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Queridos hermanos y hermanas:
Cada año, con ocasión de la Cuaresma, la
Iglesia nos invita a una sincera revisión de
nuestra vida a la luz de las enseñanzas
evangélicas. Este año quiero proponeros
algunas reflexiones sobre el vasto tema de
la justicia, partiendo de la afirmación
paulina: La justicia de Dios se ha
manifestado por la fe en Jesucristo (cf. Rm
3,21-22).
Justicia: "dare cuique suum"
Me detengo, en primer lugar, en el
significado de la palabra "justicia", que en
el lenguaje común implica "dar a cada uno lo
suyo" - "dare cuique suum", según la famosa
expresión de Ulpiano, un jurista romano del
siglo III. Sin embargo, esta clásica
definición no aclara en realidad en qué
consiste "lo suyo" que hay que asegurar a
cada uno. Aquello de lo que el hombre tiene
más necesidad no se le puede garantizar por
ley. Para gozar de una existencia en
plenitud, necesita algo más íntimo que se le
puede conceder sólo gratuitamente: podríamos
decir que el hombre vive del amor que sólo
Dios, que lo ha creado a su imagen y
semejanza, puede comunicarle. Los bienes
materiales ciertamente son útiles y
necesarios (es más, Jesús mismo se preocupó
de curar a los enfermos, de dar de comer a
la multitud que lo seguía y sin duda condena
la indiferencia que también hoy provoca la
muerte de centenares de millones de seres
humanos por falta de alimentos, de agua y de
medicinas), pero la justicia "distributiva"
no proporciona al ser humano todo "lo suyo"
que le corresponde. Este, además del pan y
más que el pan, necesita a Dios. Observa san
Agustín: si "la justicia es la virtud que
distribuye a cada uno lo suyo... no es
justicia humana la que aparta al hombre del
verdadero Dios" (De Civitate Dei, XIX, 21).
¿De dónde viene la injusticia?
El evangelista Marcos refiere las
siguientes palabras de Jesús, que se sitúan
en el debate de aquel tiempo sobre lo que es
puro y lo que es impuro: "Nada hay fuera del
hombre que, entrando en él, pueda
contaminarle; sino lo que sale del hombre,
eso es lo que contamina al hombre... Lo que
sale del hombre, eso es lo que contamina al
hombre. Porque de dentro, del corazón de los
hombres, salen las intenciones malas" (Mc
7,15. 20-21). Más allá de la cuestión
inmediata relativa a los alimentos, podemos
ver en la reacción de los fariseos una
tentación permanente del hombre: la de
identificar el origen del mal en una causa
exterior. Muchas de las ideologías modernas
tienen, si nos fijamos bien, este
presupuesto: dado que la injusticia viene
"de fuera", para que reine la justicia es
suficiente con eliminar las causas
exteriores que impiden su puesta en
práctica. Esta manera de pensar advierte
Jesús es ingenua y miope. La injusticia,
fruto del mal, no tiene raíces
exclusivamente externas; tiene su origen en
el corazón humano, donde se encuentra el
germen de una misteriosa convivencia con el
mal. Lo reconoce amargamente el salmista:
"Mira, en la culpa nací, pecador me concibió
mi madre" (Sal 51,7). Sí, el hombre es
frágil a causa de un impulso profundo, que
lo mortifica en la capacidad de entrar en
comunión con el prójimo. Abierto por
naturaleza al libre flujo del compartir,
siente dentro de sí una extraña fuerza de
gravedad que lo lleva a replegarse en sí
mismo, a imponerse por encima de los demás y
contra ellos: es el egoísmo, consecuencia de
la culpa original. Adán y Eva, seducidos por
la mentira de Satanás, aferrando el
misterioso fruto en contra del mandamiento
divino, sustituyeron la lógica del confiar
en el Amor por la de la sospecha y la
competición; la lógica del recibir, del
esperar confiado los dones del Otro, por la
lógica ansiosa del aferrar y del actuar por
su cuenta (cf. Gn 3,1-6), experimentando
como resultado un sentimiento de inquietud y
de incertidumbre. ¿Cómo puede el hombre
librarse de este impulso egoísta y abrirse
al amor?
