuestro camino,
a darnos nuevas reglas y a encontrar
nuevas formas de compromiso, a
apoyarnos en las experiencias
positivas y a rechazar las
negativas. De este modo, la crisis
se convierte en ocasión de discernir
y proyectar de un modo nuevo.
Conviene afrontar las dificultades
del presente en esta clave, de
manera confiada más que resignada.
22. Hoy, el
cuadro del desarrollo se despliega
en múltiples ámbitos. Los actores y
las causas, tanto del subdesarrollo
como del desarrollo, son múltiples,
las culpas y los méritos son muchos
y diferentes. Esto debería llevar a
liberarse de las ideologías, que con
frecuencia simplifican de manera
artificiosa la realidad, y a
examinar con objetividad la
dimensión humana de los problemas.
Como ya señaló Juan Pablo II,[55] la
línea de demarcación entre países
ricos y pobres ahora no es tan neta
como en tiempos de la Populorum
progressio. La riqueza mundial crece
en términos absolutos, pero aumentan
también las desigualdades. En los
países ricos, nuevas categorías
sociales se empobrecen y nacen
nuevas pobrezas. En las zonas más
pobres, algunos grupos gozan de un
tipo de superdesarrollo derrochador
y consumista, que contrasta de modo
inaceptable con situaciones
persistentes de miseria
deshumanizadora. Se sigue
produciendo « el escándalo de las
disparidades hirientes ».[56]
Lamentablemente, hay corrupción e
ilegalidad tanto en el
comportamiento de sujetos económicos
y políticos de los países ricos,
nuevos y antiguos, como en los
países pobres. La falta de respeto
de los derechos humanos de los
trabajadores es provocada a veces
por grandes empresas multinacionales
y también por grupos de producción
local. Las ayudas internacionales se
han desviado con frecuencia de su
finalidad por irresponsabilidades
tanto en los donantes como en los
beneficiarios. Podemos encontrar la
misma articulación de
responsabilidades también en el
ámbito de las causas inmateriales o
culturales del desarrollo y el
subdesarrollo. Hay formas excesivas
de protección de los conocimientos
por parte de los países ricos, a
través de un empleo demasiado rígido
del derecho a la propiedad
intelectual, especialmente en el
campo sanitario. Al mismo tiempo, en
algunos países pobres perduran
modelos culturales y normas sociales
de comportamiento que frenan el
proceso de desarrollo.
23. Hoy, muchas
áreas del planeta se han
desarrollado, aunque de modo
problemático y desigual, entrando a
formar parte del grupo de las
grandes potencias destinado a jugar
un papel importante en el futuro.
Pero se ha de subrayar que no basta
progresar sólo desde el punto de
vista económico y tecnológico. El
desarrollo necesita ser ante todo
auténtico e integral. El salir del
atraso económico, algo en sí mismo
positivo, no soluciona la
problemática compleja de la
promoción del hombre, ni en los
países protagonistas de estos
adelantos, ni en los países
económicamente ya desarrollados, ni
en los que todavía son pobres, los
cuales pueden sufrir, además de
antiguas formas de explotación, las
consecuencias negativas que se
derivan de un crecimiento marcado
por desviaciones y desequilibrios.
Tras el derrumbe
de los sistemas económicos y
políticos de los países comunistas
de Europa Oriental y el fin de los
llamados «bloques contrapuestos »,
hubiera sido necesario un
replanteamiento total del
desarrollo. Lo pidió Juan Pablo II,
quien en 1987 indicó que la
existencia de estos « bloques » era
una de las principales causas del
subdesarrollo,[57] pues la política
sustraía recursos a la economía y a
la cultura, y la ideología inhibía
la libertad. En 1991, después de los
acontecimientos de 1989, pidió
también que el fin de los bloques se
correspondiera con un nuevo modo de
proyectar globalmente el desarrollo,
no sólo en aquellos países, sino
también en Occidente y en las partes
del mundo que se estaban
desarrollando.[58] Esto ha ocurrido
sólo en parte, y sigue siendo un
deber llevarlo a cabo, tal vez
aprovechando precisamente las
medidas necesarias para superar los
problemas económicos actuales.
24. El mundo que
Pablo VI tenía ante sí, aunque el
proceso de socialización estuviera
ya avanzado y pudo hablar de una
cuestión social que se había hecho
mundial, estaba aún mucho menos
integrado que el actual. La
actividad económica y la función
política se movían en gran parte
dentro de los mismos confines y
podían contar, por tanto, la una con
la otra. La actividad productiva
tenía lugar predominantemente en los
ámbitos nacionales y las inversiones
financieras circulaban de forma
bastante limitada con el extranjero,
de manera que la política de muchos
estados podía fijar todavía las
prioridades de la economía y, de
algún modo, gobernar su curso con
los instrumentos que tenía a su
disposición. Por este motivo, la
Populorum progressio asignó un papel
central, aunque no exclusivo, a los
« poderes públicos ».[59]
En nuestra época,
el Estado se encuentra con el deber
de afrontar las limitaciones que
pone a su soberanía el nuevo
contexto económico-comercial y
financiero internacional,
caracterizado también por una
creciente movilidad de los capitales
financieros y los medios de
producción materiales e
inmateriales. Este nuevo contexto ha
modificado el poder político de los
estados.
Hoy, aprendiendo
también la lección que proviene de
la crisis económica actual, en la
que los poderes públicos del Estado
se ven llamados directamente a
corregir errores y disfunciones,
parece más realista una renovada
valoración de su papel y de su
poder, que han de ser sabiamente
reexaminados y revalorizados, de
modo que sean capaces de afrontar
los desafíos del mundo actual,
incluso con nuevas modalidades de
ejercerlos. Con un papel mejor
ponderado de los poderes públicos,
es previsible que se fortalezcan las
nuevas formas de participación en la
política nacional e internacional
que tienen lugar a través de la
actuación de las organizaciones de
la sociedad civil; en este sentido,
es de desear que haya mayor atención
y participación en la res publica
por parte de los ciudadanos.
25. Desde el
punto de vista social, a los
sistemas de protección y previsión,
ya existentes en tiempos de Pablo VI
en muchos países, les cuesta
trabajo, y les costará todavía más
en el futuro, lograr sus objetivos
de verdadera justicia social dentro
de un cuadro de fuerzas
profundamente transformado. El
mercado, al hacerse global, ha
estimulado, sobre todo en países
ricos, la búsqueda de áreas en las
que emplazar la producción a bajo
coste con el fin de reducir los
precios de muchos bienes, aumentar
el poder de adquisición y acelerar
por tanto el índice de crecimiento,
centrado en un mayor consumo en el
propio mercado interior.
Consecuentemente, el mercado ha
estimulado nuevas formas de
competencia entre los estados con el
fin de atraer centros productivos de
empresas extranjeras, adoptando
diversas medidas, como una
fiscalidad favorable y la falta de
reglamentación del mundo del
trabajo. Estos procesos han llevado
a la reducción de la red de
seguridad social a cambio de la
búsqueda de mayores ventajas
competitivas en el mercado global,
con grave peligro para los derechos
de los trabajadores, para los
derechos fundamentales del hombre y
para la solidaridad en las
tradicionales formas del Estado
social. Los sistemas de seguridad
social pueden perder la capacidad de
cumplir su tarea, tanto en los
países pobres, como en los
emergentes, e incluso en los ya
desarrollados desde hace tiempo. En
este punto, las políticas de
balance, con los recortes al gasto
social, con frecuencia promovidos
también por las instituciones
financieras internacionales, pueden
dejar a los ciudadanos impotentes
ante riesgos antiguos y nuevos;
dicha impotencia aumenta por la
falta de protección eficaz por parte
de las asociaciones de los
trabajadores. El conjunto de los
cambios sociales y económicos hace
que las organizaciones sindicales
tengan mayores dificultades para
desarrollar su tarea de
representación de los intereses de
los trabajadores, también porque los
gobiernos, por razones de utilidad
económica, limitan a menudo las
libertades sindicales o la capacidad
de negociación de los sindicatos
mismos. Las redes de solidaridad
tradicionales se ven obligadas a
superar mayores obstáculos. Por
tanto, la invitación de la doctrina
social de la Iglesia, empezando por
la Rerum novarum,[60] a dar vida a
asociaciones de trabajadores para
defender sus propios derechos ha de
ser respetada, hoy más que ayer,
dando ante todo una respuesta pronta
y de altas miras a la urgencia de
establecer nuevas sinergias en el
ámbito internacional y local.
La movilidad
laboral, asociada a la desregulación
generalizada, ha sido un fenómeno
importante, no exento de aspectos
positivos porque estimula la
producción de nueva riqueza y el
intercambio entre culturas
diferentes. Sin embargo, cuando la
incertidumbre sobre las condiciones
de trabajo a causa de la movilidad y
la desregulación se hace endémica,
surgen formas de inestabilidad
psicológica, de dificultad para
crear caminos propios coherentes en
la vida, incluido el del matrimonio.
Como consecuencia, se producen
situaciones de deterioro humano y de
desperdicio social. Respecto a lo
que sucedía en la sociedad
industrial del pasado, el paro
provoca hoy nuevas formas de
irrelevancia económica, y la actual
crisis sólo puede empeorar dicha
situación. El estar sin trabajo
durante mucho tiempo, o la
dependencia prolongada de la
asistencia pública o privada, mina
la libertad y la creatividad de la
persona y sus relaciones familiares
y sociales, con graves daños en el
plano psicológico y espiritual.
Quisiera recordar a todos, en
especial a los gobernantes que se
ocupan en dar un aspecto renovado al
orden económico y social del mundo,
que el primer capital que se ha de
salvaguardar y valorar es el hombre,
la persona en su integridad: « Pues
el hombre es el autor, el centro y
el fin de toda la vida
económico-social».[61]
26. En el plano
cultural, las diferencias son aún
más acusadas que en la época de
Pablo VI. Entonces, las culturas
estaban generalmente bien definidas
y tenían más posibilidades de
defenderse ante los intentos de
hacerlas homogéneas. Hoy, las
posibilidades de interacción entre
las culturas han aumentado
notablemente, dando lugar a nuevas
perspectivas de diálogo
intercultural, un diálogo que, para
ser eficaz, ha de tener como punto
de partida una toma de conciencia de
la identidad específica de los
diversos interlocutores. Pero no se
ha de olvidar que la progresiva
mercantilización de los intercambios
culturales aumenta hoy un doble
riesgo. Se nota, en primer lugar, un
eclecticismo cultural asumido con
frecuencia de manera acrítica: se
piensa en las culturas como
superpuestas unas a otras,
sustancialmente equivalentes e
intercambiables. Eso induce a caer
en un relativismo que en nada ayuda
al verdadero diálogo intercultural;
en el plano social, el relativismo
cultural provoca que los grupos
culturales estén juntos o convivan,
pero separados, sin diálogo
auténtico y, por lo tanto, sin
verdadera integración. Existe, en
segundo lugar, el peligro opuesto de
rebajar la cultura y homologar los
comportamientos y estilos de vida.
De este modo, se pierde el sentido
profundo de la cultura de las
diferentes naciones, de las
tradiciones de los diversos pueblos,
en cuyo marco la persona se enfrenta
a las cuestiones fundamentales de la
existencia.[62] El eclecticismo y el
bajo nivel cultural coinciden en
separar la cultura de la naturaleza
humana. Así, las culturas ya no
saben encontrar su lugar en una
naturaleza que las transciende,[63]
terminando por reducir al hombre a
mero dato cultural. Cuando esto
ocurre, la humanidad corre nuevos
riesgos de sometimiento y
manipulación.
27. En muchos
países pobres persiste, y amenaza
con acentuarse, la extrema
inseguridad de vida a causa de la
falta de alimentación: el hambre
causa todavía muchas víctimas entre
tantos Lázaros a los que no se les
consiente sentarse a la mesa del
rico epulón, como en cambio Pablo VI
deseaba.[64] Dar de comer a los
hambrientos (cf. Mt 25,35.37.42) es
un imperativo ético para la Iglesia
universal, que responde a las
enseñanzas de su Fundador, el Señor
Jesús, sobre la solidaridad y el
compartir. Además, en la era de la
globalización, eliminar el hambre en
el mundo se ha convertido también en
una meta que se ha de lograr para
salvaguardar la paz y la estabilidad
del planeta. El hambre no depende
tanto de la escasez material, cuanto
de la insuficiencia de recursos
sociales, el más importante de los
cuales es de tipo institucional. Es
decir, falta un sistema de
instituciones económicas capaces,
tanto de asegurar que se tenga
acceso al agua y a la comida de
manera regular y adecuada desde el
punto de vista nutricional, como de
afrontar las exigencias relacionadas
con las necesidades primarias y con
las emergencias de crisis
alimentarias reales, provocadas por
causas naturales o por la
irresponsabilidad política nacional
e internacional. El problema de la
inseguridad alimentaria debe ser
planteado en una perspectiva de
largo plazo, eliminando las causas
estructurales que lo provocan y
promoviendo el desarrollo agrícola
de los países más pobres mediante
inversiones en infraestructuras
rurales, sistemas de riego,
transportes, organización de los
mercados, formación y difusión de
técnicas agrícolas apropiadas,
capaces de utilizar del mejor modo
los recursos humanos, naturales y
socio-económicos, que se puedan
obtener preferiblemente en el propio
lugar, para asegurar así también su
sostenibilidad a largo plazo. Todo
eso ha de llevarse a cabo implicando
a las comunidades locales en las
opciones y decisiones referentes a
la tierra de cultivo. En esta
perspectiva, podría ser útil tener
en cuenta las nuevas fronteras que
se han abierto en el empleo correcto
de las técnicas de producción
agrícola tradicional, así como las
más innovadoras, en el caso de que
éstas hayan sido reconocidas, tras
una adecuada verificación,
convenientes, respetuosas del
ambiente y atentas a las poblaciones
más desfavorecidas. Al mismo tiempo,
no se debería descuidar la cuestión
de una reforma agraria ecuánime en
los países en desarrollo. El derecho
a la alimentación y al agua tiene un
papel importante para conseguir
otros derechos, comenzando ante todo
por el derecho primario a la vida.
Por tanto, es necesario que madure
una conciencia solidaria que
considere la alimentación y el
acceso al agua como derechos
universales de todos los seres
humanos, sin distinciones ni
discriminaciones.[65] Es importante
destacar, además, que la vía
solidaria hacia el desarrollo de los
países pobres puede ser un proyecto
de solución de la crisis global
actual, como lo han intuido en los
últimos tiempos hombres políticos y
responsables de instituciones
internacionales. Apoyando a los
países económicamente pobres
mediante planes de financiación
inspirados en la solidaridad, con el
fin de que ellos mismos puedan
satisfacer las necesidades de bienes
de consumo y desarrollo de los
propios ciudadanos, no sólo se puede
producir un verdadero crecimiento
económico, sino que se puede
contribuir también a sostener la
capacidad productiva de los países
ricos, que corre peligro de quedar
comprometida por la crisis.
28. Uno de los
aspectos más destacados del
desarrollo actual es la importancia
del tema del respeto a la vida, que
en modo alguno puede separarse de
las cuestiones relacionadas con el
desarrollo de los pueblos. Es un
aspecto que últimamente está
asumiendo cada vez mayor relieve,
obligándonos a ampliar el concepto
de pobreza [66] y de subdesarrollo a
los problemas vinculados con la
acogida de la vida, sobre todo donde
ésta se ve impedida de diversas
formas.
La situación de
pobreza no sólo provoca todavía en
muchas zonas un alto índice de
mortalidad infantil, sino que en
varias partes del mundo persisten
prácticas de control demográfico por
parte de los gobiernos, que con
frecuencia difunden la contracepción
y llegan incluso a imponer también
el aborto. En los países
económicamente más desarrollados,
las legislaciones contrarias a la
vida están muy extendidas y han
condicionado ya las costumbres y la
praxis, contribuyendo a difundir una
mentalidad antinatalista, que muchas
veces se trata de transmitir también
a otros estados como si fuera un
progreso cultural.
Algunas
organizaciones no gubernamentales,
además, difunden el aborto,
promoviendo a veces en los países
pobres la adopción de la práctica de
la esterilización, incluso en
mujeres a quienes no se pide su
consentimiento. Por añadidura,
existe la sospecha fundada de que,
en ocasiones, las ayudas al
desarrollo se condicionan a
determinadas políticas sanitarias
que implican de hecho la imposición
de un fuerte control de la
natalidad. Preocupan también tanto
las legislaciones que aceptan la
eutanasia como las presiones de
grupos nacionales e internacionales
que reivindican su reconocimiento
jurídico.
La apertura a la
vida está en el centro del verdadero
desarrollo. Cuando una sociedad se
encamina hacia la negación y la
supresión de la vida, acaba por no
encontrar la motivación y la energía
necesaria para esforzarse en el
servicio del verdadero bien del
hombre. Si se pierde la sensibilidad
personal y social para acoger una
nueva vida, también se marchitan
otras formas de acogida provechosas
para la vida social.[67] La acogida
de la vida forja las energías
morales y capacita para la ayuda
recíproca. Fomentando la apertura a
la vida, los pueblos ricos pueden
comprender mejor las necesidades de
los que son pobres, evitar el empleo
de ingentes recursos económicos e
intelectuales para satisfacer deseos
egoístas entre los propios
ciudadanos y promover, por el
contrario, buenas actuaciones en la
perspectiva de una producción
moralmente sana y solidaria, en el
respeto del derecho fundamental de
cada pueblo y cada persona a la
vida.
29. Hay otro
aspecto de la vida de hoy, muy
estrechamente unido con el
desarrollo: la negación del derecho
a la libertad religiosa. No me
refiero sólo a las luchas y
conflictos que todavía se producen
en el mundo por motivos religiosos,
aunque a veces la religión sea
solamente una cobertura para razones
de otro tipo, como el afán de poder
y riqueza. En efecto, hoy se mata
frecuentemente en el nombre sagrado
de Dios, como muchas veces ha
manifestado y deplorado públicamente
mi predecesor Juan Pablo II y yo
mismo.[68] La violencia frena el
desarrollo auténtico e impide la
evolución de los pueblos hacia un
mayor bienestar socioeconómico y
espiritual. Esto ocurre
especialmente con el terrorismo de
inspiración fundamentalista,[69] que
causa dolor, devastación y muerte,
bloquea el diálogo entre las
naciones y desvía grandes recursos
de su empleo pacífico y civil. No
obstante, se ha de añadir que,
además del fanatismo religioso que
impide el ejercicio del derecho a la
libertad de religión en algunos
ambientes, también la promoción
programada de la indiferencia
religiosa o del ateísmo práctico por
parte de muchos países contrasta con
las necesidades del desarrollo de
los pueblos, sustrayéndoles bienes
espirituales y humanos. Dios es el
garante del verdadero desarrollo del
hombre en cuanto, habiéndolo creado
a su imagen, funda también su
dignidad trascendente y alimenta su
anhelo constitutivo de « ser más ».
