Mujer devuelve foto a rey Juan Carlos por firmar ley de aborto http://www.aciprensa.com/images/foto.gif

 

ESPAÑA

MADRID, 08 Abr. 10 (ACI).-María Belén López, una azafata de Iberia que acompañó a los reyes de España en su primer vuelo a Roma, envió una carta al rey Juan Carlos señalando que, "con no poco dolor y mucha más decepción", le devuelve la foto dedicada que en dicho viaje se le entregó, pues ahora "mi hogar no puede estar presidido por la foto de un monarca, supuestamente católico", que avala la nueva ley del aborto.

"Hoy, me siento en la obligación moral de devolverle esa fotografía que con tanto cariño y orgullo he atesorado, y que, desde entonces, ha presidido un lugar preeminente en mi casa", expresó López Delgado, quien dijo que siempre consideró a la monarquía como un "importante punto de equilibrio y reconciliación" para España.

El texto indicó que si bien "alguien podría advertirme, con acierto, de que nuestra Constitución le obliga a firmar todo lo que salga aprobado del Congreso de los Diputados. Sin embargo, de la misma forma que Vd. ha sabido encontrar hábilmente, en otras ocasiones puntuales y no tan lejanas, algunos atajos para bordear asuntos que tampoco contempla la Constitución, ya podría haber aportado, ahora, esa magnífica habilidad para evitar esta ley asesina, que ofende la sensibilidad y la dignidad de tantísimos españoles".

La azafata recordó que la nueva ley del aborto desampara a la mujer, desautoriza a los padres de menores embarazadas, desvincula de toda responsabilidad a los hombres y "enfrenta media España con la otra media".

López Delgado advirtió que Rodríguez Zapatero ha demostrado que quiere gobernar sólo para los suyos y "ha polarizado peligrosamente a todos los españoles, como nunca había ocurrido en democracia". Por ello, tras reafirmar su orgullo de ser española, recomendó al monarca no perder de vista "el día que un gobierno antiespañol, como el actual, ponga en su punto de mira a la Corona, porque el Sr. Zapatero ya ha demostrado que no se le oscurece nada a la hora de dar satisfacción a los suyos 'como sea'".

"Y entonces no tendrá en cuenta, como eximentes, estos reveses que Vd. está propinando a los que hasta ahora le apoyábamos", indicó.

Finalmente, López Delgado expresó que "al final sería muy penoso que ocurriera con la Corona de España algo parecido a lo que motivó a Winston Churchill decir a su oponente, Neville Chamberlain: 'Os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra... elegisteis el deshonor, y además tendréis también la guerra'".

 


Carta desde la India testimonia fe de cristianos ante persecución http://www.aciprensa.com/images/foto.gif

 

GRANADA, 08 Abr. 10 (ACI).-El Arzobispado de Granada difundió una carta remitida a Mons. Javier Martínez, en la que un amigo le relata la difícil situación de los cristianos en la India, y testimonia la "gran fe" a pesar de las persecuciones.

"Bajo el sentimiento de inseguridad física lo que subyace es una gran fe y la creencia de que, de este sufrimiento, la Iglesia va a crecer aún más fuerte. Sus oraciones seguramente nos ayudarán", transmitió la carta, cuyo autor ha sido mantenido en el anonimato.

El texto indicó que hace unos días, en el estado de Karnataka, "se contabilizó el ataque número mil a la Iglesia desde el 14 de septiembre de 2008".

"El Gobierno del Estado pareció haberse puesto de acuerdo e instigó los atentados, y ha ordenado a cada comisaría de policía registrar al menos 50 casos al mes de presuntas conversiones. Es pobre gente indefensa y hasta la fecha, desde el 14 de septiembre de 2008, se han registrado 1868 casos falsos", relató.

Ante ello, dijo que "es lamentable que el subordinado Poder Judicial haya respaldado esta acción de la policía al negar la libertad bajo fianza cuando haya objeciones".

Incluso, relató que "el 17 de marzo, más de 150 activistas pertenecientes a agitados grupos hindúes obstruyeron el entierro del cuerpo de un cristiano de 50 años llamado Isaac, en el distrito de Hassan".

En medio de ello, indicó, "incluso parientes del difunto maltratado decían: 'El suelo de la India se contaminaría si el cuerpo de estas personas están enterrados aquí. El cuerpo debe ser enterrado en Roma o en América'".

Finalmente "algunas personas arrastraron el ataúd y lo llevaron a otro lugar, y el entierro de la tarde se llevó a cabo con el cura de la parroquia, tras la intervención de la policía".