Justicia y Sedaqad
En el corazón de la sabiduría de Israel
encontramos un vínculo profundo entre la fe
en el Dios que "levanta del polvo al
desvalido" (Sal 113,7) y la justicia para
con el prójimo. Lo expresa bien la misma
palabra que en hebreo indica la virtud de la
justicia: sedaqad,. En efecto, sedaqad
significa, por una parte, aceptación plena
de la voluntad del Dios de Israel; por otra,
equidad con el prójimo (cf. Ex 20,12-17), en
especial con el pobre, el forastero, el
huérfano y la viuda (cf. Dt 10,18-19). Pero
los dos significados están relacionados,
porque dar al pobre, para el israelita, no
es otra cosa que dar a Dios, que se ha
apiadado de la miseria de su pueblo, lo que
le debe. No es casualidad que el don de las
tablas de la Ley a Moisés, en el monte Sinaí,
suceda después del paso del Mar Rojo. Es
decir, escuchar la Ley presupone la fe en el
Dios que ha sido el primero en "escuchar el
clamor" de su pueblo y "ha bajado para
librarle de la mano de los egipcios" (cf. Ex
3,8). Dios está atento al grito del
desdichado y como respuesta pide que se le
escuche: pide justicia con el pobre (cf. Si
4,4-5.8-9), el forastero (cf. Ex 20,22), el
esclavo (cf. Dt 15,12-18). Por lo tanto,
para entrar en la justicia es necesario
salir de esa ilusión de autosuficiencia, del
profundo estado de cerrazón, que es el
origen de nuestra injusticia. En otras
palabras, es necesario un "éxodo" más
profundo que el que Dios obró con Moisés,
una liberación del corazón, que la palabra
de la Ley, por sí sola, no tiene el poder de
realizar. ¿Existe, pues, esperanza de
justicia para el hombre?
Cristo, justicia de Dios
El anuncio cristiano responde
positivamente a la sed de justicia del
hombre, como afirma el Apóstol Pablo en la
Carta a los Romanos: "Ahora,
independientemente de la ley, la justicia de
Dios se ha manifestado... por la fe en
Jesucristo, para todos los que creen, pues
no hay diferencia alguna; todos pecaron y
están privados de la gloria de Dios, y son
justificados por el don de su gracia, en
virtud de la redención realizada en Cristo
Jesús, a quien exhibió Dios como instrumento
de propiciación por su propia sangre,
mediante la fe, para mostrar su justicia (Rm
3,21-25).
¿Cuál es, pues, la justicia de Cristo?
Es, ante todo, la justicia que viene de la
gracia, donde no es el hombre que repara, se
cura a sí mismo y a los demás. El hecho de
que la "propiciación" tenga lugar en la
"sangre" de Jesús significa que no son los
sacrificios del hombre los que le libran del
peso de las culpas, sino el gesto del amor
de Dios que se abre hasta el extremo, hasta
aceptar en sí mismo la "maldición" que
corresponde al hombre, a fin de transmitirle
en cambio la "bendición" que corresponde a
Dios (cf. Ga 3,13-14). Pero esto suscita en
seguida una objeción: ¿qué justicia existe
dónde el justo muere en lugar del culpable y
el culpable recibe en cambio la bendición
que corresponde al justo? Cada uno no recibe
de este modo lo contrario de "lo suyo"? En
realidad, aquí se manifiesta la justicia
divina, profundamente distinta de la humana.
Dios ha pagado por nosotros en su Hijo el
precio del rescate, un precio verdaderamente
exorbitante. Frente a la justicia de la
Cruz, el hombre se puede rebelar, porque
pone de manifiesto que el hombre no es un
ser autárquico, sino que necesita de Otro
para ser plenamente él mismo. Convertirse a
Cristo, creer en el Evangelio, significa
precisamente esto: salir de la ilusión de la
autosuficiencia para descubrir y aceptar la
propia indigencia, indigencia de los demás y
de Dios, exigencia de su perdón y de su
amistad.
Se entiende, entonces, como la fe no es
un hecho natural, cómodo, obvio: hace falta
humildad para aceptar tener necesidad de
Otro que me libere de lo "mío", para darme
gratuitamente lo "suyo". Esto sucede
especialmente en los sacramentos de la
Penitencia y de la Eucaristía. Gracias a la
acción de Cristo, nosotros podemos entrar en
la justicia "más grande", que es la del amor
(cf. Rm 13,8-10), la justicia de quien en
cualquier caso se siente siempre más deudor
que acreedor, porque ha recibido más de lo
que podía esperar.
Precisamente por la fuerza de esta
experiencia, el cristiano se ve impulsado a
contribuir a la formación de sociedades
justas, donde todos reciban lo necesario
para vivir según su propia dignidad de
hombres y donde la justicia sea vivificada
por el amor.
Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma
culmina en el Triduo Pascual, en el que este
año volveremos a celebrar la justicia
divina, que es plenitud de caridad, de don y
de salvación. Que este tiempo penitencial
sea para todos los cristianos un tiempo de
auténtica conversión y de intenso
conocimiento del misterio de Cristo, que
vino para cumplir toda justicia. Con estos
sentimientos, os imparto a todos de corazón
la bendición apostólica.
Vaticano, 30 de octubre de 2009
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