El ser humano no es un átomo perdido
en un universo casual,[70] sino una
criatura de Dios, a quien Él ha
querido dar un alma inmortal y al
que ha amado desde siempre. Si el
hombre fuera fruto sólo del azar o
la necesidad, o si tuviera que
reducir sus aspiraciones al
horizonte angosto de las situaciones
en que vive, si todo fuera
únicamente historia y cultura, y el
hombre no tuviera una naturaleza
destinada a transcenderse en una
vida sobrenatural, podría hablarse
de incremento o de evolución, pero
no de desarrollo. Cuando el Estado
promueve, enseña, o incluso impone
formas de ateísmo práctico, priva a
sus ciudadanos de la fuerza moral y
espiritual indispensable para
comprometerse en el desarrollo
humano integral y les impide avanzar
con renovado dinamismo en su
compromiso en favor de una respuesta
humana más generosa al amor
divino.[71] Y también se da el caso
de que países económicamente
desarrollados o emergentes exporten
a los países pobres, en el contexto
de sus relaciones culturales,
comerciales y políticas, esta visión
restringida de la persona y su
destino. Éste es el daño que el
« superdesarrollo »[72] produce al
desarrollo auténtico, cuando va
acompañado por el « subdesarrollo
moral».[73]
30. En esta
línea, el tema del desarrollo humano
integral adquiere un alcance aún más
complejo: la correlación entre sus
múltiples elementos exige un
esfuerzo para que los diferentes
ámbitos del saber humano sean
interactivos, con vistas a la
promoción de un verdadero desarrollo
de los pueblos. Con frecuencia, se
cree que basta aplicar el desarrollo
o las medidas socioeconómicas
correspondientes mediante una
actuación común. Sin embargo, este
actuar común necesita ser orientado,
porque « toda acción social implica
una doctrina ».[74] Teniendo en
cuenta la complejidad de los
problemas, es obvio que las
diferentes disciplinas deben
colaborar en una
interdisciplinariedad ordenada. La
caridad no excluye el saber, más
bien lo exige, lo promueve y lo
anima desde dentro. El saber nunca
es sólo obra de la inteligencia.
Ciertamente, puede reducirse a
cálculo y experimentación, pero si
quiere ser sabiduría capaz de
orientar al hombre a la luz de los
primeros principios y de su fin
último, ha de ser « sazonado » con
la « sal » de la caridad. Sin el
saber, el hacer es ciego, y el saber
es estéril sin el amor. En efecto,
«el que está animado de una
verdadera caridad es ingenioso para
descubrir las causas de la miseria,
para encontrar los medios de
combatirla, para vencerla con
intrepidez ».[75] Al afrontar los
fenómenos que tenemos delante, la
caridad en la verdad exige ante todo
conocer y entender, conscientes y
respetuosos de la competencia
específica de cada ámbito del saber.
La caridad no es una añadidura
posterior, casi como un apéndice al
trabajo ya concluido de las
diferentes disciplinas, sino que
dialoga con ellas desde el
principio. Las exigencias del amor
no contradicen las de la razón. El
saber humano es insuficiente y las
conclusiones de las ciencias no
podrán indicar por sí solas la vía
hacia el desarrollo integral del
hombre. Siempre hay que lanzarse más
allá: lo exige la caridad en la
verdad.[76] Pero ir más allá nunca
significa prescindir de las
conclusiones de la razón, ni
contradecir sus resultados. No
existe la inteligencia y después el
amor: existe el amor rico en
inteligencia y la inteligencia llena
de amor.
31. Esto
significa que la valoración moral y
la investigación científica deben
crecer juntas, y que la caridad ha
de animarlas en un conjunto
interdisciplinar armónico, hecho de
unidad y distinción. La doctrina
social de la Iglesia, que tiene
« una importante dimensión
interdisciplinar »,[77] puede
desempeñar en esta perspectiva una
función de eficacia extraordinaria.
Permite a la fe, a la teología, a la
metafísica y a las ciencias
encontrar su lugar dentro de una
colaboración al servicio del hombre.
La doctrina social de la Iglesia
ejerce especialmente en esto su
dimensión sapiencial. Pablo VI vio
con claridad que una de las causas
del subdesarrollo es una falta de
sabiduría, de reflexión, de
pensamiento capaz de elaborar una
síntesis orientadora,[78] y que
requiere « una clara visión de todos
los aspectos económicos, sociales,
culturales y espirituales ».[79] La
excesiva sectorización del
saber,[80] el cerrarse de las
ciencias humanas a la
metafísica,[81] las dificultades del
diálogo entre las ciencias y la
teología, no sólo dañan el
desarrollo del saber, sino también
el desarrollo de los pueblos, pues,
cuando eso ocurre, se obstaculiza la
visión de todo el bien del hombre en
las diferentes dimensiones que lo
caracterizan. Es indispensable
« ampliar nuestro concepto de razón
y de su uso »[82] para conseguir
ponderar adecuadamente todos los
términos de la cuestión del
desarrollo y de la solución de los
problemas socioeconómicos.
32. Las grandes
novedades que presenta hoy el cuadro
del desarrollo de los pueblos
plantean en muchos casos la
exigencia de nuevas soluciones.
Éstas han de buscarse, a la vez, en
el respeto de las leyes propias de
cada cosa y a la luz de una visión
integral del hombre que refleje los
diversos aspectos de la persona
humana, considerada con la mirada
purificada por la caridad. Así se
descubrirán singulares convergencias
y posibilidades concretas de
solución, sin renunciar a ningún
componente fundamental de la vida
humana.
La dignidad de la
persona y las exigencias de la
justicia requieren, sobre todo hoy,
que las opciones económicas no hagan
aumentar de manera excesiva y
moralmente inaceptable las
desigualdades [83] y que se siga
buscando como prioridad el objetivo
del acceso al trabajo por parte de
todos, o lo mantengan. Pensándolo
bien, esto es también una exigencia
de la « razón económica». El aumento
sistémico de las desigualdades entre
grupos sociales dentro de un mismo
país y entre las poblaciones de los
diferentes países, es decir, el
aumento masivo de la pobreza
relativa, no sólo tiende a erosionar
la cohesión social y, de este modo,
poner en peligro la democracia, sino
que tiene también un impacto
negativo en el plano económico por
el progresivo desgaste del « capital
social », es decir, del conjunto de
relaciones de confianza, fiabilidad
y respeto de las normas, que son
indispensables en toda convivencia
civil.
La ciencia
económica nos dice también que una
situación de inseguridad estructural
da origen a actitudes
antiproductivas y al derroche de
recursos humanos, en cuanto que el
trabajador tiende a adaptarse
pasivamente a los mecanismos
automáticos, en vez de dar espacio a
la creatividad. También sobre este
punto hay una convergencia entre
ciencia económica y valoración
moral. Los costes humanos son
siempre también costes económicos y
las disfunciones económicas
comportan igualmente costes humanos.
Además, se ha de
recordar que rebajar las culturas a
la dimensión tecnológica, aunque
puede favorecer la obtención de
beneficios a corto plazo, a la larga
obstaculiza el enriquecimiento mutuo
y las dinámicas de colaboración. Es
importante distinguir entre
consideraciones económicas o
sociológicas a corto y largo plazo.
Reducir el nivel de tutela de los
derechos de los trabajadores y
renunciar a mecanismos de
redistribución del rédito con el fin
de que el país adquiera mayor
competitividad internacional,
impiden consolidar un desarrollo
duradero. Por tanto, se han de
valorar cuidadosamente las
consecuencias que tienen sobre las
personas las tendencias actuales
hacia una economía de corto, a veces
brevísimo plazo. Esto exige « una
nueva y más profunda reflexión sobre
el sentido de la economía y de sus
fines »,[84] además de una honda
revisión con amplitud de miras del
modelo de desarrollo, para corregir
sus disfunciones y desviaciones. Lo
exige, en realidad, el estado de
salud ecológica del planeta; lo
requiere sobre todo la crisis
cultural y moral del hombre, cuyos
síntomas son evidentes en todas las
partes del mundo desde hace tiempo.
33. Más de
cuarenta años después de la
Populorum progressio, su argumento
de fondo, el progreso, sigue siendo
aún un problema abierto, que se ha
hecho más agudo y perentorio por la
crisis económico-financiera que se
está produciendo. Aunque algunas
zonas del planeta que sufrían la
pobreza han experimentado cambios
notables en términos de crecimiento
económico y participación en la
producción mundial, otras viven
todavía en una situación de miseria
comparable a la que había en tiempos
de Pablo VI y, en algún caso, puede
decirse que peor. Es significativo
que algunas causas de esta situación
fueran ya señaladas en la Populorum
progressio, como por ejemplo, los
altos aranceles aduaneros impuestos
por los países económicamente
desarrollados, que todavía impiden a
los productos procedentes de los
países pobres llegar a los mercados
de los países ricos. En cambio,
otras causas que la Encíclica sólo
esbozó, han adquirido después mayor
relieve. Este es el caso de la
valoración del proceso de
descolonización, por entonces en
pleno auge. Pablo VI deseaba un
itinerario autónomo que se
recorriera en paz y libertad.
Después de más de cuarenta años,
hemos de reconocer lo difícil que ha
sido este recorrido, tanto por
nuevas formas de colonialismo y
dependencia de antiguos y nuevos
países hegemónicos, como por graves
irresponsabilidades internas en los
propios países que se han
independizado.
La novedad
principal ha sido el estallido de la
interdependencia planetaria, ya
comúnmente llamada globalización.
Pablo VI lo había previsto
parcialmente, pero es sorprendente
el alcance y la impetuosidad de su
auge. Surgido en los países
económicamente desarrollados, este
proceso ha implicado por su
naturaleza a todas las economías. Ha
sido el motor principal para que
regiones enteras superaran el
subdesarrollo y es, de por sí, una
gran oportunidad. Sin embargo, sin
la guía de la caridad en la verdad,
este impulso planetario puede
contribuir a crear riesgo de daños
hasta ahora desconocidos y nuevas
divisiones en la familia humana. Por
eso, la caridad y la verdad nos
plantean un compromiso inédito y
creativo, ciertamente muy vasto y
complejo. Se trata de ensanchar la
razón y hacerla capaz de conocer y
orientar estas nuevas e imponentes
dinámicas, animándolas en la
perspectiva de esa « civilización
del amor », de la cual Dios ha
puesto la semilla en cada pueblo y
en cada cultura.
CAPÍTULO TERCERO
FRATERNIDAD, DESARROLLO ECONÓMICO Y
SOCIEDAD CIVIL
34. La caridad en
la verdad pone al hombre ante la
sorprendente experiencia del don. La
gratuidad está en su vida de muchas
maneras, aunque frecuentemente pasa
desapercibida debido a una visión de
la existencia que antepone a todo la
productividad y la utilidad. El ser
humano está hecho para el don, el
cual manifiesta y desarrolla su
dimensión trascendente. A veces, el
hombre moderno tiene la errónea
convicción de ser el único autor de
sí mismo, de su vida y de la
sociedad. Es una presunción fruto de
la cerrazón egoísta en sí mismo, que
procede —por decirlo con una
expresión creyente— del pecado de
los orígenes. La sabiduría de la
Iglesia ha invitado siempre a no
olvidar la realidad del pecado
original, ni siquiera en la
interpretación de los fenómenos
sociales y en la construcción de la
sociedad: « Ignorar que el hombre
posee una naturaleza herida,
inclinada al mal, da lugar a graves
errores en el dominio de la
educación, de la política, de la
acción social y de las
costumbres ».[85] Hace tiempo que la
economía forma parte del conjunto de
los ámbitos en que se manifiestan
los efectos perniciosos del pecado.
Nuestros días nos ofrecen una prueba
evidente. Creerse autosuficiente y
capaz de eliminar por sí mismo el
mal de la historia ha inducido al
hombre a confundir la felicidad y la
salvación con formas inmanentes de
bienestar material y de actuación
social. Además, la exigencia de la
economía de ser autónoma, de no
estar sujeta a « injerencias » de
carácter moral, ha llevado al hombre
a abusar de los instrumentos
económicos incluso de manera
destructiva. Con el pasar del
tiempo, estas posturas han
desembocado en sistemas económicos,
sociales y políticos que han
tiranizado la libertad de la persona
y de los organismos sociales y que,
precisamente por eso, no han sido
capaces de asegurar la justicia que
prometían. Como he afirmado en la
Encíclica Spe salvi, se elimina así
de la historia la esperanza
cristiana,[86] que no obstante es un
poderoso recurso social al servicio
del desarrollo humano integral, en
la libertad y en la justicia. La
esperanza sostiene a la razón y le
da fuerza para orientar la
voluntad.[87] Está ya presente en la
fe, que la suscita. La caridad en la
verdad se nutre de ella y, al mismo
tiempo, la manifiesta. Al ser un don
absolutamente gratuito de Dios,
irrumpe en nuestra vida como algo
que no es debido, que trasciende
toda ley de justicia. Por su
naturaleza, el don supera el mérito,
su norma es sobreabundar. Nos
precede en nuestra propia alma como
signo de la presencia de Dios en
nosotros y de sus expectativas para
con nosotros. La verdad que, como la
caridad es don, nos supera, como
enseña San Agustín.[88] Incluso
nuestra propia verdad, la de nuestra
conciencia personal, ante todo, nos
ha sido « dada ». En efecto, en todo
proceso cognitivo la verdad no es
producida por nosotros, sino que se
encuentra o, mejor aún, se recibe.
Como el amor, « no nace del
pensamiento o la voluntad, sino que
en cierto sentido se impone al ser
humano».[89]
Al ser un don
recibido por todos, la caridad en la
verdad es una fuerza que funda la
comunidad, unifica a los hombres de
manera que no haya barreras o
confines. La comunidad humana puede
ser organizada por nosotros mismos,
pero nunca podrá ser sólo con sus
propias fuerzas una comunidad
plenamente fraterna ni aspirar a
superar las fronteras, o convertirse
en una comunidad universal. La
unidad del género humano, la
comunión fraterna más allá de toda
división, nace de la palabra de
Dios-Amor que nos convoca. Al
afrontar esta cuestión decisiva,
hemos de precisar, por un lado, que
la lógica del don no excluye la
justicia ni se yuxtapone a ella como
un añadido externo en un segundo
momento y, por otro, que el
desarrollo económico, social y
político necesita, si quiere ser
auténticamente humano, dar espacio
al principio de gratuidad como
expresión de fraternidad.
35. Si hay
confianza recíproca y generalizada,
el mercado es la institución
económica que permite el encuentro
entre las personas, como agentes
económicos que utilizan el contrato
como norma de sus relaciones y que
intercambian bienes y servicios de
consumo para satisfacer sus
necesidades y deseos. El mercado
está sujeto a los principios de la
llamada justicia conmutativa, que
regula precisamente la relación
entre dar y recibir entre iguales.
Pero la doctrina social de la
Iglesia no ha dejado nunca de
subrayar la importancia de la
justicia distributiva y de la
justicia social para la economía de
mercado, no sólo porque está dentro
de un contexto social y político más
amplio, sino también por la trama de
relaciones en que se desenvuelve. En
efecto, si el mercado se rige
únicamente por el principio de la
equivalencia del valor de los bienes
que se intercambian, no llega a
producir la cohesión social que
necesita para su buen
funcionamiento. Sin formas internas
de solidaridad y de confianza
recíproca, el mercado no puede
cumplir plenamente su propia función
económica. Hoy, precisamente esta
confianza ha fallado, y esta pérdida
de confianza es algo realmente
grave.
Pablo VI subraya
oportunamente en la Populorum
progressio que el sistema económico
mismo se habría aventajado con la
práctica generalizada de la
justicia, pues los primeros
beneficiarios del desarrollo de los
países pobres hubieran sido los
países ricos.[90] No se trata sólo
de remediar el mal funcionamiento
con las ayudas. No se debe
considerar a los pobres como un
«fardo»,[91] sino como una riqueza
incluso desde el punto de vista
estrictamente económico. No
obstante, se ha de considerar
equivocada la visión de quienes
piensan que la economía de mercado
tiene necesidad estructural de una
cuota de pobreza y de subdesarrollo
para funcionar mejor. Al mercado le
interesa promover la emancipación,
pero no puede lograrlo por sí mismo,
porque no puede producir lo que está
fuera de su alcance. Ha de sacar
fuerzas morales de otras instancias
que sean capaces de generarlas.
6. La actividad
económica no puede resolver todos
los problemas sociales ampliando sin
más la lógica mercantil. Debe estar
ordenada a la consecución del bien
común, que es responsabilidad sobre
todo de la comunidad política. Por
tanto, se debe tener presente que
separar la gestión económica, a la
que correspondería únicamente
producir riqueza, de la acción
política, que tendría el papel de
conseguir la justicia mediante la
redistribución, es causa de graves
desequilibrios.
La Iglesia
sostiene siempre que la actividad
económica no debe considerarse
antisocial. Por eso, el mercado no
es ni debe convertirse en el ámbito
donde el más fuerte avasalle al más
débil. La sociedad no debe
protegerse del mercado, pensando que
su desarrollo comporta ipso facto la
muerte de las relaciones
auténticamente humanas. Es verdad
que el mercado puede orientarse en
sentido negativo, pero no por su
propia naturaleza, sino por una
cierta ideología que lo guía en este
sentido. No se debe olvidar que el
mercado no existe en su estado puro,
se adapta a las configuraciones
culturales que lo concretan y
condicionan. En efecto, la economía
y las finanzas, al ser instrumentos,
pueden ser mal utilizados cuando
quien los gestiona tiene sólo
referencias egoístas. De esta forma,
se puede llegar a transformar medios
de por sí buenos en perniciosos. Lo
que produce estas consecuencias es
la razón oscurecida del hombre, no
el medio en cuanto tal. Por eso, no
se deben hacer reproches al medio o
instrumento sino al hombre, a su
conciencia moral y a su
responsabilidad personal y social.
La doctrina
social de la Iglesia sostiene que se
pueden vivir relaciones
auténticamente humanas, de amistad y
de sociabilidad, de solidaridad y de
reciprocidad, también dentro de la
actividad económica y no solamente
fuera o «después» de ella. El sector
económico no es ni éticamente neutro
ni inhumano o antisocial por
naturaleza. Es una actividad del
hombre y, precisamente porque es
humana, debe ser articulada e
institucionalizada éticamente.
El gran desafío
que tenemos, planteado por las
dificultades del desarrollo en este
tiempo de globalización y agravado
por la crisis económico-financiera
actual, es mostrar, tanto en el
orden de las ideas como de los
comportamientos, que no sólo no se
pueden olvidar o debilitar los
principios tradicionales de la ética
social, como la trasparencia, la
honestidad y la responsabilidad,
sino que en las relaciones
mercantiles el principio de
gratuidad y la lógica del don, como
expresiones de fraternidad, pueden y
deben tener espacio en la actividad
económica ordinaria. Esto es una
exigencia del hombre en el momento
actual, pero también de la razón
económica misma. Una exigencia de la
caridad y de la verdad al mismo
tiempo.
37. La doctrina
social de la Iglesia ha sostenido
siempre que la justicia afecta a
todas las fases de la actividad
económica, porque en todo momento
tiene que ver con el hombre y con
sus derechos. La obtención de
recursos, la financiación, la
producción, el consumo y todas las
fases del proceso económico tienen
ineludiblemente implicaciones
morales. Así, toda decisión
económica tiene consecuencias de
carácter moral. Lo confirman las
ciencias sociales y las tendencias
de la economía contemporánea. Hace
algún tiempo, tal vez se podía
confiar primero a la economía la
producción de riqueza y asignar
después a la política la tarea de su
distribución. Hoy resulta más
difícil, dado que las actividades
económicas no se limitan a
territorios definidos, mientras que
las autoridades gubernativas siguen
siendo sobre todo locales. Además,
las normas de justicia deben ser
respetadas desde el principio y
durante el proceso económico, y no
sólo después o colateralmente. Para
eso es necesario que en el mercado
se dé cabida a actividades
económicas de sujetos que optan
libremente por ejercer su gestión
movidos por principios distintos al
del mero beneficio, sin renunciar
por ello a producir valor económico.
Muchos planteamientos económicos
provenientes de iniciativas
religiosas y laicas demuestran que
esto es realmente posible.
En la época de la
globalización, la economía refleja
modelos competitivos vinculados a
culturas muy diversas entre sí. El
comportamiento económico y
empresarial que se desprende tiene
en común principalmente el respeto
de la justicia conmutativa.
Indudablemente, la vida económica
tiene necesidad del contrato para
regular las relaciones de
intercambio entre valores
equivalentes. Pero necesita
igualmente leyes justas y formas de
redistribución guiadas por la
política, además de obras
caracterizadas por el espíritu del
don. La economía globalizada parece
privilegiar la primera lógica, la
del intercambio contractual, pero
directa o indirectamente demuestra
que necesita a las otras dos, la
lógica de la política y la lógica
del don sin contrapartida.