Sin embargo, afirma la carta, a pesar de todo, los fieles confían en que "la Iglesia va a crecer aún más fuerte"; por ello, el autor pidió oraciones para los cristianos de la India.

 


Columnista del Wall Street Journal: Benedicto XVI no es culpable de escándalo por abusos http://www.aciprensa.com/images/foto.gif

 

WASHINGTON D.C., 08 Abr. 10 (ACI).-Peggy Noonan escribe un artículo en el Wall Street Journal (WSJ) en el que explica que el Papa Benedicto XVI no es culpable del escándalo por los abusos sexuales de algunos miembros del clero; y en el que afirma que los católicos fieles a la Iglesia "no son estúpidos" sino que le permiten avanzar y hacer frente a esta crisis con sus oraciones.

Noonan, quien fuera asistente especial de la Casa Blanca durante la presidencia de Ronald Reagan, señala en el texto de hace unos días que "algunos culpan de los escándalos al Papa Benedicto XVI. Pero Joseph Ratzinger es el hombre que, semanas antes de su ascensión al Papa hace cinco años, habló duramente en Viernes Santo sobre la 'suciedad' en la Iglesia".

Días después, explica la escritora, "en las calles de Roma, informaba el diario italiano La Stampa, el Cardenal Ratzinger se encontró con un monseñor de la curia que lo reprendió por sus agudas palabras. El Cardenal replicó: 'no has nacido ayer, sabes de lo que estaba hablando, sabes lo que significa. ¡Somos sacerdotes! ¡Sacerdotes!"

Para Noonan, existen tres grupos de víctimas ante los casos de abusos que se ventilan actualmente y que, casi en su totalidad, tienen décadas de antigüedad: "el primero y el más obvio, son los niños que fueron abusados", el segundo es el de "los buenos sacerdotes y religiosas, los grandes líderes de la Iglesia en el día a día, que salvan a los pobres, enseñan a los inmigrantes y, literalmente, salvan vidas. Ellos han sido estigmatizados cuando merecen ser alabados".

El tercer grupo, prosigue, está compuesto por "los heroicos católicos de Estados Unidos y Europa en las bancas de sus parroquias, las fuertes almas que pese a lo que se le hace a su Iglesia está todavía allí, haciendo la vida parroquial posible, sosteniendo su bandera, con su fe inquebrantable".

"Nadie le agradece a esos católicos, nadie ve su heroísmo, ni respeta su paciencia y fidelidad. El mundo piensa que son estúpidos. No lo son. Y con sus oraciones mantienen al mundo avanzando, así como a su Antigua Iglesia", concluye.

 

 

No seguir en sepulcro de la indiferencia, invita Cardenal Rivera a mexicanos

 

MÉXICO D.F., 06 Abr. 10 (ACI).-El Arzobispo Primado de México, Cardenal Norberto Rivera Carrera, señaló por Pascua que "si hacemos vida este misterio de la Resurrección encontraremos una respuesta a la pobreza y a las políticas perversas" en el país, e invitó a los fieles a "no seguir en el sepulcro de la apatía y la indiferencia" ya que México "sólo saldrá adelante cuando cada creyente asuma con plena conciencia su responsabilidad, personal, familiar, social y política".

El Purpurado recordó que "el triunfo del Señor es un acontecimiento que nos da la certeza de que el mal no tendrá la última palabra en la destrucción que deja a su paso el crimen organizado, en la violación de los derechos humanos, en el sufrimiento de miles de familias inocentes que padecen los estragos de una guerra".

"Si hacemos vida este misterio de la Resurrección del Señor que estamos celebrando encontraremos una respuesta a la pobreza que sufren miles de familias que no tienen oportunidades para vivir dignamente, a los millones de jóvenes que no vislumbran un futuro alentador, a la niñez que sufre la ausencia de sus padres y una educación deficiente en auténticos valores, a las políticas perversas que aprueban leyes asesinas como la del aborto o inmorales como las que atacan la naturaleza y santidad del matrimonio y sacrifican los derechos superiores de los niños", agregó.

Asimismo, el Arzobispo de México, afirmó que "a la luz de este acontecimiento de la Resurrección debemos ver también la crisis que estamos padeciendo al interior de nuestra Iglesia" por los casos de abusos de clérigos a menores, y señaló que "desde el triunfo del Señor sobre el pecado y la muerte, la fe nos invita a ver más allá de la Cruz y la tumba, pues el sepulcro está vacío".

"El Señor ha resucitado, está entre nosotros y pide transformar nuestra vida, desatarla de la vendas de codicia, del poder, de la corrupción, de la violencia embrutecida, de la indiferencia, de la indolencia y de la inmoralidad", agregó.

"No podemos seguir en el sepulcro de la apatía y la indiferencia, no podemos seguir justificando cómodamente nuestro pecado de omisión. México, nuestra sociedad, no será transformada solo por un político prodigioso o por un estadista grandioso. Nuestro país sólo saldrá adelante cuando cada creyente asuma con plena conciencia su responsabilidad, personal, familiar, social y política", añadió.

"Queridos hermanos, –concluyó– la Resurrección del Señor nos hace levantar la mirada de nuestra muerte, miseria y postración, y al contemplarlo, nos llenamos de esperanza y alegría: no estamos derrotados. Sostenidos por su gracia, venceremos el pecado, unidos a Él también venceremos la muerte".

 

Perdón PDF Imprimir Correo electrónico
Miércoles 24 de Marzo de 2010 18:01

art240310     El perdón es como el Alka Seltzer, que nadie sabe cómo alivia, pero alivia. Bien que, a diferencia de la tableta efervescente, que cura dolores y malestares corporales, el perdón cura malestares emocionales y dolores del alma. En efecto, no hay psicoterapeuta que no recomiende saber perdonar, ni que olvide recetar a sus atormentados pacientes la práctica del perdón hacia quienes en el pasado les provocaron una llaga en el corazón, si en verdad se quieren curar.
     Durante una homilía que pronunciara el obispo Jonás Guerrero Corona, titular de la VI Vicaría de la arquidiócesis de México, dijo, a manera de parábola, que “el rencor es como un veneno que guardo para dañar al otro, pero que me bebo yo mismo”. Aquella homilía, con tan explícita enseñanza, evidencia la nocividad del rencor que suele derivarse en una enfermedad que puede provocar, en ocasiones, la propia muerte cuando no la del otro. La medicina, pues, la única cura contra el rencor, es el perdón.
     Dios, que nunca desea la destrucción del pecador, pero sí del pecado; el bondadoso Padre celestial, que nada hace para nuestro mal y que todo provoca para nuestro bien, que ama con infinita ternura, varias veces nos ha mostrado el altísimo valor del perdón, y lo ha hecho a través de Jesucristo, quien para ello se encarnó y quien, en su último minuto de vida pronunció una expresión que seguirá escuchándose mientras el mundo viva: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.
     El teólogo san Agustín, inmerso en su escudriñamiento de la causa del mal, llegó a la audacia de afirmar que el mal no existe, que lo existe es la ignorancia, pues si se supiera lo que el daño causa, nadie lo provocaría. Esto se conecta con la expresión del Señor en la cruz.
     Jesús nos enseñó, a pedido de los discípulos, a orar así: “Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal”. De esta oración, una de las últimas frases, la que dice “perdona nuestras ofensas” contiene un permanente clamor de la petición de Jesús antes de morir; es la práctica de lo que él mismo nos enseñó: pedir perdón. En la oración se pide perdón a Dios, lo que es una solicitud sublime, pues no es lo mismo pedir perdón a un amigo que pedir perdón a Dios. El perdón que se obtiene también es sublime, porque no es igual obtener el perdón de alguno que obtenerlo de Dios.
     ¿Qué puedo yo hacer, además de lo que hizo Jesús por mí desde la cruz, para obtener el perdón de Dios? La respuesta la da la misma oración del Padre Nuestro cuando afirma “como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”, lo que no significa que se da por hecho, sino que ya se hace, como lo que es cotidiano, y que por ello mueve a Dios a otorgar su perdón, es decir, en la misma medida en que… perdono a los demás, así Él me perdona a mí.
      El Evangelio narra que Pedro le preguntó a Jesús qué tanto debía practicarse el perdón: ¿Siete veces? Pedro aludía al número siete, cuyo significado teológico es perfección y plenitud. Pero el Señor le respondió: -No Pedro, no siete veces, sino setenta veces siete-. Con ello le enseñó que para perdonar se debe sobrepasar la propia capacidad humana y alcanzar la capacidad divina. Se debe convocar a Dios para que Dios proporcione la fuerza sobrehumana que se requiere para conceder y vivir el proceso del perdón.
      El Padre Rafael López López, sacerdote Misionero del Espíritu Santo, un domingo mientras enseñaba el Evangelio que narra cómo Jesús salvó la vida de la mujer adúltera luego de que provocó que se retiraran sus acusadores, después de que le hiciera saber que él tampoco la acusaba, le dijo “Vete en paz y no peques más”; explicó que la traducción más adecuada del griego original es “Vete en paz y no quieras volver a querer pecar”. Esto también garantiza el perdón de Dios, pues su deseo es que su creatura nunca tenga el deseo de ofender a su Creador.
     El tiempo cuaresmal, la Semana Santa y el tiempo pascual son tiempos propicios, aunque no los únicos, para traer a nuestra vida la capacidad de perdonar y el esfuerzo por obtener el perdón de los demás, así como el perdón de Dios.