38. En la
Centesimus annus, mi predecesor Juan
Pablo II señaló esta problemática al
advertir la necesidad de un sistema
basado en tres instancias: el
mercado, el Estado y la sociedad
civil.[92] Consideró que la sociedad
civil era el ámbito más apropiado
para una economía de la gratuidad y
de la fraternidad, sin negarla en
los otros dos ámbitos. Hoy podemos
decir que la vida económica debe ser
comprendida como una realidad de
múltiples dimensiones: en todas
ellas, aunque en medida diferente y
con modalidades específicas, debe
haber respeto a la reciprocidad
fraterna. En la época de la
globalización, la actividad
económica no puede prescindir de la
gratuidad, que fomenta y extiende la
solidaridad y la responsabilidad por
la justicia y el bien común en sus
diversas instancias y agentes. Se
trata, en definitiva, de una forma
concreta y profunda de democracia
económica. La solidaridad es en
primer lugar que todos se sientan
responsables de todos;[93] por tanto
no se la puede dejar solamente en
manos del Estado. Mientras antes se
podía pensar que lo primero era
alcanzar la justicia y que la
gratuidad venía después como un
complemento, hoy es necesario decir
que sin la gratuidad no se alcanza
ni siquiera la justicia. Se
requiere, por tanto, un mercado en
el cual puedan operar libremente,
con igualdad de oportunidades,
empresas que persiguen fines
institucionales diversos. Junto a la
empresa privada, orientada al
beneficio, y los diferentes tipos de
empresa pública, deben poderse
establecer y desenvolver aquellas
organizaciones productivas que
persiguen fines mutualistas y
sociales. De su recíproca
interacción en el mercado se puede
esperar una especie de combinación
entre los comportamientos de empresa
y, con ella, una atención más
sensible a una civilización de la
economía. En este caso, caridad en
la verdad significa la necesidad de
dar forma y organización a las
iniciativas económicas que, sin
renunciar al beneficio, quieren ir
más allá de la lógica del
intercambio de cosas equivalentes y
del lucro como fin en sí mismo.
39. Pablo VI
pedía en la Populorum progressio que
se llegase a un modelo de economía
de mercado capaz de incluir, al
menos tendencialmente, a todos los
pueblos, y no solamente a los
particularmente dotados. Pedía un
compromiso para promover un mundo
más humano para todos, un mundo « en
donde todos tengan que dar y
recibir, sin que el progreso de los
unos sea un obstáculo para el
desarrollo de los otros ».[94] Así,
extendía al plano universal las
mismas exigencias y aspiraciones de
la Rerum novarum, escrita como
consecuencia de la revolución
industrial, cuando se afirmó por
primera vez la idea —seguramente
avanzada para aquel tiempo— de que
el orden civil, para sostenerse,
necesitaba la intervención
redistributiva del Estado. Hoy, esta
visión de la Rerum novarum, además
de puesta en crisis por los procesos
de apertura de los mercados y de las
sociedades, se muestra incompleta
para satisfacer las exigencias de
una economía plenamente humana. Lo
que la doctrina de la Iglesia ha
sostenido siempre, partiendo de su
visión del hombre y de la sociedad,
es necesario también hoy para las
dinámicas características de la
globalización.
Cuando la lógica
del mercado y la lógica del Estado
se ponen de acuerdo para mantener el
monopolio de sus respectivos ámbitos
de influencia, se debilita a la
larga la solidaridad en las
relaciones entre los ciudadanos, la
participación y el sentido de
pertenencia, que no se identifican
con el «dar para tener», propio de
la lógica de la compraventa, ni con
el «dar por deber», propio de la
lógica de las intervenciones
públicas, que el Estado impone por
ley. La victoria sobre el
subdesarrollo requiere actuar no
sólo en la mejora de las
transacciones basadas en la
compraventa, o en las transferencias
de las estructuras asistenciales de
carácter público, sino sobre todo en
la apertura progresiva en el
contexto mundial a formas de
actividad económica caracterizada
por ciertos márgenes de gratuidad y
comunión. El binomio exclusivo
mercado-Estado corroe la
sociabilidad, mientras que las
formas de economía solidaria, que
encuentran su mejor terreno en la
sociedad civil aunque no se reducen
a ella, crean sociabilidad. El
mercado de la gratuidad no existe y
las actitudes gratuitas no se pueden
prescribir por ley. Sin embargo,
tanto el mercado como la política
tienen necesidad de personas
abiertas al don recíproco.
40. Las actuales
dinámicas económicas
internacionales, caracterizadas por
graves distorsiones y disfunciones,
requieren también cambios profundos
en el modo de entender la empresa.
Antiguas modalidades de la vida
empresarial van desapareciendo,
mientras otras más prometedoras se
perfilan en el horizonte. Uno de los
mayores riesgos es sin duda que la
empresa responda casi exclusivamente
a las expectativas de los inversores
en detrimento de su dimensión
social. Debido a su continuo
crecimiento y a la necesidad de
mayores capitales, cada vez son
menos las empresas que dependen de
un único empresario estable que se
sienta responsable a largo plazo, y
no sólo por poco tiempo, de la vida
y los resultados de su empresa, y
cada vez son menos las empresas que
dependen de un único territorio.
Además, la llamada deslocalización
de la actividad productiva puede
atenuar en el empresario el sentido
de responsabilidad respecto a los
interesados, como los trabajadores,
los proveedores, los consumidores,
así como al medio ambiente y a la
sociedad más amplia que lo rodea, en
favor de los accionistas, que no
están sujetos a un espacio concreto
y gozan por tanto de una
extraordinaria movilidad. El mercado
internacional de los capitales, en
efecto, ofrece hoy una gran libertad
de acción. Sin embargo, también es
verdad que se está extendiendo la
conciencia de la necesidad de una
«responsabilidad social» más amplia
de la empresa. Aunque no todos los
planteamientos éticos que guían hoy
el debate sobre la responsabilidad
social de la empresa son aceptables
según la perspectiva de la doctrina
social de la Iglesia, es cierto que
se va difundiendo cada vez más la
convicción según la cual la gestión
de la empresa no puede tener en
cuenta únicamente el interés de sus
propietarios, sino también el de
todos los otros sujetos que
contribuyen a la vida de la empresa:
trabajadores, clientes, proveedores
de los diversos elementos de
producción, la comunidad de
referencia. En los últimos años se
ha notado el crecimiento de una
clase cosmopolita de manager, que a
menudo responde sólo a las
pretensiones de los nuevos
accionistas de referencia compuestos
generalmente por fondos anónimos que
establecen su retribución. Pero
también hay muchos managers hoy que,
con un análisis más previsor, se
percatan cada vez más de los
profundos lazos de su empresa con el
territorio o territorios en que
desarrolla su actividad. Pablo VI
invitaba a valorar seriamente el
daño que la trasferencia de
capitales al extranjero, por puro
provecho personal, puede ocasionar a
la propia nación.[95] Juan Pablo II
advertía que invertir tiene siempre
un significado moral, además de
económico.[96] Se ha de reiterar que
todo esto mantiene su validez en
nuestros días a pesar de que el
mercado de capitales haya sido
fuertemente liberalizado y la
moderna mentalidad tecnológica pueda
inducir a pensar que invertir es
sólo un hecho técnico y no humano ni
ético. No se puede negar que un
cierto capital puede hacer el bien
cuando se invierte en el extranjero
en vez de en la propia patria. Pero
deben quedar a salvo los vínculos de
justicia, teniendo en cuenta también
cómo se ha formado ese capital y los
perjuicios que comporta para las
personas el que no se emplee en los
lugares donde se ha generado.[97] Se
ha de evitar que el empleo de
recursos financieros esté motivado
por la especulación y ceda a la
tentación de buscar únicamente un
beneficio inmediato, en vez de la
sostenibilidad de la empresa a largo
plazo, su propio servicio a la
economía real y la promoción, en
modo adecuado y oportuno, de
iniciativas económicas también en
los países necesitados de
desarrollo. Tampoco hay motivos para
negar que la deslocalización, que
lleva consigo inversiones y
formación, puede hacer bien a la
población del país que la recibe. El
trabajo y los conocimientos técnicos
son una necesidad universal. Sin
embargo, no es lícito deslocalizar
únicamente para aprovechar
particulares condiciones favorables,
o peor aún, para explotar sin
aportar a la sociedad local una
verdadera contribución para el
nacimiento de un sólido sistema
productivo y social, factor
imprescindible para un desarrollo
estable.
41. A este
respecto, es útil observar que la
iniciativa empresarial tiene, y debe
asumir cada vez más, un significado
polivalente. El predominio
persistente del binomio
mercado-Estado nos ha acostumbrado a
pensar exclusivamente en el
empresario privado de tipo
capitalista por un lado y en el
directivo estatal por otro. En
realidad, la iniciativa empresarial
se ha de entender de modo
articulado. Así lo revelan diversas
motivaciones metaeconómicas. El ser
empresario, antes de tener un
significado profesional, tiene un
significado humano.[98] Es propio de
todo trabajo visto como «actus
personae»[99] y por eso es bueno que
todo trabajador tenga la posibilidad
de dar la propia aportación a su
labor, de modo que él mismo « sea
consciente de que está trabajando en
algo propio».[100] Por eso, Pablo VI
enseñaba que «todo trabajador es un
creador».[101] Precisamente para
responder a las exigencias y a la
dignidad de quien trabaja, y a las
necesidades de la sociedad, existen
varios tipos de empresas, más allá
de la pura distinción entre
« privado » y «público». Cada una
requiere y manifiesta una capacidad
de iniciativa empresarial
específica. Para realizar una
economía que en el futuro próximo
sepa ponerse al servicio del bien
común nacional y mundial, es
oportuno tener en cuenta este
significado amplio de iniciativa
empresarial. Esta concepción más
amplia favorece el intercambio y la
mutua configuración entre los
diversos tipos de iniciativa
empresarial, con transvase de
competencias del mundo non profit al
profit y viceversa, del público al
propio de la sociedad civil, del de
las economías avanzadas al de países
en vía de desarrollo.
También la
«autoridad política» tiene un
significado polivalente, que no se
puede olvidar mientras se camina
hacia la consecución de un nuevo
orden económico-productivo,
socialmente responsable y a medida
del hombre. Al igual que se pretende
cultivar una iniciativa empresarial
diferenciada en el ámbito mundial,
también se debe promover una
autoridad política repartida y que
ha de actuar en diversos planos. El
mercado único de nuestros días no
elimina el papel de los estados, más
bien obliga a los gobiernos a una
colaboración recíproca más estrecha.
La sabiduría y la prudencia
aconsejan no proclamar
apresuradamente la desaparición del
Estado. Con relación a la solución
de la crisis actual, su papel parece
destinado a crecer, recuperando
muchas competencias. Hay naciones
donde la construcción o
reconstrucción del Estado sigue
siendo un elemento clave para su
desarrollo. La ayuda internacional,
precisamente dentro de un proyecto
inspirado en la solidaridad para
solucionar los actuales problemas
económicos, debería apoyar en primer
lugar la consolidación de los
sistemas constitucionales, jurídicos
y administrativos en los países que
todavía no gozan plenamente de estos
bienes. Las ayudas económicas
deberían ir acompañadas de aquellas
medidas destinadas a reforzar las
garantías propias de un Estado de
derecho, un sistema de orden público
y de prisiones respetuoso de los
derechos humanos y a consolidar
instituciones verdaderamente
democráticas. No es necesario que el
Estado tenga las mismas
características en todos los sitios:
el fortalecimiento de los sistemas
constitucionales débiles puede ir
acompañado perfectamente por el
desarrollo de otras instancias
políticas no estatales, de carácter
cultural, social, territorial o
religioso. Además, la articulación
de la autoridad política en el
ámbito local, nacional o
internacional, es uno de los cauces
privilegiados para poder orientar la
globalización económica. Y también
el modo de evitar que ésta mine de
hecho los fundamentos de la
democracia.
42. A veces se
perciben actitudes fatalistas ante
la globalización, como si las
dinámicas que la producen
procedieran de fuerzas anónimas e
impersonales o de estructuras
independientes de la voluntad
humana.[102] A este respecto, es
bueno recordar que la globalización
ha de entenderse ciertamente como un
proceso socioeconómico, pero no es
ésta su única dimensión. Tras este
proceso más visible hay realmente
una humanidad cada vez más
interrelacionada; hay personas y
pueblos para los que el proceso debe
ser de utilidad y desarrollo,[103]
gracias a que tanto los individuos
como la colectividad asumen sus
respectivas responsabilidades. La
superación de las fronteras no es
sólo un hecho material, sino también
cultural, en sus causas y en sus
efectos. Cuando se entiende la
globalización de manera
determinista, se pierden los
criterios para valorarla y
orientarla. Es una realidad humana y
puede ser fruto de diversas
corrientes culturales que han de ser
sometidas a un discernimiento. La
verdad de la globalización como
proceso y su criterio ético
fundamental vienen dados por la
unidad de la familia humana y su
crecimiento en el bien. Por tanto,
hay que esforzarse incesantemente
para favorecer una orientación
cultural personalista y comunitaria,
abierta a la trascendencia, del
proceso de integración planetaria.
A pesar de
algunos aspectos estructurales
innegables, pero que no se deben
absolutizar, «la globalización no
es, a priori, ni buena ni mala. Será
lo que la gente haga de ella».[104]
Debemos ser sus protagonistas, no
las víctimas, procediendo
razonablemente, guiados por la
caridad y la verdad. Oponerse
ciegamente a la globalización sería
una actitud errónea, preconcebida,
que acabaría por ignorar un proceso
que tiene también aspectos
positivos, con el riesgo de perder
una gran ocasión para aprovechar las
múltiples oportunidades de
desarrollo que ofrece. El proceso de
globalización, adecuadamente
entendido y gestionado, ofrece la
posibilidad de una gran
redistribución de la riqueza a
escala planetaria como nunca se ha
visto antes; pero, si se gestiona
mal, puede incrementar la pobreza y
la desigualdad, contagiando además
con una crisis a todo el mundo. Es
necesario corregir las disfunciones,
a veces graves, que causan nuevas
divisiones entre los pueblos y en su
interior, de modo que la
redistribución de la riqueza no
comporte una redistribución de la
pobreza, e incluso la acentúe, como
podría hacernos temer también una
mala gestión de la situación actual.
Durante mucho tiempo se ha pensado
que los pueblos pobres deberían
permanecer anclados en un estadio de
desarrollo preestablecido o
contentarse con la filantropía de
los pueblos desarrollados. Pablo VI
se pronunció contra esta mentalidad
en la Populorum progressio. Los
recursos materiales disponibles para
sacar a estos pueblos de la miseria
son hoy potencialmente mayores que
antes, pero se han servido de ellos
principalmente los países
desarrollados, que han podido
aprovechar mejor la liberalización
de los movimientos de capitales y de
trabajo. Por tanto, la difusión de
ámbitos de bienestar en el mundo no
debería ser obstaculizada con
proyectos egoístas, proteccionistas
o dictados por intereses
particulares. En efecto, la
participación de países emergentes o
en vías de desarrollo permite hoy
gestionar mejor la crisis. La
transición que el proceso de
globalización comporta, conlleva
grandes dificultades y peligros, que
sólo se podrán superar si se toma
conciencia del espíritu
antropológico y ético que en el
fondo impulsa la globalización hacia
metas de humanización solidaria.
Desgraciadamente, este espíritu se
ve con frecuencia marginado y
entendido desde perspectivas
ético-culturales de carácter
individualista y utilitarista. La
globalización es un fenómeno
multidimensional y polivalente, que
exige ser comprendido en la
diversidad y en la unidad de todas
sus dimensiones, incluida la
teológica. Esto consentirá vivir y
orientar la globalización de la
humanidad en términos de
relacionalidad, comunión y
participación.
CAPÍTULO CUARTO
DESARROLLO DE LOS PUEBLOS, DERECHOS
Y DEBERES, AMBIENTE
43. «La
solidaridad universal, que es un
hecho y un beneficio para todos, es
también un deber».[105] En la
actualidad, muchos pretenden pensar
que no deben nada a nadie, si no es
a sí mismos. Piensan que sólo son
titulares de derechos y con
frecuencia les cuesta madurar en su
responsabilidad respecto al
desarrollo integral propio y ajeno.
Por ello, es importante urgir una
nueva reflexión sobre los deberes
que los derechos presuponen, y sin
los cuales éstos se convierten en
algo arbitrario.[106] Hoy se da una
profunda contradicción. Mientras,
por un lado, se reivindican
presuntos derechos, de carácter
arbitrario y voluptuoso, con la
pretensión de que las estructuras
públicas los reconozcan y promuevan,
por otro, hay derechos elementales y
fundamentales que se ignoran y
violan en gran parte de la
humanidad.[107] Se aprecia con
frecuencia una relación entre la
reivindicación del derecho a lo
superfluo, e incluso a la
transgresión y al vicio, en las
sociedades opulentas, y la carencia
de comida, agua potable, instrucción
básica o cuidados sanitarios
elementales en ciertas regiones del
mundo subdesarrollado y también en
la periferia de las grandes
ciudades. Dicha relación consiste en
que los derechos individuales,
desvinculados de un conjunto de
deberes que les dé un sentido
profundo, se desquician y dan lugar
a una espiral de exigencias
prácticamente ilimitada y carente de
criterios. La exacerbación de los
derechos conduce al olvido de los
deberes. Los deberes delimitan los
derechos porque remiten a un marco
antropológico y ético en cuya verdad
se insertan también los derechos y
así dejan de ser arbitrarios. Por
este motivo, los deberes refuerzan
los derechos y reclaman que se los
defienda y promueva como un
compromiso al servicio del bien. En
cambio, si los derechos del hombre
se fundamentan sólo en las
deliberaciones de una asamblea de
ciudadanos, pueden ser cambiados en
cualquier momento y,
consiguientemente, se relaja en la
conciencia común el deber de
respetarlos y tratar de
conseguirlos. Los gobiernos y los
organismos internacionales pueden
olvidar entonces la objetividad y la
cualidad de «no disponibles » de los
derechos. Cuando esto sucede, se
pone en peligro el verdadero
desarrollo de los pueblos.[108]
Comportamientos como éstos
comprometen la autoridad moral de
los organismos internacionales,
sobre todo a los ojos de los países
más necesitados de desarrollo. En
efecto, éstos exigen que la
comunidad internacional asuma como
un deber ayudarles a ser «artífices
de su destino»,[109] es decir, a que
asuman a su vez deberes. Compartir
los deberes recíprocos moviliza
mucho más que la mera reivindicación
de derechos.
44.La concepción
de los derechos y de los deberes
respecto al desarrollo, debe tener
también en cuenta los problemas
relacionados con el crecimiento
demográfico. Es un aspecto muy
importante del verdadero desarrollo,
porque afecta a los valores
irrenunciables de la vida y de la
familia.[110] No es correcto
considerar el aumento de población
como la primera causa del
subdesarrollo, incluso desde el
punto de vista económico: baste
pensar, por un lado, en la notable
disminución de la mortalidad
infantil y al aumento de la edad
media que se produce en los países
económicamente desarrollados y, por
otra, en los signos de crisis que se
perciben en la sociedades en las que
se constata una preocupante
disminución de la natalidad.
Obviamente, se ha de seguir
prestando la debida atención a una
procreación responsable que, por lo
demás, es una contribución efectiva
al desarrollo humano integral. La
Iglesia, que se interesa por el
verdadero desarrollo del hombre,
exhorta a éste a que respete los
valores humanos también en el
ejercicio de la sexualidad: ésta no
puede quedar reducida a un mero
hecho hedonista y lúdico, del mismo
modo que la educación sexual no se
puede limitar a una instrucción
técnica, con la única preocupación
de proteger a los interesados de
eventuales contagios o del «riesgo»
de procrear. Esto equivaldría a
empobrecer y descuidar el
significado profundo de la
sexualidad, que debe ser en cambio
reconocido y asumido con
responsabilidad por la persona y la
comunidad. En efecto, la
responsabilidad evita tanto que se
considere la sexualidad como una
simple fuente de placer, como que se
regule con políticas de
planificación forzada de la
natalidad. En ambos casos se trata
de concepciones y políticas
materialistas, en las que las
personas acaban padeciendo diversas
formas de violencia. Frente a todo
esto, se debe resaltar la
competencia primordial que en este
campo tienen las familias[111]
respecto del Estado y sus políticas
restrictivas, así como una adecuada
educación de los padres.
La apertura
moralmente responsable a la vida es
una riqueza social y económica.
Grandes naciones han podido salir de
la miseria gracias también al gran
número y a la capacidad de sus
habitantes. Al contrario, naciones
en un tiempo florecientes pasan
ahora por una fase de incertidumbre,
y en algún caso de decadencia,
precisamente a causa del bajo índice
de natalidad, un problema crucial
para las sociedades de mayor
bienestar. La disminución de los
nacimientos, a veces por debajo del
llamado «índice de reemplazo
generacional», pone en crisis
incluso a los sistemas de asistencia
social, aumenta los costes, merma la
reserva del ahorro y,
consiguientemente, los recursos
financieros necesarios para las
inversiones, reduce la
disponibilidad de trabajadores
cualificados y disminuye la reserva
de « cerebros » a los que recurrir
para las necesidades de la nación.
Además, las familias pequeñas, o muy
pequeñas a veces, corren el riesgo
de empobrecer las relaciones
sociales y de no asegurar formas
eficaces de solidaridad. Son
situaciones que presentan síntomas
de escasa confianza en el futuro y
de fatiga moral. Por eso, se
convierte en una necesidad social, e
incluso económica, seguir
proponiendo a las nuevas
generaciones la hermosura de la
familia y del matrimonio, su
sintonía con las exigencias más
profundas del corazón y de la
dignidad de la persona. En esta
perspectiva, los estados están
llamados a establecer políticas que
promuevan la centralidad y la
integridad de la familia, fundada en
el matrimonio entre un hombre y una
mujer, célula primordial y vital de
la sociedad,[112] haciéndose cargo
también de sus problemas económicos
y fiscales, en el respeto de su
naturaleza relacional.
45. Responder a
las exigencias morales más profundas
de la persona tiene también
importantes efectos beneficiosos en
el plano económico. En efecto, la
economía tiene necesidad de la ética
para su correcto funcionamiento; no
de una ética cualquiera, sino de una
ética amiga de la persona. Hoy se
habla mucho de ética en el campo
económico, bancario y empresarial.
Surgen centros de estudio y
programas formativos de business
ethics; se difunde en el mundo
desarrollado el sistema de
certificaciones éticas, siguiendo la
línea del movimiento de ideas nacido
en torno a la responsabilidad social
de la empresa. Los bancos proponen
cuentas y fondos de inversión
llamados « éticos ». Se desarrolla
una «finanza ética», sobre todo
mediante el microcrédito y, más en
general, la microfinanciación.
Dichos procesos son apreciados y
merecen un amplio apoyo. Sus efectos
positivos llegan incluso a las áreas
menos desarrolladas de la tierra.
Conviene, sin embargo, elaborar un
criterio de discernimiento válido,
pues se nota un cierto abuso del
adjetivo « ético » que, usado de
manera genérica, puede abarcar
también contenidos completamente
distintos, hasta el punto de hacer
pasar por éticas decisiones y
opciones contrarias a la justicia y
al verdadero bien del hombre.
En efecto, mucho
depende del sistema moral de
referencia. Sobre este aspecto, la
doctrina social de la Iglesia ofrece
una aportación específica, que se
funda en la creación del hombre « a
imagen de Dios » (Gn 1,27), algo que
comporta la inviolable dignidad de
la persona humana, así como el valor
trascendente de las normas morales
naturales. Una ética económica que
prescinda de estos dos pilares
correría el peligro de perder
inevitablemente su propio
significado y prestarse así a ser
instrumentalizada; más
concretamente, correría el riesgo de
amoldarse a los sistemas
económico-financieros existentes, en
vez de corregir sus disfunciones.
Además, podría acabar incluso
justificando la financiación de
proyectos no éticos. Es necesario,
pues, no recurrir a la palabra
« ética » de una manera
ideológicamente discriminatoria,
dando a entender que no serían
éticas las iniciativas no
etiquetadas formalmente con esa
cualificación. Conviene esforzarse
—la observación aquí es esencial— no
sólo para que surjan sectores o
segmentos « éticos » de la economía
o de las finanzas, sino para que
toda la economía y las finanzas sean
éticas y lo sean no por una etiqueta
externa, sino por el respeto de
exigencias intrínsecas de su propia
naturaleza. A este respecto, la
doctrina social de la Iglesia habla
con claridad, recordando que la
economía, en todas sus ramas, es un
sector de la actividad humana.[113]
46. Respecto al
tema de la relación entre empresa y
ética, así como de la evolución que
está teniendo el sistema productivo,
parece que la distinción hasta ahora
más difundida entre empresas
destinadas al beneficio (profit) y
organizaciones sin ánimo de lucro
(non profit) ya no refleja
plenamente la realidad, ni es capaz
de orientar eficazmente el futuro.
En estos últimos decenios, ha ido
surgiendo una amplia zona intermedia
entre los dos tipos de empresas. Esa
zona intermedia está compuesta por
empresas tradicionales que, sin
embargo, suscriben pactos de ayuda a
países atrasados; por fundaciones
promovidas por empresas concretas;
por grupos de empresas que tienen
objetivos de utilidad social; por el
amplio mundo de agentes de la
llamada economía civil y de
comunión. No se trata sólo de un
«tercer sector», sino de una nueva y
amplia realidad compuesta, que
implica al sector privado y público
y que no excluye el beneficio, pero
lo considera instrumento para
objetivos humanos y sociales. Que
estas empresas distribuyan más o
menos los beneficios, o que adopten
una u otra configuración jurídica
prevista por la ley, es secundario
respecto a su disponibilidad para
concebir la ganancia como un
instrumento para alcanzar objetivos
de humanización del mercado y de la
sociedad. Es de desear que estas
nuevas formas de empresa encuentren
en todos los países también un marco
jurídico y fiscal adecuado. Así, sin
restar importancia y utilidad
económica y social a las formas
tradicionales de empresa, hacen
evolucionar el sistema hacia una
asunción más clara y plena de los
deberes por parte de los agentes
económicos. Y no sólo esto. La misma
pluralidad de las formas
institucionales de empresa es lo que
promueve un mercado más cívico y al
mismo tiempo más competitivo.
47. La
potenciación de los diversos tipos
de empresas y, en particular, de los
que son capaces de concebir el
beneficio como un instrumento para
conseguir objetivos de humanización
del mercado y de la sociedad, hay
que llevarla a cabo incluso en
países excluidos o marginados de los
circuitos de la economía global,
donde es muy importante proceder con
proyectos de subsidiaridad
convenientemente diseñados y
gestionados, que tiendan a promover
los derechos, pero previendo siempre
que se asuman también las
correspondientes res-ponsabilidades.
En las iniciativas para el
desarrollo debe quedar a salvo el
principio de la centralidad de la
persona humana, que es quien debe
asumirse en primer lugar el deber
del desarrollo. Lo que interesa
principalmente es la mejora de las
condiciones de vida de las personas
concretas de una cierta región, para
que puedan satisfacer aquellos
deberes que la indigencia no les
permite observar actualmente. La
preocupación nunca puede ser una
actitud abstracta. Los programas de
desarrollo, para poder adaptarse a
las situaciones concretas, han de
ser flexibles; y las personas que se
beneficien deben implicarse
directamente en su planificación y
convertirse en protagonistas de su
realización. También es necesario
aplicar los criterios de progresión
y acompañamiento —incluido el
seguimiento de los resultados—,
porque no hay recetas universalmente
válidas. Mucho depende de la gestión
concreta de las intervenciones.
«Constructores de su propio
desarrollo, los pueblos son los
primeros responsables de él. Pero no
lo realizarán en el
aislamiento».[114] Hoy, con la
consolidación del proceso de
progresiva integración del planeta,
esta exhortación de Pablo VI es más
válida todavía. Las dinámicas de
inclusión no tienen nada de
mecánico. Las soluciones se han de
ajustar a la vida de los pueblos y
de las personas concretas, basándose
en una valoración prudencial de cada
situación. Al lado de los
macroproyectos son necesarios los
microproyectos y, sobre todo, es
necesaria la movilización efectiva
de todos los sujetos de la sociedad
civil, tanto de las personas
jurídicas como de las personas
físicas.
La cooperación
internacional necesita personas que
participen en el proceso del
desarrollo económico y humano,
mediante la solidaridad de la
presencia, el acompañamiento, la
formación y el respeto. Desde este
punto de vista, los propios
organismos internacionales deberían
preguntarse sobre la eficacia real
de sus aparatos burocráticos y
administrativos, frecuentemente
demasiado costosos. A veces, el
destinatario de las ayudas resulta
útil para quien lo ayuda y, así, los
pobres sirven para mantener costosos
organismos burocráticos, que
destinan a la propia conservación un
porcentaje demasiado elevado de esos
recursos que deberían ser destinados
al desarrollo. A este respecto,
cabría desear que los organismos
internacionales y las organizaciones
no gubernamentales se esforzaran por
una transparencia total, informando
a los donantes y a la opinión
pública sobre la proporción de los
fondos recibidos que se destina a
programas de cooperación, sobre el
verdadero contenido de dichos
programas y, en fin, sobre la
distribución de los gastos de la
institución misma.
48. El tema del
desarrollo está también muy unido
hoy a los deberes que nacen de la
relación del hombre con el ambiente
natural. Éste es un don de Dios para
todos, y su uso representa para
nosotros una responsabilidad para
con los pobres, las generaciones
futuras y toda la humanidad. Cuando
se considera la naturaleza, y en
primer lugar al ser humano, fruto
del azar o del determinismo
evolutivo, disminuye el sentido de
la responsabilidad en las
conciencias. El creyente reconoce en
la naturaleza el maravilloso
resultado de la intervención
creadora de Dios, que el hombre
puede utilizar responsablemente para
satisfacer sus legítimas necesidades
—materiales e inmateriales—
respetando el equilibrio inherente a
la creación misma. Si se desvanece
esta visión, se acaba por considerar
la naturaleza como un tabú intocable
o, al contrario, por abusar de ella.
Ambas posturas no son conformes con
la visión cristiana de la
naturaleza, fruto de la creación de
Dios.
La naturaleza es
expresión de un proyecto de amor y
de verdad. Ella nos precede y nos ha
sido dada por Dios como ámbito de
vida. Nos habla del Creador (cf. Rm
1,20) y de su amor a la humanidad.
Está destinada a encontrar la
« plenitud » en Cristo al final de
los tiempos (cf. Ef 1,9-10; Col
1,19-20). También ella, por tanto,
es una « vocación ».[115] La
naturaleza está a nuestra
disposición no como un « montón de
desechos esparcidos al azar »,[116]
sino como un don del Creador que ha
diseñado sus estructuras intrínsecas
para que el hombre descubra las
orientaciones que se deben seguir
para « guardarla y cultivarla » (cf.
Gn 2,15). Pero se ha de subrayar que
es contrario al verdadero desarrollo
considerar la naturaleza como más
importante que la persona humana
misma. Esta postura conduce a
actitudes neopaganas o de nuevo
panteísmo: la salvación del hombre
no puede venir únicamente de la
naturaleza, entendida en sentido
puramente naturalista. Por otra
parte, también es necesario refutar
la posición contraria, que mira a su
completa tecnificación, porque el
ambiente natural no es sólo materia
disponible a nuestro gusto, sino
obra admirable del Creador y que
lleva en sí una « gramática » que
indica finalidad y criterios para un
uso inteligente, no instrumental y
arbitrario. Hoy, muchos perjuicios
al desarrollo provienen en realidad
de estas maneras de pensar
distorsionadas. Reducir
completamente la naturaleza a un
conjunto de simples datos fácticos
acaba siendo fuente de violencia
para con el ambiente, provocando
además conductas que no respetan la
naturaleza del hombre mismo. Ésta,
en cuanto se compone no sólo de
materia, sino también de espíritu, y
por tanto rica de significados y
fines trascendentes, tiene un
carácter normativo incluso para la
cultura. El hombre interpreta y
modela el ambiente natural mediante
la cultura, la cual es orientada a
su vez por la libertad responsable,
atenta a los dictámenes de la ley
moral. Por tanto, los proyectos para
un desarrollo humano integral no
pueden ignorar a las generaciones
sucesivas, sino que han de
caracterizarse por la solidaridad y
la justicia intergeneracional,
teniendo en cuenta múltiples
aspectos, como el ecológico, el
jurídico, el económico, el político
y el cultural.[117]
49. Hoy, las
cuestiones relacionadas con el
cuidado y salvaguardia del ambiente
han de tener debidamente en cuenta
los problemas energéticos. En
efecto, el acaparamiento por parte
de algunos estados, grupos de poder
y empresas de recursos energéticos
no renovables, es un grave obstáculo
para el desarrollo de los países
pobres. Éstos no tienen medios
económicos ni para acceder a las
fuentes energéticas no renovables ya
existentes ni para financiar la
búsqueda de fuentes nuevas y
alternativas. La acumulación de
recursos naturales, que en muchos
casos se encuentran precisamente en
países pobres, causa explotación y
conflictos frecuentes entre las
naciones y en su interior. Dichos
conflictos se producen con
frecuencia precisamente en el
territorio de esos países, con
graves consecuencias de muertes,
destrucción y mayor degradación aún.
La comunidad internacional tiene el
deber imprescindible de encontrar
los modos institucionales para
ordenar el aprovechamiento de los
recursos no renovables, con la
participación también de los países
pobres, y planificar así
conjuntamente el futuro.
En este sentido,
hay también una urgente necesidad
moral de una renovada solidaridad,
especialmente en las relaciones
entre países en vías de desarrollo y
países altamente
industrializados.[118] Las
sociedades tecnológicamente
avanzadas pueden y deben disminuir
el propio gasto energético, bien
porque las actividades
manufactureras evolucionan, bien
porque entre sus ciudadanos se
difunde una mayor sensibilidad
ecológica. Además, se debe añadir
que hoy se puede mejorar la eficacia
energética y al mismo tiempo
progresar en la búsqueda de energías
alternativas. Pero es también
necesaria una redistribución
planetaria de los recursos
energéticos, de manera que también
los países que no los tienen puedan
acceder a ellos. Su destino no puede
dejarse en manos del primero que
llega o depender de la lógica del
más fuerte. Se trata de problemas
relevantes que, para ser afrontados
de manera adecuada, requieren por
parte de todos una responsable toma
de conciencia de las consecuencias
que afectarán a las nuevas
generaciones, y sobre todo a los
numerosos jóvenes que viven en los
pueblos pobres, los cuales «reclaman
tener su parte activa en la
construcción de un mundo
mejor».[119]
50. Esta
responsabilidad es global, porque no
concierne sólo a la energía, sino a
toda la creación, para no dejarla a
las nuevas generaciones empobrecida
en sus recursos. Es lícito que el
hombre gobierne responsablemente la
naturaleza para custodiarla, hacerla
productiva y cultivarla también con
métodos nuevos y tecnologías
avanzadas, de modo que pueda acoger
y alimentar dignamente a la
población que la habita. En nuestra
tierra hay lugar para todos: en ella
toda la familia humana debe
encontrar los recursos necesarios
para vivir dignamente, con la ayuda
de la naturaleza misma, don de Dios
a sus hijos, con el tesón del propio
trabajo y de la propia inventiva.
Pero debemos considerar un deber muy
grave el dejar la tierra a las
nuevas generaciones en un estado en
el que puedan habitarla dignamente y
seguir cultivándola. Eso comporta
«el compromiso de decidir juntos
después de haber ponderado
responsablemente la vía a seguir,
con el objetivo de fortalecer esa
alianza entre ser humano y medio
ambiente que ha de ser reflejo del
amor creador de Dios, del cual
procedemos y hacia el cual
caminamos».[120] Es de desear que la
comunidad internacional y cada
gobierno sepan contrarrestar
eficazmente los modos de utilizar el
ambiente que le sean nocivos. Y
también las autoridades competentes
han de hacer los esfuerzos
necesarios para que los costes
económicos y sociales que se derivan
del uso de los recursos ambientales
comunes se reconozcan de manera
transparente y sean sufragados
totalmente por aquellos que se
benefician, y no por otros o por las
futuras generaciones. La protección
del entorno, de los recursos y del
clima requiere que todos los
responsables internacionales actúen
conjuntamente y demuestren prontitud
para obrar de buena fe, en el
respeto de la ley y la solidaridad
con las regiones más débiles del
planeta.[121] Una de las mayores
tareas de la economía es
precisamente el uso más eficaz de
los recursos, no el abuso, teniendo
siempre presente que el concepto de
eficiencia no es axiológicamente
neutral.
51. El modo en
que el hombre trata el ambiente
influye en la manera en que se trata
a sí mismo, y viceversa. Esto exige
que la sociedad actual revise
seriamente su estilo de vida que, en
muchas partes del mundo, tiende al
hedonismo y al consumismo,
despreocupándose de los daños que de
ello se derivan.[122] Es necesario
un cambio efectivo de mentalidad que
nos lleve a adoptar nuevos estilos
de vida, «a tenor de los cuales la
búsqueda de la verdad, de la belleza
y del bien, así como la comunión con
los demás hombres para un
crecimiento común sean los elementos
que determinen las opciones del
consumo, de los ahorros y de las
inversiones».[123] Cualquier
menoscabo de la solidaridad y del
civismo produce daños ambientales,
así como la degradación ambiental, a
su vez, provoca insatisfacción en
las relaciones sociales. La
naturaleza, especialmente en nuestra
época, está tan integrada en la
dinámica social y culturales que
prácticamente ya no constituye una
variable independiente. La
desertización y el empobrecimiento
productivo de algunas áreas
agrícolas son también fruto del
empobrecimiento de sus habitantes y
de su atraso. Cuando se promueve el
desarrollo económico y cultural de
estas poblaciones, se tutela también
la naturaleza. Además, muchos
recursos naturales quedan devastados
con las guerras. La paz de los
pueblos y entre los pueblos
permitiría también una mayor
salvaguardia de la naturaleza. El
acaparamiento de los recursos,
especialmente del agua, puede
provocar graves conflictos entre las
poblaciones afectadas. Un acuerdo
pacífico sobre el uso de los
recursos puede salvaguardar la
naturaleza y, al mismo tiempo, el
bienestar de las sociedades
interesadas.
La Iglesia tiene
una responsabilidad respecto a la
creación y la debe hacer valer en
público. Y, al hacerlo, no sólo debe
defender la tierra, el agua y el
aire como dones de la creación que
pertenecen a todos. Debe proteger
sobre todo al hombre contra la
destrucción de sí mismo. Es
necesario que exista una especie de
ecología del hombre bien entendida.
En efecto, la degradación de la
naturaleza está estrechamente unida
a la cultura que modela la
convivencia humana: cuando se
respeta la « ecología humana »[124]
en la sociedad, también la ecología
ambiental se beneficia. Así como las
virtudes humanas están
interrelacionadas, de modo que el
debilitamiento de una pone en
peligro también a las otras, así
también el sistema ecológico se
apoya en un proyecto que abarca
tanto la sana convivencia social
como la buena relación con la
naturaleza.