 

 

Mensaje de S.S. Benedicto XVI para la Cuaresma 2010

Jueves 4 de febrero de 2010

 

 

 

Queridos hermanos y hermanas:

Cada año, con ocasión de la Cuaresma, la Iglesia nos invita a una sincera revisión de nuestra vida a la luz de las enseñanzas evangélicas. Este año quiero proponeros algunas reflexiones sobre el vasto tema de la justicia, partiendo de la afirmación paulina: La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo (cf. Rm 3,21-22).

Justicia: "dare cuique suum"

Me detengo, en primer lugar, en el significado de la palabra "justicia", que en el lenguaje común implica "dar a cada uno lo suyo" - "dare cuique suum", según la famosa expresión de Ulpiano, un jurista romano del siglo III. Sin embargo, esta clásica definición no aclara en realidad en qué consiste "lo suyo" que hay que asegurar a cada uno. Aquello de lo que el hombre tiene más necesidad no se le puede garantizar por ley. Para gozar de una existencia en plenitud, necesita algo más íntimo que se le puede conceder sólo gratuitamente: podríamos decir que el hombre vive del amor que sólo Dios, que lo ha creado a su imagen y semejanza, puede comunicarle. Los bienes materiales ciertamente son útiles y necesarios (es más, Jesús mismo se preocupó de curar a los enfermos, de dar de comer a la multitud que lo seguía y sin duda condena la indiferencia que también hoy provoca la muerte de centenares de millones de seres humanos por falta de alimentos, de agua y de medicinas), pero la justicia "distributiva" no proporciona al ser humano todo "lo suyo" que le corresponde. Este, además del pan y más que el pan, necesita a Dios. Observa san Agustín: si "la justicia es la virtud que distribuye a cada uno lo suyo... no es justicia humana la que aparta al hombre del verdadero Dios" (De Civitate Dei, XIX, 21).

¿De dónde viene la injusticia?

El evangelista Marcos refiere las siguientes palabras de Jesús, que se sitúan en el debate de aquel tiempo sobre lo que es puro y lo que es impuro: "Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre... Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas" (Mc 7,15. 20-21). Más allá de la cuestión inmediata relativa a los alimentos, podemos ver en la reacción de los fariseos una tentación permanente del hombre: la de identificar el origen del mal en una causa exterior. Muchas de las ideologías modernas tienen, si nos fijamos bien, este presupuesto: dado que la injusticia viene "de fuera", para que reine la justicia es suficiente con eliminar las causas exteriores que impiden su puesta en práctica. Esta manera de pensar ­advierte Jesús­ es ingenua y miope. La injusticia, fruto del mal, no tiene raíces exclusivamente externas; tiene su origen en el corazón humano, donde se encuentra el germen de una misteriosa convivencia con el mal. Lo reconoce amargamente el salmista: "Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre" (Sal 51,7). Sí, el hombre es frágil a causa de un impulso profundo, que lo mortifica en la capacidad de entrar en comunión con el prójimo. Abierto por naturaleza al libre flujo del compartir, siente dentro de sí una extraña fuerza de gravedad que lo lleva a replegarse en sí mismo, a imponerse por encima de los demás y contra ellos: es el egoísmo, consecuencia de la culpa original. Adán y Eva, seducidos por la mentira de Satanás, aferrando el misterioso fruto en contra del mandamiento divino, sustituyeron la lógica del confiar en el Amor por la de la sospecha y la competición; la lógica del recibir, del esperar confiado los dones del Otro, por la lógica ansiosa del aferrar y del actuar por su cuenta (cf. Gn 3,1-6), experimentando como resultado un sentimiento de inquietud y de incertidumbre. ¿Cómo puede el hombre librarse de este impulso egoísta y abrirse al amor?