Para salvaguardar
la naturaleza no basta intervenir
con incentivos o desincentivos
económicos, y ni siquiera basta con
una instrucción adecuada. Éstos son
instrumentos importantes, pero el
problema decisivo es la capacidad
moral global de la sociedad. Si no
se respeta el derecho a la vida y a
la muerte natural, si se hace
artificial la concepción, la
gestación y el nacimiento del
hombre, si se sacrifican embriones
humanos a la investigación, la
conciencia común acaba perdiendo el
concepto de ecología humana y con
ello de la ecología ambiental. Es
una contradicción pedir a las nuevas
generaciones el respeto al ambiente
natural, cuando la educación y las
leyes no las ayudan a respetarse a
sí mismas. El libro de la naturaleza
es uno e indivisible, tanto en lo
que concierne a la vida, la
sexualidad, el matrimonio, la
familia, las relaciones sociales, en
una palabra, el desarrollo humano
integral. Los deberes que tenemos
con el ambiente están relacionados
con los que tenemos para con la
persona considerada en sí misma y en
su relación con los otros. No se
pueden exigir unos y conculcar
otros. Es una grave antinomia de la
mentalidad y de la praxis actual,
que envilece a la persona, trastorna
el ambiente y daña a la sociedad.
52. La verdad, y
el amor que ella desvela, no se
pueden producir, sólo se pueden
acoger. Su última fuente no es, ni
puede ser, el hombre, sino Dios, o
sea Aquel que es Verdad y Amor. Este
principio es muy importante para la
sociedad y para el desarrollo, en
cuanto que ni la Verdad ni el Amor
pueden ser sólo productos humanos;
la vocación misma al desarrollo de
las personas y de los pueblos no se
fundamenta en una simple
deliberación humana, sino que está
inscrita en un plano que nos precede
y que para todos nosotros es un
deber que ha de ser acogido
libremente. Lo que nos precede y
constituye —el Amor y la Verdad
subsistentes— nos indica qué es el
bien y en qué consiste nuestra
felicidad. Nos señala así el camino
hacia el verdadero desarrollo.
CAPÍTULO QUINTO
LA COLABORACIÓN DE LA FAMILIA HUMANA
53. Una de las
pobrezas más hondas que el hombre
puede experimentar es la soledad.
Ciertamente, también las otras
pobrezas, incluidas las materiales,
nacen del aislamiento, del no ser
amados o de la dificultad de amar.
Con frecuencia, son provocadas por
el rechazo del amor de Dios, por una
tragedia original de cerrazón del
hombre en sí mismo, pensando ser
autosuficiente, o bien un mero hecho
insignificante y pasajero, un
« extranjero » en un universo que se
ha formado por casualidad. El hombre
está alienado cuando vive solo o se
aleja de la realidad, cuando
renuncia a pensar y creer en un
Fundamento.[125] Toda la humanidad
está alienada cuando se entrega a
proyectos exclusivamente humanos, a
ideologías y utopías falsas.[126]
Hoy la humanidad aparece mucho más
interactiva que antes: esa mayor
vecindad debe transformarse en
verdadera comunión. El desarrollo de
los pueblos depende sobre todo de
que se reconozcan como parte de una
sola familia, que colabora con
verdadera comunión y está integrada
por seres que no viven simplemente
uno junto al otro.[127]
Pablo VI señalaba
que « el mundo se encuentra en un
lamentable vacío de ideas ».[128] La
afirmación contiene una
constatación, pero sobre todo una
aspiración: es preciso un nuevo
impulso del pensamiento para
comprender mejor lo que implica ser
una familia; la interacción entre
los pueblos del planeta nos urge a
dar ese impulso, para que la
integración se desarrolle bajo el
signo de la solidaridad [129] en vez
del de la marginación. Dicho
pensamiento obliga a una
profundización crítica y valorativa
de la categoría de la relación. Es
un compromiso que no puede llevarse
a cabo sólo con las ciencias
sociales, dado que requiere la
aportación de saberes como la
metafísica y la teología, para
captar con claridad la dignidad
trascendente del hombre.
La criatura
humana, en cuanto de naturaleza
espiritual, se realiza en las
relaciones interpersonales. Cuanto
más las vive de manera auténtica,
tanto más madura también en la
propia identidad personal. El hombre
se valoriza no aislándose sino
poniéndose en relación con los otros
y con Dios. Por tanto, la
importancia de dichas relaciones es
fundamental. Esto vale también para
los pueblos. Consiguientemente,
resulta muy útil para su desarrollo
una visión metafísica de la relación
entre las personas. A este respecto,
la razón encuentra inspiración y
orientación en la revelación
cristiana, según la cual la
comunidad de los hombres no absorbe
en sí a la persona anulando su
autonomía, como ocurre en las
diversas formas del totalitarismo,
sino que la valoriza más aún porque
la relación entre persona y
comunidad es la de un todo hacia
otro todo.[130] De la misma manera
que la comunidad familiar no anula
en su seno a las personas que la
componen, y la Iglesia misma valora
plenamente la « criatura nueva » (Ga
6,15; 2 Co 5,17), que por el
bautismo se inserta en su Cuerpo
vivo, así también la unidad de la
familia humana no anula de por sí a
las personas, los pueblos o las
culturas, sino que los hace más
transparentes los unos con los
otros, más unidos en su legítima
diversidad.
54. El tema del
desarrollo coincide con el de la
inclusión relacional de todas las
personas y de todos los pueblos en
la única comunidad de la familia
humana, que se construye en la
solidaridad sobre la base de los
valores fundamentales de la justicia
y la paz. Esta perspectiva se ve
iluminada de manera decisiva por la
relación entre las Personas de la
Trinidad en la única Sustancia
divina. La Trinidad es absoluta
unidad, en cuanto las tres Personas
divinas son relacionalidad pura. La
transparencia recíproca entre las
Personas divinas es plena y el
vínculo de una con otra total,
porque constituyen una absoluta
unidad y unicidad. Dios nos quiere
también asociar a esa realidad de
comunión: «para que sean uno, como
nosotros somos uno» (Jn 17,22). La
Iglesia es signo e instrumento de
esta unidad.[131] También las
relaciones entre los hombres a lo
largo de la historia se han
beneficiado de la referencia a este
Modelo divino. En particular, a la
luz del misterio revelado de la
Trinidad, se comprende que la
verdadera apertura no significa
dispersión centrífuga, sino
compenetración profunda. Esto se
manifiesta también en las
experiencias humanas comunes del
amor y de la verdad. Como el amor
sacramental une a los esposos
espiritualmente en «una sola carne»
(Gn 2,24; Mt 19,5; Ef 5,31), y de
dos que eran hace de ellos una
unidad relacional y real, de manera
análoga la verdad une los espíritus
entre sí y los hace pensar al
unísono, atrayéndolos y uniéndolos
en ella.
55. La revelación
cristiana sobre la unidad del género
humano presupone una interpretación
metafísica del humanum, en la que la
relacionalidad es elemento esencial.
También otras culturas y otras
religiones enseñan la fraternidad y
la paz y, por tanto, son de gran
importancia para el desarrollo
humano integral. Sin embargo, no
faltan actitudes religiosas y
culturales en las que no se asume
plenamente el principio del amor y
de la verdad, terminando así por
frenar el verdadero desarrollo
humano e incluso por impedirlo. El
mundo de hoy está siendo atravesado
por algunas culturas de trasfondo
religioso, que no llevan al hombre a
la comunión, sino que lo aíslan en
la búsqueda del bienestar
individual, limitándose a gratificar
las expectativas psicológicas.
También una cierta proliferación de
itinerarios religiosos de pequeños
grupos, e incluso de personas
individuales, así como el
sincretismo religioso, pueden ser
factores de dispersión y de falta de
compromiso. Un posible efecto
negativo del proceso de
globalización es la tendencia a
favorecer dicho sincretismo,[132]
alimentando formas de «religión» que
alejan a las personas unas de otras,
en vez de hacer que se encuentren, y
las apartan de la realidad. Al mismo
tiempo, persisten a veces parcelas
culturales y religiosas que
encasillan la sociedad en castas
sociales estáticas, en creencias
mágicas que no respetan la dignidad
de la persona, en actitudes de
sumisión a fuerzas ocultas. En esos
contextos, el amor y la verdad
encuentran dificultad para
afianzarse, perjudicando el
auténtico desarrollo.
Por este motivo,
aunque es verdad que, por un lado,
el desarrollo necesita de las
religiones y de las culturas de los
diversos pueblos, por otro lado,
sigue siendo verdad también que es
necesario un adecuado
discernimiento. La libertad
religiosa no significa
indiferentismo religioso y no
comporta que todas las religiones
sean iguales.[133] El discernimiento
sobre la contribución de las
culturas y de las religiones es
necesario para la construcción de la
comunidad social en el respeto del
bien común, sobre todo para quien
ejerce el poder político. Dicho
discernimiento deberá basarse en el
criterio de la caridad y de la
verdad. Puesto que está en juego el
desarrollo de las personas y de los
pueblos, tendrá en cuenta la
posibilidad de emancipación y de
inclusión en la óptica de una
comunidad humana verdaderamente
universal. El criterio para evaluar
las culturas y las religiones es
también « todo el hombre y todos los
hombres». El cristianismo, religión
del «Dios que tiene un rostro
humano»,[134] lleva en sí mismo un
criterio similar.
56. La religión
cristiana y las otras religiones
pueden contribuir al desarrollo
solamente si Dios tiene un lugar en
la esfera pública, con específica
referencia a la dimensión cultural,
social, económica y, en particular,
política. La doctrina social de la
Iglesia ha nacido para reivindicar
esa « carta de ciudadanía » [135] de
la religión cristiana. La negación
del derecho a profesar públicamente
la propia religión y a trabajar para
que las verdades de la fe inspiren
también la vida pública, tiene
consecuencias negativas sobre el
verdadero desarrollo. La exclusión
de la religión del ámbito público,
así como, el fundamentalismo
religioso por otro lado, impiden el
encuentro entre las personas y su
colaboración para el progreso de la
humanidad. La vida pública se
empobrece de motivaciones y la
política adquiere un aspecto opresor
y agresivo. Se corre el riesgo de
que no se respeten los derechos
humanos, bien porque se les priva de
su fundamento trascendente, bien
porque no se reconoce la libertad
personal. En el laicismo y en el
fundamentalismo se pierde la
posibilidad de un diálogo fecundo y
de una provechosa colaboración entre
la razón y la fe religiosa. La razón
necesita siempre ser purificada por
la fe, y esto vale también para la
razón política, que no debe creerse
omnipotente. A su vez, la religión
tiene siempre necesidad de ser
purificada por la razón para mostrar
su auténtico rostro humano. La
ruptura de este diálogo comporta un
coste muy gravoso para el desarrollo
de la humanidad.
57. El diálogo
fecundo entre fe y razón hace más
eficaz el ejercicio de la caridad en
el ámbito social y es el marco más
apropiado para promover la
colaboración fraterna entre
creyentes y no creyentes, en la
perspectiva compartida de trabajar
por la justicia y la paz de la
humanidad. Los Padres conciliares
afirmaban en la Constitución
pastoral Gaudium et spes: «Según la
opinión casi unánime de creyentes y
no creyentes, todo lo que existe en
la tierra debe ordenarse al hombre
como su centro y su
culminación».[136] Para los
creyentes, el mundo no es fruto de
la casualidad ni de la necesidad,
sino de un proyecto de Dios. De ahí
nace el deber de los creyentes de
aunar sus esfuerzos con todos los
hombres y mujeres de buena voluntad
de otras religiones, o no creyentes,
para que nuestro mundo responda
efectivamente al proyecto divino:
vivir como una familia, bajo la
mirada del Creador. Sin duda, el
principio de subsidiaridad,[137]
expresión de la inalienable libertad
humana. La subsidiaridad es ante
todo una ayuda a la persona, a
través de la autonomía de los
cuerpos intermedios. Dicha ayuda se
ofrece cuando la persona y los
sujetos sociales no son capaces de
valerse por sí mismos, implicando
siempre una finalidad emancipadora,
porque favorece la libertad y la
participación a la hora de asumir
responsabilidades. La subsidiaridad
respeta la dignidad de la persona,
en la que ve un sujeto siempre capaz
de dar algo a los otros. La
subsidiaridad, al reconocer que la
reciprocidad forma parte de la
constitución íntima del ser humano,
es el antídoto más eficaz contra
cualquier forma de asistencialismo
paternalista. Ella puede dar razón
tanto de la múltiple articulación de
los niveles y, por ello, de la
pluralidad de los sujetos, como de
su coordinación. Por tanto, es un
principio particularmente adecuado
para gobernar la globalización y
orientarla hacia un verdadero
desarrollo humano. Para no abrir la
puerta a un peligroso poder
universal de tipo monocrático, el
gobierno de la globalización debe
ser de tipo subsidiario, articulado
en múltiples niveles y planos
diversos, que colaboren
recíprocamente. La globalización
necesita ciertamente una autoridad,
en cuanto plantea el problema de la
consecución de un bien común global;
sin embargo, dicha autoridad deberá
estar organizada de modo subsidiario
y con división de poderes,[138]
tanto para no herir la libertad como
para resultar concretamente eficaz.
58. El principio
de subsidiaridad debe mantenerse
íntimamente unido al principio de la
solidaridad y viceversa, porque así
como la subsidiaridad sin la
solidaridad desemboca en el
particularismo social, también es
cierto que la solidaridad sin la
subsidiaridad acabaría en el
asistencialismo que humilla al
necesitado. Esta regla de carácter
general se ha de tener muy en cuenta
incluso cuando se afrontan los temas
sobre las ayudas internacionales al
desarrollo. Éstas, por encima de las
intenciones de los donantes, pueden
mantener a veces a un pueblo en un
estado de dependencia, e incluso
favorecer situaciones de dominio
local y de explotación en el país
que las recibe. Las ayudas
económicas, para que lo sean de
verdad, no deben perseguir otros
fines. Han de ser concedidas
implicando no sólo a los gobiernos
de los países interesados, sino
también a los agentes económicos
locales y a los agentes culturales
de la sociedad civil, incluidas las
Iglesias locales. Los programas de
ayuda han de adaptarse cada vez más
a la forma de los programas
integrados y compartidos desde la
base. En efecto, sigue siendo verdad
que el recurso humano es más valioso
de los países en vías de desarrollo:
éste es el auténtico capital que se
ha de potenciar para asegurar a los
países más pobres un futuro
verdaderamente autónomo. Conviene
recordar también que, en el campo
económico, la ayuda principal que
necesitan los países en vías de
desarrollo es permitir y favorecer
cada vez más el ingreso de sus
productos en los mercados
internacionales, posibilitando así
su plena participación en la vida
económica internacional. En el
pasado, las ayudas han servido con
demasiada frecuencia sólo para crear
mercados marginales de los productos
de esos países. Esto se debe muchas
veces a una falta de verdadera
demanda de estos productos: por
tanto, es necesario ayudar a esos
países a mejorar sus productos y a
adaptarlos mejor a la demanda.
Además, algunos han temido con
frecuencia la competencia de las
importaciones de productos,
normalmente agrícolas, provenientes
de los países económicamente pobres.
Sin embargo, se ha de recordar que
la posibilidad de comercializar
dichos productos significa a menudo
garantizar su supervivencia a corto
o largo plazo. Un comercio
internacional justo y equilibrado en
el campo agrícola puede reportar
beneficios a todos, tanto en la
oferta como en la demanda. Por este
motivo, no sólo es necesario
orientar comercialmente esos
productos, sino establecer reglas
comerciales internacionales que los
sostengan, y reforzar la
financiación del desarrollo para
hacer más productivas esas
economías.
59. La
cooperación para el desarrollo no
debe contemplar solamente la
dimensión económica; ha de ser una
gran ocasión para el encuentro
cultural y humano. Si los sujetos de
la cooperación de los países
económicamente desarrollados, como a
veces sucede, no tienen en cuenta la
identidad cultural propia y ajena,
con sus valores humanos, no podrán
entablar diálogo alguno con los
ciudadanos de los países pobres. Si
éstos, a su vez, se abren con
indiferencia y sin discernimiento a
cualquier propuesta cultural, no
estarán en condiciones de asumir la
responsabilidad de su auténtico
desarrollo.[139] Las sociedades
tecnológicamente avanzadas no deben
confundir el propio desarrollo
tecnológico con una presunta
superioridad cultural, sino que
deben redescubrir en sí mismas
virtudes a veces olvidadas, que las
han hecho florecer a lo largo de su
historia. Las sociedades en
crecimiento deben permanecer fieles
a lo que hay de verdaderamente
humano en sus tradiciones, evitando
que superpongan automáticamente a
ellas las formas de la civilización
tecnológica globalizada. En todas
las culturas se dan singulares y
múltiples convergencias éticas,
expresiones de una misma naturaleza
humana, querida por el Creador, y
que la sabiduría ética de la
humanidad llama ley natural.[140]
Dicha ley moral universal es
fundamento sólido de todo diálogo
cultural, religioso y político,
ayudando al pluralismo multiforme de
las diversas culturas a que no se
alejen de la búsqueda común de la
verdad, del bien y de Dios. Por
tanto, la adhesión a esa ley escrita
en los corazones es la base de toda
colaboración social constructiva. En
todas las culturas hay costras que
limpiar y sombras que despejar. La
fe cristiana, que se encarna en las
culturas trascendiéndolas, puede
ayudarlas a crecer en la convivencia
y en la solidaridad universal, en
beneficio del desarrollo comunitario
y planetario.
60. En la
búsqueda de soluciones para la
crisis económica actual, la ayuda al
desarrollo de los países pobres debe
considerarse un verdadero
instrumento de creación de riqueza
para todos. ¿Qué proyecto de ayuda
puede prometer un crecimiento de tan
significativo valor —incluso para la
economía mundial— como la ayuda a
poblaciones que se encuentran
todavía en una fase inicial o poco
avanzada de su proceso de desarrollo
económico? En esta perspectiva, los
estados económicamente más
desarrollados harán lo posible por
destinar mayores porcentajes de su
producto interior bruto para ayudas
al desarrollo, respetando los
compromisos que se han tomado sobre
este punto en el ámbito de la
comunidad internacional. Lo podrán
hacer también revisando sus
políticas internas de asistencia y
de solidaridad social, aplicando a
ellas el principio de subsidiaridad
y creando sistemas de seguridad
social más integrados, con la
participación activa de las personas
y de la sociedad civil. De esta
manera, es posible también mejorar
los servicios sociales y
asistenciales y, al mismo tiempo,
ahorrar recursos, eliminando
derroches y rentas abusivas, para
destinarlos a la solidaridad
internacional. Un sistema de
solidaridad social más participativo
y orgánico, menos burocratizado pero
no por ello menos coordinado, podría
revitalizar muchas energías hoy
adormecidas en favor también de la
solidaridad entre los pueblos.
Una posibilidad
de ayuda para el desarrollo podría
venir de la aplicación eficaz de la
llamada subsidiaridad fiscal, que
permitiría a los ciudadanos decidir
sobre el destino de los porcentajes
de los impuestos que pagan al
Estado. Esto puede ayudar, evitando
degeneraciones particularistas, a
fomentar formas de solidaridad
social desde la base, con obvios
beneficios también desde el punto de
vista de la solidaridad para el
desarrollo.
61. Una
solidaridad más amplia a nivel
internacional se manifiesta ante
todo en seguir promoviendo, también
en condiciones de crisis económica,
un mayor acceso a la educación que,
por otro lado, es una condición
esencial para la eficacia de la
cooperación internacional misma. Con
el término «educación» no nos
referimos sólo a la instrucción o a
la formación para el trabajo, que
son dos causas importantes para el
desarrollo, sino a la formación
completa de la persona. A este
respecto, se ha de subrayar un
aspecto problemático: para educar es
preciso saber quién es la persona
humana, conocer su naturaleza. Al
afianzarse una visión relativista de
dicha naturaleza plantea serios
problemas a la educación, sobre todo
a la educación moral, comprometiendo
su difusión universal. Cediendo a
este relativismo, todos se
empobrecen más, con consecuencias
negativas también para la eficacia
de la ayuda a las poblaciones más
necesitadas, a las que no faltan
sólo recursos económicos o técnicos,
sino también modos y medios
pedagógicos que ayuden a las
personas a lograr su plena
realización humana.