Justicia y Sedaqad

En el corazón de la sabiduría de Israel encontramos un vínculo profundo entre la fe en el Dios que "levanta del polvo al desvalido" (Sal 113,7) y la justicia para con el prójimo. Lo expresa bien la misma palabra que en hebreo indica la virtud de la justicia: sedaqad,. En efecto, sedaqad significa, por una parte, aceptación plena de la voluntad del Dios de Israel; por otra, equidad con el prójimo (cf. Ex 20,12-17), en especial con el pobre, el forastero, el huérfano y la viuda (cf. Dt 10,18-19). Pero los dos significados están relacionados, porque dar al pobre, para el israelita, no es otra cosa que dar a Dios, que se ha apiadado de la miseria de su pueblo, lo que le debe. No es casualidad que el don de las tablas de la Ley a Moisés, en el monte Sinaí, suceda después del paso del Mar Rojo. Es decir, escuchar la Ley presupone la fe en el Dios que ha sido el primero en "escuchar el clamor" de su pueblo y "ha bajado para librarle de la mano de los egipcios" (cf. Ex 3,8). Dios está atento al grito del desdichado y como respuesta pide que se le escuche: pide justicia con el pobre (cf. Si 4,4-5.8-9), el forastero (cf. Ex 20,22), el esclavo (cf. Dt 15,12-18). Por lo tanto, para entrar en la justicia es necesario salir de esa ilusión de autosuficiencia, del profundo estado de cerrazón, que es el origen de nuestra injusticia. En otras palabras, es necesario un "éxodo" más profundo que el que Dios obró con Moisés, una liberación del corazón, que la palabra de la Ley, por sí sola, no tiene el poder de realizar. ¿Existe, pues, esperanza de justicia para el hombre?

Cristo, justicia de Dios

El anuncio cristiano responde positivamente a la sed de justicia del hombre, como afirma el Apóstol Pablo en la Carta a los Romanos: "Ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado... por la fe en Jesucristo, para todos los que creen, pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia (Rm 3,21-25).

¿Cuál es, pues, la justicia de Cristo? Es, ante todo, la justicia que viene de la gracia, donde no es el hombre que repara, se cura a sí mismo y a los demás. El hecho de que la "propiciación" tenga lugar en la "sangre" de Jesús significa que no son los sacrificios del hombre los que le libran del peso de las culpas, sino el gesto del amor de Dios que se abre hasta el extremo, hasta aceptar en sí mismo la "maldición" que corresponde al hombre, a fin de transmitirle en cambio la "bendición" que corresponde a Dios (cf. Ga 3,13-14). Pero esto suscita en seguida una objeción: ¿qué justicia existe dónde el justo muere en lugar del culpable y el culpable recibe en cambio la bendición que corresponde al justo? Cada uno no recibe de este modo lo contrario de "lo suyo"? En realidad, aquí se manifiesta la justicia divina, profundamente distinta de la humana. Dios ha pagado por nosotros en su Hijo el precio del rescate, un precio verdaderamente exorbitante. Frente a la justicia de la Cruz, el hombre se puede rebelar, porque pone de manifiesto que el hombre no es un ser autárquico, sino que necesita de Otro para ser plenamente él mismo. Convertirse a Cristo, creer en el Evangelio, significa precisamente esto: salir de la ilusión de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la propia indigencia, indigencia de los demás y de Dios, exigencia de su perdón y de su amistad.

Se entiende, entonces, como la fe no es un hecho natural, cómodo, obvio: hace falta humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo "mío", para darme gratuitamente lo "suyo". Esto sucede especialmente en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Gracias a la acción de Cristo, nosotros podemos entrar en la justicia "más grande", que es la del amor (cf. Rm 13,8-10), la justicia de quien en cualquier caso se siente siempre más deudor que acreedor, porque ha recibido más de lo que podía esperar.

Precisamente por la fuerza de esta experiencia, el cristiano se ve impulsado a contribuir a la formación de sociedades justas, donde todos reciban lo necesario para vivir según su propia dignidad de hombres y donde la justicia sea vivificada por el amor.

Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma culmina en el Triduo Pascual, en el que este año volveremos a celebrar la justicia divina, que es plenitud de caridad, de don y de salvación. Que este tiempo penitencial sea para todos los cristianos un tiempo de auténtica conversión y de intenso conocimiento del misterio de Cristo, que vino para cumplir toda justicia. Con estos sentimientos, os imparto a todos de corazón la bendición apostólica.
 

Vaticano, 30 de octubre de 2009

 

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