Un ejemplo de la
importancia de este problema lo
tenemos en el fenómeno del turismo
internacional,[141] que puede ser un
notable factor de desarrollo
económico y crecimiento cultural,
pero que en ocasiones puede
transformarse en una forma de
explotación y degradación moral. La
situación actual ofrece
oportunidades singulares para que
los aspectos económicos del
desarrollo, es decir, los flujos de
dinero y la aparición de
experiencias empresariales locales
significativas, se combinen con los
culturales, y en primer lugar el
educativo. En muchos casos es así,
pero en muchos otros el turismo
internacional es una experiencia
deseducativa, tanto para el turista
como para las poblaciones locales.
Con frecuencia, éstas se encuentran
con conductas inmorales, y hasta
perversas, como en el caso del
llamado turismo sexual, al que se
sacrifican tantos seres humanos,
incluso de tierna edad. Es doloroso
constatar que esto ocurre muchas
veces con el respaldo de gobiernos
locales, con el silencio de aquellos
otros de donde proceden los turistas
y con la complicidad de tantos
operadores del sector. Aún sin
llegar a ese extremo, el turismo
internacional se plantea con
frecuencia de manera consumista y
hedonista, como una evasión y con
modos de organización típicos de los
países de origen, de forma que no se
favorece un verdadero encuentro
entre personas y culturas. Hay que
pensar, pues, en un turismo
distinto, capaz de promover un
verdadero conocimiento recíproco,
que nada quite al descanso y a la
sana diversión: hay que fomentar un
turismo así, también a través de una
relación más estrecha con las
experiencias de cooperación
internacional y de iniciativas
empresariales para el desarrollo.
62. Otro aspecto
digno de atención, hablando del
desarrollo humano integral, es el
fenómeno de las migraciones. Es un
fenómeno que impresiona por sus
grandes dimensiones, por los
problemas sociales, económicos,
políticos, culturales y religiosos
que suscita, y por los dramáticos
desafíos que plantea a las
comunidades nacionales y a la
comunidad internacional. Podemos
decir que estamos ante un fenómeno
social de que marca época, que
requiere una fuerte y clarividente
política de cooperación
internacional para afrontarlo
debidamente. Esta política hay que
desarrollarla partiendo de una
estrecha colaboración entre los
países de procedencia y de destino
de los emigrantes; ha de ir
acompañada de adecuadas normativas
internacionales capaces de armonizar
los diversos ordenamientos
legislativos, con vistas a
salvaguardar las exigencias y los
derechos de las personas y de las
familias emigrantes, así como las de
las sociedades de destino. Ningún
país por sí solo puede ser capaz de
hacer frente a los problemas
migratorios actuales. Todos podemos
ver el sufrimiento, el disgusto y
las aspiraciones que conllevan los
flujos migratorios. Como es sabido,
es un fenómeno complejo de
gestionar; sin embargo, está
comprobado que los trabajadores
extranjeros, no obstante las
dificultades inherentes a su
integración, contribuyen de manera
significativa con su trabajo al
desarrollo económico del país que
los acoge, así como a su país de
origen a través de las remesas de
dinero. Obviamente, estos
trabajadores no pueden ser
considerados como una mercancía o
una mera fuerza laboral. Por tanto
no deben ser tratados como cualquier
otro factor de producción. Todo
emigrante es una persona humana que,
en cuanto tal, posee derechos
fundamentales inalienables que han
de ser respetados por todos y en
cualquier situación.[142]
63. Al considerar
los problemas del desarrollo, se ha
de resaltar relación entre pobreza y
desocupación. Los pobres son en
muchos casos el resultado de la
violación de la dignidad del trabajo
humano, bien porque se limitan sus
posibilidades (desocupación,
subocupación), bien porque se
devalúan « los derechos que fluyen
del mismo, especialmente el derecho
al justo salario, a la seguridad de
la persona del trabajador y de su
familia ».[143] Por esto, ya el 1 de
mayo de 2000, mi predecesor Juan
Pablo II, de venerada memoria, con
ocasión del Jubileo de los
Trabajadores, lanzó un llamamiento
para «una coalición mundial a favor
del trabajo decente»,[144] alentando
la estrategia de la Organización
Internacional del Trabajo. De esta
manera, daba un fuerte apoyo moral a
este objetivo, como aspiración de
las familias en todos los países del
mundo. Pero ¿qué significa la
palabra « decencia » aplicada al
trabajo? Significa un trabajo que,
en cualquier sociedad, sea expresión
de la dignidad esencial de todo
hombre o mujer: un trabajo
libremente elegido, que asocie
efectivamente a los trabajadores,
hombres y mujeres, al desarrollo de
su comunidad; un trabajo que, de
este modo, haga que los trabajadores
sean respetados, evitando toda
discriminación; un trabajo que
permita satisfacer las necesidades
de las familias y escolarizar a los
hijos sin que se vean obligados a
trabajar; un trabajo que consienta a
los trabajadores organizarse
libremente y hacer oír su voz; un
trabajo que deje espacio para
reencontrarse adecuadamente con las
propias raíces en el ámbito
personal, familiar y espiritual; un
trabajo que asegure una condición
digna a los trabajadores que llegan
a la jubilación.
64. En la
reflexión sobre el tema del trabajo,
es oportuno hacer un llamamiento a
las organizaciones sindicales de los
trabajadores, desde siempre
alentadas y sostenidas por la
Iglesia, ante la urgente exigencia
de abrirse a las nuevas perspectivas
que surgen en el ámbito laboral. Las
organizaciones sindicales están
llamadas a hacerse cargo de los
nuevos problemas de nuestra
sociedad, superando las limitaciones
propias de los sindicatos de clase.
Me refiero, por ejemplo, a ese
conjunto de cuestiones que los
estudiosos de las ciencias sociales
señalan en el conflicto entre
persona-trabajadora y
persona-consumidora. Sin que sea
necesario adoptar la tesis de que se
ha efectuado un desplazamiento de la
centralidad del trabajador a la
centralidad del consumidor, parece
en cualquier caso que éste es
también un terreno para experiencias
sindicales innovadoras. El contexto
global en el que se desarrolla el
trabajo requiere igualmente que las
organizaciones sindicales
nacionales, ceñidas sobre todo a la
defensa de los intereses de sus
afiliados, vuelvan su mirada también
hacia los no afiliados y, en
particular, hacia los trabajadores
de los países en vía de desarrollo,
donde tantas veces se violan los
derechos sociales. La defensa de
estos trabajadores, promovida
también mediante iniciativas
apropiadas en favor de los países de
origen, permitirá a las
organizaciones sindicales poner de
relieve las auténticas razones
éticas y culturales que las han
consentido ser, en contextos
sociales y laborales diversos, un
factor decisivo para el desarrollo.
Sigue siendo válida la tradicional
enseñanza de la Iglesia, que propone
la distinción de papeles y funciones
entre sindicato y política. Esta
distinción permitirá a las
organizaciones sindicales encontrar
en la sociedad civil el ámbito más
adecuado para su necesaria actuación
en defensa y promoción del mundo del
trabajo, sobre todo en favor de los
trabajadores explotados y no
representados, cuya amarga condición
pasa desapercibida tantas veces ante
los ojos distraídos de la sociedad.
65. Además, se
requiere que las finanzas mismas,
que han de renovar necesariamente
sus estructuras y modos de
funcionamiento tras su mala
utilización, que ha dañado la
economía real, vuelvan a ser un
instrumento encaminado a producir
mejor riqueza y desarrollo. Toda la
economía y todas las finanzas, y no
sólo algunos de sus sectores, en
cuanto instrumentos, deben ser
utilizados de manera ética para
crear las condiciones adecuadas para
el desarrollo del hombre y de los
pueblos. Es ciertamente útil, y en
algunas circunstancias
indispensable, promover iniciativas
financieras en las que predomine la
dimensión humanitaria. Sin embargo,
esto no debe hacernos olvidar que
todo el sistema financiero ha de
tener como meta el sostenimiento de
un verdadero desarrollo. Sobre todo,
es preciso que el intento de hacer
el bien no se contraponga al de la
capacidad efectiva de producir
bienes. Los agentes financieros han
de redescubrir el fundamento ético
de su actividad para no abusar de
aquellos instrumentos sofisticados
con los que se podría traicionar a
los ahorradores. Recta intención,
transparencia y búsqueda de los
buenos resultados son compatibles y
nunca se deben separar. Si el amor
es inteligente, sabe encontrar
también los modos de actuar según
una conveniencia previsible y justa,
como muestran de manera
significativa muchas experiencias en
el campo del crédito cooperativo.
Tanto una
regulación del sector capaz de
salvaguardar a los sujetos más
débiles e impedir escandalosas
especulaciones, cuanto la
experimentación de nuevas formas de
finanzas destinadas a favorecer
proyectos de desarrollo, son
experiencias positivas que se han de
profundizar y alentar, reclamando la
propia responsabilidad del
ahorrador. También la experiencia de
la microfinanciación, que hunde sus
raíces en la reflexión y en la
actuación de los humanistas civiles
—pienso sobre todo en el origen de
los Montes de Piedad—, ha de ser
reforzada y actualizada, sobre todo
en los momentos en que los problemas
financieros pueden resultar
dramáticos para los sectores más
vulnerables de la población, que
deben ser protegidos de la amenaza
de la usura y la desesperación. Los
más débiles deben ser educados para
defenderse de la usura, así como los
pueblos pobres han de ser educados
para beneficiarse realmente del
microcrédito, frenando de este modo
posibles formas de explotación en
estos dos campos. Puesto que también
en los países ricos se dan nuevas
formas de pobreza, la
microfinanciación puede ofrecer
ayudas concretas para crear
iniciativas y sectores nuevos que
favorezcan a las capas más débiles
de la sociedad, también ante una
posible fase de empobrecimiento de
la sociedad.
66. La
interrelación mundial ha hecho
surgir un nuevo poder político, el
de los consumidores y sus
asociaciones. Es un fenómeno en el
que se debe profundizar, pues
contiene elementos positivos que hay
que fomentar, como también excesos
que se han de evitar. Es bueno que
las personas se den cuenta de que
comprar es siempre un acto moral, y
no sólo económico. El consumidor
tiene una responsabilidad social
específica, que se añade a la
responsabilidad social de la
empresa. Los consumidores deben ser
constantemente educados [145] para
el papel que ejercen diariamente y
que pueden desempeñar respetando los
principios morales, sin que
disminuya la racionalidad económica
intrínseca en el acto de comprar.
También en el campo de las compras,
precisamente en momentos como los
que se están viviendo, en los que el
poder adquisitivo puede verse
reducido y se deberá consumir con
mayor sobriedad, es necesario abrir
otras vías como, por ejemplo, formas
de cooperación para las
adquisiciones, como ocurre con las
cooperativas de consumo, que existen
desde el s. XIX, gracias también a
la iniciativa de los católicos.
Además, es conveniente favorecer
formas nuevas de comercialización de
productos provenientes de áreas
deprimidas del planeta para
garantizar una retribución decente a
los productores, a condición de que
se trate de un mercado transparente,
que los productores reciban no sólo
mayores márgenes de ganancia sino
también mayor formación,
profesionalidad y tecnología y,
finalmente, que dichas experiencias
de economía para el desarrollo no
estén condicionadas por visiones
ideológicas partidistas. Es de
desear un papel más incisivo de los
consumidores como factor de
democracia económica, siempre que
ellos mismos no estén manipulados
por asociaciones escasamente
representativas.
67. Ente el
imparable aumento de la
interdependencia mundial, y también
en presencia de una recesión de
alcance global, se siente mucho la
urgencia de la reforma tanto de la
Organización de las Naciones Unidas
como de la arquitectura económica y
financiera internacional, para que
se dé una concreción real al
concepto de familia de naciones. Y
se siente la urgencia de encontrar
formas innovadoras para poner en
práctica el principio de la
responsabilidad de proteger[146] y
dar también una voz eficaz en las
decisiones comunes a las naciones
más pobres. Esto aparece necesario
precisamente con vistas a un
ordenamiento político, jurídico y
económico que incremente y oriente
la colaboración internacional hacia
el desarrollo solidario de todos los
pueblos. Para gobernar la economía
mundial, para sanear las economías
afectadas por la crisis, para
prevenir su empeoramiento y mayores
desequilibrios consiguientes, para
lograr un oportuno desarme integral,
la seguridad alimenticia y la paz,
para garantizar la salvaguardia del
ambiente y regular los flujos
migratorios, urge la presencia de
una verdadera Autoridad política
mundial, como fue ya esbozada por mi
Predecesor, el Beato Juan XXIII.
Esta Autoridad deberá estar regulada
por el derecho, atenerse de manera
concreta a los principios de
subsidiaridad y de solidaridad,
estar ordenada a la realización del
bien común,[147] comprometerse en la
realización de un auténtico
desarrollo humano integral inspirado
en los valores de la caridad en la
verdad. Dicha Autoridad, además,
deberá estar reconocida por todos,
gozar de poder efectivo para
garantizar a cada uno la seguridad,
el cumplimiento de la justicia y el
respeto de los derechos.[148]
Obviamente, debe tener la facultad
de hacer respetar sus propias
decisiones a las diversas partes,
así como las medidas de coordinación
adoptadas en los diferentes foros
internacionales. En efecto, cuando
esto falta, el derecho
internacional, no obstante los
grandes progresos alcanzados en los
diversos campos, correría el riesgo
de estar condicionado por los
equilibrios de poder entre los más
fuertes. El desarrollo integral de
los pueblos y la colaboración
internacional exigen el
establecimiento de un grado superior
de ordenamiento internacional de
tipo subsidiario para el gobierno de
la globalización[149], que se lleve
a cabo finalmente un orden social
conforme al orden moral, así como
esa relación entre esfera moral y
social, entre política y mundo
económico y civil, ya previsto en el
Estatuto de las Naciones Unidas.
CAPÍTULO SEXTO
EL DESARROLLO DE LOS PUEBLOS Y LA
TÉCNICA
68. El tema del
desarrollo de los pueblos está
íntimamente unido al del desarrollo
de cada hombre. La persona humana
tiende por naturaleza a su propio
desarrollo. Éste no está garantizado
por una serie de mecanismos
naturales, sino que cada uno de
nosotros es consciente de su
capacidad de decidir libre y
responsablemente. Tampoco se trata
de un desarrollo a merced de nuestro
capricho, ya que todos sabemos que
somos un don y no el resultado de
una autogeneración. Nuestra libertad
está originariamente caracterizada
por nuestro ser, con sus propias
limitaciones. Ninguno da forma a la
propia conciencia de manera
arbitraria, sino que todos
construyen su propio « yo » sobre la
base de un « sí mismo » que nos ha
sido dado. No sólo las demás
personas se nos presentan como no
disponibles, sino también nosotros
para nosotros mismos. El desarrollo
de la persona se degrada cuando ésta
pretende ser la única creadora de sí
misma. De modo análogo, también el
desarrollo de los pueblos se degrada
cuando la humanidad piensa que puede
recrearse utilizando los
« prodigios » de la tecnología. Lo
mismo ocurre con el desarrollo
económico, que se manifiesta
ficticio y dañino cuando se apoya en
los « prodigios » de las finanzas
para sostener un crecimiento
antinatural y consumista. Ante esta
pretensión prometeica, hemos de
fortalecer el aprecio por una
libertad no arbitraria, sino
verdaderamente humanizada por el
reconocimiento del bien que la
precede. Para alcanzar este
objetivo, es necesario que el hombre
entre en sí mismo para descubrir las
normas fundamentales de la ley moral
natural que Dios ha inscrito en su
corazón.
69. El problema
del desarrollo en la actualidad está
estrechamente unido al progreso
tecnológico y a sus aplicaciones
deslumbrantes en campo biológico. La
técnica — conviene subrayarlo — es
un hecho profundamente humano,
vinculado a la autonomía y libertad
del hombre. En la técnica se
manifiesta y confirma el dominio del
espíritu sobre la materia. «Siendo
éste [el espíritu] “menos esclavo de
las cosas, puede más fácilmente
elevarse a la adoración y a la
contemplación del Creador”».[150] La
técnica permite dominar la materia,
reducir los riesgos, ahorrar
esfuerzos, mejorar las condiciones
de vida. Responde a la misma
vocación del trabajo humano: en la
técnica, vista como una obra del
propio talento, el hombre se
reconoce a sí mismo y realiza su
propia humanidad. La técnica es el
aspecto objetivo del actuar
humano,[151] cuyo origen y razón de
ser está en el elemento subjetivo:
el hombre que trabaja. Por eso, la
técnica nunca es sólo técnica.
Manifiesta quién es el hombre y
cuáles son sus aspiraciones de
desarrollo, expresa la tensión del
ánimo humano hacia la superación
gradual de ciertos condicionamientos
materiales. La técnica, por lo
tanto, se inserta en el mandato de
cultivar y custodiar la tierra (cf.
Gn 2,15), que Dios ha confiado al
hombre, y se orienta a reforzar esa
alianza entre ser humano y medio
ambiente que debe reflejar el amor
creador de Dios.
70. El desarrollo
tecnológico puede alentar la idea de
la autosuficiencia de la técnica,
cuando el hombre se pregunta sólo
por el cómo, en vez de considerar
los porqués que lo impulsan a
actuar. Por eso, la técnica tiene un
rostro ambiguo. Nacida de la
creatividad humana como instrumento
de la libertad de la persona, puede
entenderse como elemento de una
libertad absoluta, que desea
prescindir de los límites inherentes
a las cosas. El proceso de
globalización podría sustituir las
ideologías por la técnica,[152]
transformándose ella misma en un
poder ideológico, que expondría a la
humanidad al riesgo de encontrarse
encerrada dentro de un a priori del
cual no podría salir para encontrar
el ser y la verdad. En ese caso,
cada uno de nosotros conocería,
evaluaría y decidiría los aspectos
de su vida desde un horizonte
cultural tecnocrático, al que
perteneceríamos estructuralmente,
sin poder encontrar jamás un sentido
que no sea producido por nosotros
mismos. Esta visión refuerza mucho
hoy la mentalidad tecnicista, que
hace coincidir la verdad con lo
factible. Pero cuando el único
criterio de verdad es la eficiencia
y la utilidad, se niega
automáticamente el desarrollo. En
efecto, el verdadero desarrollo no
consiste principalmente en hacer. La
clave del desarrollo está en una
inteligencia capaz de entender la
técnica y de captar el significado
plenamente humano del quehacer del
hombre, según el horizonte de
sentido de la persona considerada en
la globalidad de su ser. Incluso
cuando el hombre opera a través de
un satélite o de un impulso
electrónico a distancia, su actuar
permanece siempre humano, expresión
de una libertad responsable. La
técnica atrae fuertemente al hombre,
porque lo rescata de las
limitaciones físicas y le amplía el
horizonte. Pero la libertad humana
es ella misma sólo cuando responde a
esta atracción de la técnica con
decisiones que son fruto de la
responsabilidad moral. De ahí la
necesidad apremiante de una
formación para un uso ético y
responsable de la técnica.
Conscientes de esta atracción de la
técnica sobre el ser humano, se debe
recuperar el verdadero sentido de la
libertad, que no consiste en la
seducción de una autonomía total,
sino en la respuesta a la llamada
del ser, comenzando por nuestro
propio ser.
71. Esta posible
desviación de la mentalidad técnica
de su originario cauce humanista se
muestra hoy de manera evidente en la
tecnificación del desarrollo y de la
paz. El desarrollo de los pueblos es
considerado con frecuencia como un
problema de ingeniería financiera,
de apertura de mercados, de bajadas
de impuestos, de inversiones
productivas, de reformas
institucionales, en definitiva como
una cuestión exclusivamente técnica.
Sin duda, todos estos ámbitos tienen
un papel muy importante, pero
deberíamos preguntarnos por qué las
decisiones de tipo técnico han
funcionado hasta ahora sólo en
parte. La causa es mucho más
profunda. El desarrollo nunca estará
plenamente garantizado plenamente
por fuerzas que en gran medida son
automáticas e impersonales, ya
provengan de las leyes de mercado o
de políticas de carácter
internacional. El desarrollo es
imposible sin hombres rectos, sin
operadores económicos y agentes
políticos que sientan fuertemente en
su conciencia la llamada al bien
común. Se necesita tanto la
preparación profesional como la
coherencia moral. Cuando predomina
la absolutización de la técnica se
produce una confusión entre los
fines y los medios, el empresario
considera como único criterio de
acción el máximo beneficio en la
producción; el político, la
consolidación del poder; el
científico, el resultado de sus
descubrimientos. Así, bajo esa red
de relaciones económicas,
financieras y políticas persisten
frecuentemente incomprensiones,
malestar e injusticia; los flujos de
conocimientos técnicos aumentan,
pero en beneficio de sus
propietarios, mientras que la
situación real de las poblaciones
que viven bajo y casi siempre al
margen de estos flujos, permanece
inalterada, sin posibilidades reales
de emancipación.
72. También la
paz corre a veces el riesgo de ser
considerada como un producto de la
técnica, fruto exclusivamente de los
acuerdos entre los gobiernos o de
iniciativas tendentes a asegurar
ayudas económicas eficaces. Es
cierto que la construcción de la paz
necesita una red constante de
contactos diplomáticos, intercambios
económicos y tecnológicos,
encuentros culturales, acuerdos en
proyectos comunes, como también que
se adopten compromisos compartidos
para alejar las amenazas de tipo
bélico o cortar de raíz las
continuas tentaciones terroristas.
No obstante, para que esos esfuerzos
produzcan efectos duraderos, es
necesario que se sustenten en
valores fundamentados en la verdad
de la vida. Es decir, es preciso
escuchar la voz de las poblaciones
interesadas y tener en cuenta su
situación para poder interpretar de
manera adecuada sus expectativas.
Todo esto debe estar unido al
esfuerzo anónimo de tantas personas
que trabajan decididamente para
fomentar el encuentro entre los
pueblos y favorecer la promoción del
desarrollo partiendo del amor y de
la comprensión recíproca. Entre
estas personas encontramos también
fieles cristianos, implicados en la
gran tarea de dar un sentido
plenamente humano al desarrollo y la
paz.
73. El desarrollo
tecnológico está relacionado con la
influencia cada vez mayor de los
medios de comunicación social. Es
casi imposible imaginar ya la
existencia de la familia humana sin
su presencia. Para bien o para mal,
se han introducido de tal manera en
la vida del mundo, que parece
realmente absurda la postura de
quienes defienden su neutralidad y,
consiguientemente, reivindican su
autonomía con respecto a la moral de
las personas. Muchas veces,
tendencias de este tipo, que
enfatizan la naturaleza
estrictamente técnica de estos
medios, favorecen de hecho su
subordinación a los intereses
económicos, al dominio de los
mercados, sin olvidar el deseo de
imponer parámetros culturales en
función de proyectos de carácter
ideológico y político. Dada la
importancia fundamental de los
medios de comunicación en determinar
los cambios en el modo de percibir y
de conocer la realidad y la persona
humana misma, se hace necesaria una
seria reflexión sobre su influjo,
especialmente sobre la dimensión
ético-cultural de la globalización y
el desarrollo solidario de los
pueblos. Al igual que ocurre con la
correcta gestión de la globalización
y el desarrollo, el sentido y la
finalidad de los medios de
comunicación debe buscarse en su
fundamento antropológico. Esto
quiere decir que pueden ser ocasión
de humanización no sólo cuando,
gracias al desarrollo tecnológico,
ofrecen mayores posibilidades para
la comunicación y la información,
sino sobre todo cuando se organizan
y se orientan bajo la luz de una
imagen de la persona y el bien común
que refleje sus valores universales.
El mero hecho de que los medios de
comunicación social multipliquen las
posibilidades de interconexión y de
circulación de ideas, no favorece la
libertad ni globaliza el desarrollo
y la democracia para todos. Para
alcanzar estos objetivos se necesita
que los medios de comunicación estén
centrados en la promoción de la
dignidad de las personas y de los
pueblos, que estén expresamente
animados por la caridad y se pongan
al servicio de la verdad, del bien y
de la fraternidad natural y
sobrenatural. En efecto, la libertad
humana está intrínsecamente ligada a
estos valores superiores. Los medios
pueden ofrecer una valiosa ayuda al
aumento de la comunión en la familia
humana y al ethos de la sociedad,
cuando se convierten en instrumentos
que promueven la participación
universal en la búsqueda común de lo
que es justo.
74. En la
actualidad, la bioética es un campo
prioritario y crucial en la lucha
cultural entre el absolutismo de la
técnica y la responsabilidad moral,
y en el que está en juego la
posibilidad de un desarrollo humano
e integral. Éste es un ámbito muy
delicado y decisivo, donde se
plantea con toda su fuerza dramática
la cuestión fundamental: si el
hombre es un producto de sí mismo o
si depende de Dios. Los
descubrimientos científicos en este
campo y las posibilidades de una
intervención técnica han crecido
tanto que parecen imponer la
elección entre estos dos tipos de
razón: una razón abierta a la
trascendencia o una razón encerrada
en la inmanencia. Estamos ante un
aut aut decisivo. Pero la
racionalidad del quehacer técnico
centrada sólo en sí misma se revela
como irracional, porque comporta un
rechazo firme del sentido y del
valor. Por ello, la cerrazón a la
trascendencia tropieza con la
dificultad de pensar cómo es posible
que de la nada haya surgido el ser y
de la casualidad la
inteligencia.[153] Ante estos
problemas tan dramáticos, razón y fe
se ayudan mutuamente. Sólo juntas
salvarán al hombre. Atraída por el
puro quehacer técnico, la razón sin
la fe se ve avocada a perderse en la
ilusión de su propia omnipotencia.
La fe sin la razón corre el riesgo
de alejarse de la vida concreta de
las personas.[154]
75. Pablo VI
había percibido y señalado ya el
alcance mundial de la cuestión
social.[155] Siguiendo esta línea,
hoy es preciso afirmar que la
cuestión social se ha convertido
radicalmente en una cuestión
antropológica, en el sentido de que
implica no sólo el modo mismo de
concebir, sino también de manipular
la vida, cada día más expuesta por
la biotecnología a la intervención
del hombre. La fecundación in vitro,
la investigación con embriones, la
posibilidad de la clonación y de la
hibridación humana nacen y se
promueven en la cultura actual del
desencanto total, que cree haber
desvelado cualquier misterio, puesto
que se ha llegado ya a la raíz de la
vida. Es aquí donde el absolutismo
de la técnica encuentra su máxima
expresión. En este tipo de cultura,
la conciencia está llamada
únicamente a tomar nota de una mera
posibilidad técnica. Pero no han de
minimizarse los escenarios
inquietantes para el futuro del
hombre, ni los nuevos y potentes
instrumentos que la «cultura de la
muerte» tiene a su disposición. A la
plaga difusa, trágica, del aborto,
podría añadirse en el futuro, aunque
ya subrepticiamente in nuce, una
sistemática planificación eugenésica
de los nacimientos. Por otro lado,
se va abriendo paso una mens
eutanasica, manifestación no menos
abusiva del dominio sobre la vida,
que en ciertas condiciones ya no se
considera digna de ser vivida.
Detrás de estos escenarios hay
planteamientos culturales que niegan
la dignidad humana. A su vez, estas
prácticas fomentan una concepción
materialista y mecanicista de la
vida humana. ¿Quién puede calcular
los efectos negativos sobre el
desarrollo de esta mentalidad? ¿Cómo
podemos extrañarnos de la
indiferencia ante tantas situaciones
humanas degradantes, si la
indiferencia caracteriza nuestra
actitud ante lo que es humano y lo
que no lo es? Sorprende la selección
arbitraria de aquello que hoy se
propone como digno de respeto.
Muchos, dispuestos a escandalizarse
por cosas secundarias, parecen
tolerar injusticias inauditas.
Mientras los pobres del mundo siguen
llamando a la puerta de la
opulencia, el mundo rico corre el
riesgo de no escuchar ya estos
golpes a su puerta, debido a una
conciencia incapaz de reconocer lo
humano. Dios revela el hombre al
hombre; la razón y la fe colaboran a
la hora de mostrarle el bien, con
tal que lo quiera ver; la ley
natural, en la que brilla la Razón
creadora, indica la grandeza del
hombre, pero también su miseria,
cuando desconoce el reclamo de la
verdad moral.
76. Uno de los
aspectos del actual espíritu
tecnicista se puede apreciar en la
propensión a considerar los
problemas y los fenómenos que tienen
que ver con la vida interior sólo
desde un punto de vista psicológico,
e incluso meramente neurológico. De
esta manera, la interioridad del
hombre se vacía y el ser conscientes
de la consistencia ontológica del
alma humana, con las profundidades
que los Santos han sabido sondear,
se pierde progresivamente. El
problema del desarrollo está
estrechamente relacionado con el
concepto que tengamos del alma del
hombre, ya que nuestro yo se ve
reducido muchas veces a la psique, y
la salud del alma se confunde con el
bienestar emotivo. Estas reducciones
tienen su origen en una profunda
incomprensión de lo que es la vida
espiritual y llevan a ignorar que el
desarrollo del hombre y de los
pueblos depende también de las
soluciones que se dan a los
problemas de carácter espiritual. El
desarrollo debe abarcar, además de
un progreso material, uno
espiritual, porque el hombre es
« uno en cuerpo y alma » [156],
nacido del amor creador de Dios y
destinado a vivir eternamente. El
ser humano se desarrolla cuando
crece espiritualmente, cuando su
alma se conoce a sí misma y la
verdad que Dios ha impreso
germinalmente en ella, cuando
dialoga consigo mismo y con su
Creador. Lejos de Dios, el hombre
está inquieto y se hace frágil. La
alienación social y psicológica, y
las numerosas neurosis que
caracterizan las sociedades
opulentas, remiten también a este
tipo de causas espirituales. Una
sociedad del bienestar,
materialmente desarrollada, pero que
oprime el alma, no está en sí misma
bien orientada hacia un auténtico
desarrollo. Las nuevas formas de
esclavitud, como la droga, y la
desesperación en la que caen tantas
personas, tienen una explicación no
sólo sociológica o psicológica, sino
esencialmente espiritual. El vacío
en que el alma se siente abandonada,
contando incluso con numerosas
terapias para el cuerpo y para la
psique, hace sufrir. No hay
desarrollo pleno ni un bien común
universal sin el bien espiritual y
moral de las personas, consideradas
en su totalidad de alma y cuerpo.
77. El
absolutismo de la técnica tiende a
producir una incapacidad de percibir
todo aquello que no se explica con
la pura materia. Sin embargo, todos
los hombres tienen experiencia de
tantos aspectos inmateriales y
espirituales de su vida. Conocer no
es sólo un acto material, porque lo
conocido esconde siempre algo que va
más allá del dato empírico. Todo
conocimiento, hasta el más simple,
es siempre un pequeño prodigio,
porque nunca se explica
completamente con los elementos
materiales que empleamos. En toda
verdad hay siempre algo más de lo
que cabía esperar, en el amor que
recibimos hay siempre algo que nos
sorprende. Jamás deberíamos dejar de
sorprendernos ante estos prodigios.
En todo conocimiento y acto de amor,
el alma del hombre experimenta un
« más » que se asemeja mucho a un
don recibido, a una altura a la que
se nos lleva. También el desarrollo
del hombre y de los pueblos alcanza
un nivel parecido, si consideramos
la dimensión espiritual que debe
incluir necesariamente el desarrollo
para ser auténtico. Para ello se
necesitan unos ojos nuevos y un
corazón nuevo, que superen la visión
materialista de los acontecimientos
humanos y que vislumbren en el
desarrollo ese « algo más » que la
técnica no puede ofrecer. Por este
camino se podrá conseguir aquel
desarrollo humano e integral, cuyo
criterio orientador se halla en la
fuerza impulsora de la caridad en la
verdad.
CONCLUSIÓN
78. Sin Dios el
hombre no sabe donde ir ni tampoco
logra entender quién es. Ante los
grandes problemas del desarrollo de
los pueblos, que nos impulsan casi
al desasosiego y al abatimiento,
viene en nuestro auxilio la palabra
de Jesucristo, que nos hace saber:
«Sin mí no podéis hacer nada» (Jn
15,5). Y nos anima: «Yo estoy con
vosotros todos los días, hasta el
final del mundo » (Mt 28,20). Ante
el ingente trabajo que queda por
hacer, la fe en la presencia de Dios
nos sostiene, junto con los que se
unen en su nombre y trabajan por la
justicia. Pablo VI nos ha recordado
en la Populorum progressio que el
hombre no es capaz de gobernar por
sí mismo su propio progreso, porque
él solo no puede fundar un verdadero
humanismo. Sólo si pensamos que se
nos ha llamado individualmente y
como comunidad a formar parte de la
familia de Dios como hijos suyos,
seremos capaces de forjar un
pensamiento nuevo y sacar nuevas
energías al servicio de un humanismo
íntegro y verdadero. Por tanto, la
fuerza más poderosa al servicio del
desarrollo es un humanismo
cristiano,[157] que vivifique la
caridad y que se deje guiar por la
verdad, acogiendo una y otra como un
don permanente de Dios. La
disponibilidad para con Dios provoca
la disponibilidad para con los
hermanos y una vida entendida como
una tarea solidaria y gozosa. Al
contrario, la cerrazón ideológica a
Dios y el indiferentismo ateo, que
olvida al Creador y corre el peligro
de olvidar también los valores
humanos, se presentan hoy como uno
de los mayores obstáculos para el
desarrollo. El humanismo que excluye
a Dios es un humanismo inhumano.
Solamente un humanismo abierto al
Absoluto nos puede guiar en la
promoción y realización de formas de
vida social y civil — en el ámbito
de las estructuras, las
instituciones, la cultura y el ethos
—, protegiéndonos del riesgo de
quedar apresados por las modas del
momento. La conciencia del amor
indestructible de Dios es la que nos
sostiene en el duro y apasionante
compromiso por la justicia, por el
desarrollo de los pueblos, entre
éxitos y fracasos, y en la tarea
constante de dar un recto
ordenamiento a las realidades
humanas. El amor de Dios nos invita
a salir de lo que es limitado y no
definitivo, nos da valor para
trabajar y seguir en busca del bien
de todos, aun cuando no se realice
inmediatamente, aun cuando lo que
consigamos nosotros, las autoridades
políticas y los agentes económicos,
sea siempre menos de lo que
anhelamos.[158] Dios nos da la
fuerza para luchar y sufrir por amor
al bien común, porque Él es nuestro
Todo, nuestra esperanza más grande.
79. El desarrollo
necesita cristianos con los brazos
levantados hacia Dios en oración,
cristianos conscientes de que el
amor lleno de verdad, caritas in
veritate, del que procede el
auténtico desarrollo, no es el
resultado de nuestro esfuerzo sino
un don. Por ello, también en los
momentos más difíciles y complejos,
además de actuar con sensatez, hemos
de volvernos ante todo a su amor. El
desarrollo conlleva atención a la
vida espiritual, tener en cuenta
seriamente la experiencia de fe en
Dios, de fraternidad espiritual en
Cristo, de confianza en la
Providencia y en la Misericordia
divina, de amor y perdón, de
renuncia a uno mismo, de acogida del
prójimo, de justicia y de paz. Todo
esto es indispensable para
transformar los « corazones de
piedra » en «corazones de carne» (Ez
36,26), y hacer así la vida terrena
más «divina» y por tanto más digna
del hombre. Todo esto es del hombre,
porque el hombre es sujeto de su
existencia; y a la vez es de Dios,
porque Dios es el principio y el fin
de todo lo que tiene valor y nos
redime: «el mundo, la vida, la
muerte, lo presente, lo futuro. Todo
es vuestro, vosotros de Cristo, y
Cristo de Dios» (1 Co 3,22-23). El
anhelo del cristiano es que toda la
familia humana pueda invocar a Dios
como «Padre nuestro». Que junto al
Hijo unigénito, todos los hombres
puedan aprender a rezar al Padre y a
suplicarle con las palabras que el
mismo Jesús nos ha enseñado, que
sepamos santificarlo viviendo según
su voluntad, y tengamos también el
pan necesario de cada día,
comprensión y generosidad con los
que nos ofenden, que no se nos
someta excesivamente a las pruebas y
se nos libre del mal (cf. Mt
6,9-13).
Al concluir el
Año Paulino, me complace expresar
este deseo con las mismas palabras
del Apóstol en su carta a los
Romanos: «Que vuestra caridad no sea
una farsa: aborreced lo malo y
apegaos a lo bueno. Como buenos
hermanos, sed cariñosos unos con
otros, estimando a los demás más que
a uno mismo» (12,9-10). Que la
Virgen María, proclamada por Pablo
VI Mater Ecclesiae y honrada por el
pueblo cristiano como Speculum
iustitiae y Regina pacis, nos
proteja y nos obtenga por su
intercesión celestial la fuerza, la
esperanza y la alegría necesaria
para continuar generosamente la
tarea en favor del «desarrollo de
todo el hombre y de todos los
hombres».[159]
Dado en Roma,
junto a San Pedro, el 29 de junio,
solemnidad de San Pedro y San Pablo,
del año 2009, quinto de mi
Pontificado.
[1]Cf. Pablo VI,
Carta enc. Populorum progressio (26
marzo 1967), 22: AAS 59 (1967), 268;
Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.
Gaudium et spes, sobre la Iglesia en
el mundo actual, 69.
[2]Homilía para la « Jornada del
desarrollo » ( 23 agosto 1968): AAS
60 (1968), 626-627.
[3]Cf. Juan Pablo II, Mensaje para
la Jornada Mundial de la Paz 2002:
AAS 94 (2002), 132-140.
[4]Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
past. Gaudium et spes, sobre la
Iglesia en el mundo actual, 26.
[5]Cf. Juan XXIII, Carta enc. Pacem
in terris (11 abril 1963): AAS 55
(1963), 268-270.
[6]Cf. n. 16: l.c., 265.
[7]Cf. ibíd., 82: l.c., 297.
[8]Ibíd., 42: l.c., 278.
[9]Ibíd., 20: l.c., 267.
[10]Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
past. Gaudium et spes, sobre la
Iglesia en el mundo actual, 36;
Pablo VI, Carta ap. Octogesima
adveniens (14 mayo 1971), 4: AAS 63
(1971), 403-404; Juan Pablo II,
Carta enc. Centesimus annus (1 mayo
1991), 43: AAS 83 (1991), 847.
[11]Pablo VI, Carta enc. Populorum
progressio, 13: l.c., 263-264.
[12]Cf. Consejo Pontificio de
Justicia y Paz, Compendio de la
doctrina social de la Iglesia, n.
76.
[13]Cf. Discurso en la inauguración
de la V Conferencia General del
Episcopado Latinoamericano y del
Caribe (13 mayo 2007): L’Osservatore
Romano, ed. en lengua española (25
mayo 2007), pp. 9-11.
[14]Cf. nn. 3-5: l.c., 258-260.
[15]Cf. Juan Pablo II, Carta enc.
Sollicitudo rei socialis (30
diciembre 1987) 6-7: AAS 80 (1988),
517-519.
[16]Cf. Pablo VI, Carta enc.
Populorum progressio, 14: l.c., 264.
[17]Carta enc. Deus caritas est (25
diciembre 2005), 18: AAS 98 (2006),
232.
[18]Ibíd., 6: l.c., 222.
[19]Cf. Discurso a la Curia Romana
con motivo de las felicitaciones
navideñas (22 diciembre 2005):
L’Osservatore Romano, ed. en lengua
española (30 diciembre 2005), pp.
9-12.
[20]Cf. Juan Pablo II, Carta enc.
Sollicitudo rei socialis, 3: l.c.,
515.
[21]Cf. ibíd., 1: l.c., 513-514.
[22]Cf. ibíd., 3: l.c., 515.
[23]Cf. Juan Pablo II, Carta enc.
Laborem exercens (14 septiembre
1981), 3: AAS 73 (1981), 583-584.
[24]Cf. Id., Carta enc. Centesimus
annus, 3: l.c., 794-796.
[25]Cf. Carta enc. Populorum
progressio, 3: l.c., 258.
[26]Cf. ibíd., 34: l.c., 274.
[27]Cf. nn. 8-9: AAS 60 (1968),
485-487; Benedicto XVI, Discurso a
los participantes en el Congreso
Internacional con ocasión del 40
aniversario de la encíclica
« Humanae vitae » (10 mayo 2008):
L’Osservatore Romano, ed. en lengua
española (16 mayo 2008), p. 8.
[28]Cf. Juan Pablo II, Carta enc.
Evangelium vitae (25 marzo 1995),
93: AAS 87 (1995), 507-508.
[29]Ibíd., 101: l.c., 516-518.
[30]N. 29: AAS 68 (1976), 25.
[31]Ibíd., 31: l.c., 26.
[32]Cf. Juan Pablo II, Carta enc.
Sollicitudo rei socialis, 41: l.c.,
570-572.
[33]Ibíd.; Id., Carta enc.
Centesimus annus, 5. 54: l.c., 799.
859-860.
[34]N. 15: l.c., 265.
[35]Cf. ibíd., 2: l.c., 258; León
XIII, Carta enc. Rerum novarum (15
mayo 1891): Leonis XIII P.M. Acta,
XI, Romae 1892, 97-144; Juan Pablo
II, Carta enc. Sollicitudo rei
socialis, 8: l.c., 519-520; Id.,
Carta enc. Centesimus annus, 5:
l.c., 799.
[36]Cf. Carta enc. Populorum
progressio, 2. 13: l.c., 258.
263-264.
[37]Ibíd., 42: l.c., 278.
[38]Ibíd., 11: l.c., 262; Juan Pablo
II, Carta enc. Centesimus annus, 25:
l.c., 822-824.
[39]Carta enc. Populorum progressio,
15: l.c., 265.
[40]Ibíd., 3: l.c., 258.
[41]Ibíd., 6: l.c., 260.
[42]Ibíd., 14: l.c., 264.
[43]Ibíd.; cf. Juan Pablo II, Carta
enc. Centesimus annus, 53-62: l.c.,
859-867; Id., Carta enc. Redemptor
hominis (4 marzo 1979), 13-14: AAS
71 (1979), 282-286.
[44]Cf. Pablo VI, Carta enc.
Populorum progressio, 12: l.c.,
262-263.
[45]Conc. Ecum. Vat. II, Const.
past. Gaudium et spes, sobre la
Iglesia en el mundo actual, 22.
[46]Pablo VI, Carta enc. Populorum
progressio, 13: l.c., 263-264.
[47]Cf. Discurso a los participantes
en la IV Asamblea Eclesial Nacional
Italiana (19 octubre 2006):
L’Osservatore Romano, ed. en lengua
española (27 octubre 2006), pp.
8-10.
[48]Cf. Pablo VI, Carta enc.
Populorum progressio, 16: l.c., 265.
[49]Ibíd.
[50]Discurso en la ceremonia de
acogida de los jóvenes (17 julio
2008): L’Osservatore Romano, ed. en
lengua española (25 julio 2008), pp.
4-5.
[51]Pablo VI, Carta enc. Populorum
progressio, 20: l.c., 267.
[52]Ibíd., 66: l.c., 289-290.
[53]Ibíd., 21: l.c., 267-268.
[54]Cf. nn. 3. 29. 32: l.c., 258.
272. 273.
[55]Cf. Carta enc. Sollicitudo rei
socialis, 28: l.c., 548-550.
[56]Pablo VI, Carta enc. Populorum
progressio, 9: l.c., 261-262.
[57]Cf. Carta enc. Sollicitudo rei
socialis, 20: l.c., 536-537.
[58]Cf. Carta enc. Centesimus annus,
22-29: l.c., 819-830.
[59]Cf. nn. 23. 33: l.c., 268-269.
273-274.
[60]Cf. l.c., 135.
[61]Conc. Ecum. Vat. II, Const.
past. Gaudium et spes, sobre la
Iglesia en el mundo actual, 63.
[62]Cf. Juan Pablo II, Carta enc.
Centesimus annus, 24: l.c., 821-822.
[63]Cf. Id., Carta enc. Veritatis
splendor (6 agosto 1993), 33. 46.
51: AAS 85 (1993), 1160. 1169-1171.
1174-1175; Id., Discurso a la
Asamblea General de la Organización
de las Naciones Unidas (5 octubre
1995), 3: L’Osservatore Romano, ed.
en lengua española
(13 octubre 1995), p. 7.
[64]Cf. Carta enc. Populorum
progressio, 47: l.c., 280-281; Juan
Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei
socialis, 42: l.c., 572-574.
[65]Cf. Mensaje con ocasión de la
Jornada Mundial de la Alimentación
2007: AAS 99 (2007), 933-935.
[66]Cf. Juan Pablo II, Carta enc.
Evangelium vitae, 18. 59. 63-64:
l.c., 419-421. 467-468. 472-475.
[67]Cf. Mensaje para la Jornada
Mundial de la Paz 2007, 5:
L’Osservatore Romano, ed. en lengua
española (15 diciembre 2006), p. 5.
[68]Cf. Juan Pablo II, Mensaje para
la Jornada Mundial de la Paz 2002,
4-7. 12-15: AAS 94 (2002), 134-136.
138-140; Id., Mensaje para la
Jornada Mundial de la Paz 2004, 8:
AAS 96 (2004), 119; Id., Mensaje
para la Jornada Mundial de la Paz
2005, 4: AAS 97 (2005), 177-178;
Benedicto XVI, Mensaje para la
Jornada Mundial de la Paz 2006,
9-10: AAS 98 (2006), 60-61; Id.,
Mensaje para la Jornada Mundial de
la Paz 2007, 5. 14: l.c., 5-6.
[69]Cf. Juan Pablo II, Mensaje para
la Jornada Mundial de la Paz 2002,
6: l.c., 135; Benedicto XVI, Mensaje
para la Jornada Mundial de la Paz
2006, 9-10: l.c., 60-61.
[70]Cf. Homilía durante la Santa
Misa en la explanada de « Isling »
de Ratisbona (12 septiembre 2006):
L’Osservatore Romano, ed. en lengua
española (22 septiembre 2006), pp.
9-10.
[71]Cf. Carta enc. Deus caritas est,
1: l.c., 217-218.
[72]Juan Pablo II, Carta enc.
Sollicitudo rei socialis, 28: l.c.,
548-550.
[73]Pablo VI, Carta enc. Populorum
progressio, 19: l.c., 266-267.
[74]Ibíd., 39: l.c., 276-277.
[75]Ibíd., 75: l.c., 293-294.
[76]Cf. Carta enc. Deus caritas est,
28: l.c., 238-240.
[77]Juan Pablo II, Carta enc.
Centesimus annus, 59: l.c., 864.
[78]Cf. Carta enc. Populorum
progressio, 40. 85: l.c., 277.
298-299.
[79]Ibíd., 13: l.c., 263-264.
[80]Cf. Juan Pablo II, Carta enc.
Fides et ratio (14 septiembre 1998),
85: AAS 91 (1999), 72-73.
[81]Cf. ibíd., 83: l.c., 70-71.
[82]Discurso en la Universidad de
Ratisbona (12 septiembre 2006):
L’Osservatore Romano, ed. en lengua
española (22 septiembre 2006), pp.
11-13.
[83]Cf. Pablo VI, Carta enc.
Populorum progressio, 33: l.c.,
273-274.
[84]Juan Pablo II, Mensaje para la
Jornada Mundial de la Paz 2000, 15:
AAS 92 (2000), 366.
[85]Catecismo de la Iglesia
Católica, 407; cf. Juan Pablo II,
Carta enc. Centesimus annus, 25:
l.c., 822-824.
[86]Cf. Carta enc. Spes salvi (30
noviembre 2007), 17: AAS 99 (2007),
1000.
[87]Cf. ibíd., 23: l.c., 1004-1005.
[88]San Agustín explica
detalladamente esta enseñanza en el
diálogo sobre el libre albedrío (De
libero arbitrio II 3, 8 ss.). Señala
la existencia en el alma humana de
un «sentido interior». Este sentido
consiste en una acción que se
realiza al margen de las funciones
normales de la razón, una acción
previa a la reflexión y casi
instintiva, por la que la razón,
dándose cuenta de su condición
transitoria y falible, admite por
encima de ella la existencia de algo
externo, absolutamente verdadero y
cierto. El nombre que San Agustín
asigna a veces a esta verdad
interior es el de Dios (Confesiones
X, 24, 35; XII, 25, 35; De libero
arbitrio II 3, 8), pero más a menudo
el de Cristo (De Magistro 11, 38;
Confesiones VII, 18, 24; XI, 2, 4).
[89]Carta enc. Deus caritas est, 3:
l.c., 219.
[90]Cf. n. 49: l.c., 281.
[91]Juan Pablo II, Carta enc.
Centesimus annus, 28: l.c., 827-828.
[92]Cf. n. 35: l.c., 836-838.
[93]Cf. Juan Pablo II, Carta enc.
Sollicitudo rei socialis, 38: l.c.,
565-566.
[94]N. 44: l.c., 279.
[95]Cf. ibíd., 24: l.c., 269.
[96]Cf. Carta enc. Centesimus
annus, 36: l.c., 838-840.
[97]Cf. Pablo VI, Carta enc.
Populorum progressio, 24: l.c., 269.
[98]Cf. Juan Pablo II, Carta enc.
Centesimus annus, 32: l.c., 832-833;
Pablo VI, Carta enc. Populorum
progressio, 25: l.c.,
269-270.
[99]Juan Pablo II, Carta enc.
Laborem exercens, 24: l.c., 637-638.
[100]Ibíd., 15: l.c., 616-618.
[101]Carta enc. Populorum
progressio, 27: l.c., 271.
[102]Cf. Congregación para la
doctrina de la fe, Instr. Libertatis
conscientia, sobre la libertad
cristiana y la liberación
(22 marzo 1987), 74: AAS 79 (1987),
587.
[103]Cf. Juan Pablo II, Entrevista
al periódico « La Croix », 20 de
agosto de 1997.
[104]Juan Pablo II, Discurso a la
Pontificia Academia de las Ciencias
Sociales (27 abril 2001): AAS 93
(2001), 598-601.
[105]Pablo VI, Carta enc. Populorum
progressio, 17: l.c., 265-266.
[106]Cf. Juan PablO II, Mensaje para
la Jornada Mundial de la Paz 2003,
5: AAS 95 (2003), 343.
[107]Cf. ibíd.
[108]Cf. Mensaje para la Jornada
Mundial de la Paz 2007, 13: l.c., 6.
[109]Pablo VI, Carta enc. Populorum
progressio, 65: l.c., 289.
[110]Cf., ibíd., 36-37: l.c.,
275-276.
[111]Cf. ibíd., 37: l.c., 275-276.
[112]Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Apostolicam actuositatem, sobre el
apostolado de los laicos, 11.
[113]Cf. Pablo VI, Carta enc.
Populorum progressio, 14: l.c., 264;
Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus
annus, 32: l.c.,
832-833.
[114]Pablo VI, Carta enc. Populorum
progressio, 77: l.c., 295.
[115]Cf. Juan Pablo II, Mensaje para
la Jornada Mundial de la Paz 1990,
6: AAS 82 (1990), 150.
[116]Heráclito de Éfeso (Éfeso 535
a.C. ca. — 475 a.C. ca.), Fragmento
22B124, en: H. Diels — w. kranz,
Die Fragmente der Vorsokratiker,
Weidmann, Berlín 1952.
[117]Cf. Consejo Pontificio de
Justicia y Paz, Compendio de la
doctrina social de la Iglesia, nn.
451-487.
[118]Cf. Juan Pablo II, Mensaje para
la Jornada Mundial de la Paz 1990,
10: l.c., 152-153.
[119]Pablo VI, Carta enc. Populorum
progressio, 65: l.c., 289.
[120]Mensaje para la Jornada Mundial
de la Paz 2008, 7: AAS 100 (2008),
41.
[121]Cf. Discurso a los miembros de
la Asamblea General de la
Organización de las Naciones Unidas
(18 abril 2008): L’Osservatore
Romano, ed. en lengua española (25
abril 2008), pp. 10-11.
[122]Cf. Juan Pablo II, Mensaje para
la Jornada Mundial de la Paz 1990,
13: l.c., 154-155.
[123]Id., Carta enc. Centesimus
annus, 36: l.c., 838-840.
[124]Ibíd., 38: l.c., 840-841; cf.
Benedicto XVI, Mensaje para la
Jornada Mundial de la Paz 2007, 8:
l.c., 6.
[125]Cf. Juan Pablo II, Carta Enc.
Centesimus annus, 41: l.c., 843-845.
[126]Ibíd.
[127]Cf. Id., Carta Enc. Evangelium
vitae, 20: l.c., 422-424.
[128]Carta Enc. Populorum
progressio, 85: l.c., 298-299.
[129]Cf. Juan Pablo II, Mensaje para
la Jornada Mundial de la Paz 1998,
3: AAS 90 (1998), 150; Id., Discurso
a los Miembros de la Fundación
« Centesimus Annus » pro Pontífice
(9 mayo 1998), 2: L’Osservatore
Romano, ed. en lengua española (22
mayo 1998), p. 6; Id., Discurso a
las autoridades y al Cuerpo
diplomático durante el encuentro en
el « Wiener Hofburg » (20 junio
1998), 8: L’Osservatore Romano, ed.
en lengua española (26 junio 1998),
p. 10; Id., Mensaje al Rector
Magnífico de la Universidad Católica
del Sagrado Corazón (5 mayo 2000),
6: L’Osservatore Romano, ed. en
lengua española (26 mayo 2000), p.
3.
[130]Según Santo Tomás « ratio
partis contrariatur rationi
personae » en III Sent d. 5, 3, 2;
también: « Homo non ordinatur ad
communitatem politicam secundum se
totum et secundum omnia sua » en
Summa Theologiae, I-II, q. 21, a.
4., ad 3um.
[131] Cf. Conc. Ecum. Vat. II,
Const. dogm. Lumen gentium, sobre la
Iglesia, 1.
[132]Cf. Juan Pablo II, Discurso a
la IV sesión pública de las
Academias Pontificias (8 noviembre
2001), 3: L’Osservatore Romano, ed.
en lengua española (16 noviembre
2001), p. 7.
[133]Cf. Congregación para la
Doctrina de la Fe, Declaración
Dominus Iesus, sobre la unicidad y
la universalidad salvífica de
Jesucristo y de la Iglesia (6 agosto
2000), 22: AAS 92 (2000), 763-764;
Id., Nota doctrinal sobre algunas
cuestiones relativas al compromiso y
la conducta de los católicos en la
vida política (24 noviembre 2002),
8: AAS 96 (2004), 369-370.
[134]Carta Enc. Spe salvi, 31: l.c.,
1010; cf. Discurso a los
participantes en la IV Asamblea
Eclesial Nacional Italiana (19
octubre 2006): l.c., 8-10.
[135]Juan Pablo II, Carta Enc.
Centesimus annus, 5: l.c., 798-800;
cf. Benedicto XVI, Discurso a los
participantes en la IV Asamblea
Eclesial Nacional Italiana (19
octubre 2006): l.c., 8-10.
[136]N. 12.
[137]Cf. Pío XI, Carta enc.
Quadragesimo anno (15 mayo 1931):
AAS 23 (1931), 203; Juan Pablo II,
Carta enc. Centesimus annus, 48:
l.c., 852-854; Catecismo de la
Iglesia Católica, 1883.
[138]Cf. Juan XXIII, Carta enc.
Pacem in terris: l.c., 274.
[139]Cf. Pablo VI, Carta Enc.
Populorum progressio, 10. 41: l.c.,
262. 277-278.
[140]Cf. Discurso a los
participantes en la sesión plenaria
de la Comisión Teológica
Internacional (5 octubre 2007):
L’Osservatore Romano, ed. en lengua
española (12 octubre 2007), p. 3;
Discurso a los participantes en el
Congreso Internacional sobre «La ley
moral natural» organizado por la
Pontificia Universidad Lateranense
(12 febrero 2007): L’Osservatore
Romano, ed. en lengua española (16
febrero 2007), p. 3.
[141]Cf. Discurso a los Obispos de
Tailandia en visita « ad limina
apostolorum » (16 mayo 2008):
L’Osservatore Romano, ed. en lengua
española (30 mayo 2008), p. 14.
[142]Cf. Pontificio Consejo para la
Pastoral de los Emigrantes e
Itinerantes, Instr. Erga migrantes
caritas Christi (3 mayo 2004): AAS
96 (2004), 762-822.
[143]Juan Pablo II, Carta enc.
Laborem exercens, 8: l.c., 594-598.
[144]Jubileo de los Trabajadores.
Saludos después de la Misa (1 mayo
2000): L’Osservatore Romano, ed. en
lengua española (5 mayo 2000), p. 6.
[145]Cf. Juan Pablo II, Carta enc.
Centesimus annus, 36: l.c., 838-840.
[146]Cf. Discurso a los Miembros de
la Asamblea General de la
Organización de las Naciones Unidas
(18 abril 2008): l.c., 10-11.
[147]Cf. Juan XXIII, Carta enc.
Pacem in terris: l.c., 293; Consejo
Pontificio Justicia y Paz, Compendio
de la doctrina social de la Iglesia,
n. 441.
[148]Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
past. Gaudium et spes, sobre la
Iglesia en el mundo actual, 82.
[149]Cf. Juan Pablo II, Carta enc.
Sollicitudo rei socialis, 43: l.c.,
574-575.
[150]Pablo VI, Carta enc. Populorum
progressio, 41: l.c., 277-278; cf.
Conc. Ecum. Vat. II, Const. past,
Gaudium et spes, sobre la Iglesia en
el mundo actual, 57.
[151]Cf. Juan Pablo II, Carta enc.
Laborem exercens, 5: l.c., 586-589.
[152]Cf. Pablo IV, Carta apost.
Octogesima adveniens, 29: l.c., 420.
[153]Cf. Discurso a los
participantes en el IV Asamblea
Eclesial Nacional Italiana, (19
octubre 2006): l.c., 8-10; Homilía
durante la Santa Misa en la
explanada de « Isling » de Ratisbona
(12 septiembre 2006): l.c., 9-10.
[154]Cf. Congregación para la
Doctrina de la Fe, Instr. Dignitas
personae sobre algunas cuestiones de
bioética (8 septiembre 2008): AAS
100 (2008), 858-887.
[155]Cf. Carta enc. Populorum
progressio, 3: l.c., 258.
[156]Conc. Ecum. Vat. II, Const.
past. Gaudium et spes, sobre la
Iglesia en el mundo actual, 14.
[157]Cf. n. 42: l.c., 278.
[158]Cf. Carta enc. Spe salvi, 35:
l.c., 1013-1014.
[159]Pablo VI, Carta enc. Populorum
progressio, 42: l.c., 278.